Supongo que hoy lo lógico sería escribir sobre Navidad. En este momento estoy escuchando canciones de Navidad. ¡Me encantan “Oh Holy Night” de Mariah Carey y “Silent Night” (Noche de Paz) de Celine Dion! Pero en realidad Navidad es mañana así que me quedo con lo que Dios me habló.
Recuerdo mis navidades de chico (-que no tengo que hablar de Navidad!-), la magia era esperar a Papá Noel en la casa de mis abuelos, cuando entrara por la chimenea (que no existía) y dejara los regalos en la cocina (¡¿en la cocina?!) Obviamente estaba la previa del arbolito, con esos adornos que todavía eran de cristal, súper delicados, que no podía tocar porque “eran cosa de grandes”. Ver la altura de ese pequeño árbol que no medía más de metro y medio, pero en mi recuerdo sigue siendo gigante, y por supuesto terminar en la calle encendiendo “fosforitos” con el abuelo.
Cuando pasaron los años y entendí el verdadero significado todo cambió para mi. Ya no importaban los “cohetes” ni los regalos, ni siquiera el árbol. Ya no causaba nada ver al vecino disfrazado de Papá Noel ni a los chicos del barrio corriendo detrás. Entendí que había algo más.
Me di cuenta de que ser cristiano no era tener una cruz colgada o ir a misa de gallo escuchando cosas que no entendía de gente que hablaba cosas que tampoco entendían. Entendí que las oraciones tradicionales ya ni siquiera eran un ritual sino solo “vanas repeticiones” (Mateo 6:7). Es más, tengo muy grabado en la memoria esa madrugada de nochebuena del 76 o 77 donde un grupo de grandulones borrachos empezó a tirar tiros al aire… hasta que uno de ellos cayó muerto. No, la Navidad era otra cosa, ser cristiano es otra cosa.
Es ser parte de una experiencia sobrenatural transformadora. Es pertenecer al equipo de los vencedores. Es vivir la plenitud del “Cristo en nosotros, esperanza de gloria” (Colosenses 1:27). Es ser un rescatado, redimido, comprado, salvado de la condenación para vivir una vida de bendición, gozo y paz. Es entrar a la vida eterna y pasar por la “gran previa” de una vida espiritual.
Es ser iglesia. Ser una pequeña pieza, un pequeño engranaje en el gran mecanismo de la gran maquinaria que transforma vidas y sociedades y que tiene la capacidad y autoridad de llevar a todos los que lo acepten a vivir de otra manera. Es experimentar el reino de los cielos, en la tierra.
Dice Salmo 144:15 “¡Dichoso el pueblo que recibe todo esto! ¡Dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor!”
Si, realmente dichoso el pueblo cuyo Dios es el Señor. Es decir con soltura, liberalidad y convicción: “¡Vale la pena seguir a Cristo! ¡Vale la pena servir al Señor!
Que tengas una ¡Muy Feliz Nochebuena! y una muy Feliz Navidad…
