En el ocultismo es común usar la palabra “invocación”. Es bien típica del espiritismo en todas sus variantes donde todo gira alrededor de “hacer aparecer y/o hablar a espíritus ancestrales”.
No es algo nuevo o desconocido, ya la Biblia la menciona cuando el rey Saúl pidió a la vidente que “le haga subir a Samuel” (1 Samuel 28:8,11), que estaba muerto. También para muchos es conocida la historia del mago Houdini, quien a la muerte de su madre se enredó con estafadores y engañadores de todo tipo para volver a hablar con ella.
“Invocar” es llamar a algo o alguien. No solo llamar, es llamar con cierta autoridad, como teniendo poder para hacerlo. “Invocar” es presentarse delante de alguien usando “x” nombre como referencia, para obtener algún beneficio, cuando decimos: “vengo de parte de…”, “me manda fulanito de tal”.
Por lo tanto “invocar” es llamar a alguien teniendo la autoridad para hacerlo y reconocer la autoridad que ese alguien tiene (¡ay que lío de palabras!) Tal vez por eso tenga tanto trasfondo de misticismo y oscurantismo. Porque ¿qué pasaría si no tenemos o no reconocemos esa autoridad? ¿Qué pasaría si solo nos llenamos la boca pretendiendo tener un conocido o relación o usar tal o cual poder siendo totalmente falso?
Recuerdo una historia bíblica de un hombre que tenía siete hijos. No, no se trata del lobizón en luna llena sino de un hombre prominente del judaísmo que se relacionaba con las cosas de Dios. Se ve que estos hijos, como le pasó a Samuel con los suyos, estaban tan familiarizados con las cosas espirituales que les perdieron el respeto y no conocían el temor de Dios, porque cuenta Hechos 19 que “los hijos de Esceva invocaban sobre los demonios el nombre de Jesús diciendo: «¡En el nombre de Jesús, a quien Pablo predica, les ordeno que salgan!»” (Hechos 19:13-14) a lo que cierto día un demonio les respondió: “y ustedes ¿quiénes son?” (vs. 15-16)
O aquellos otros que se regodeaban de que los demonios se les sujetaban, pero Jesús los ninguneó diciendo que él ni los conocía (Mateo 7:22) y por lo tanto los echó de su presencia (7:21,23); o a los que les dijo, con el mismo ninguneo, “no se alegren de que puedan someter a los espíritus, sino alégrense de que sus nombres están escritos en el cielo.” (Lucas 10:17-20) Obviamente lo que importa en el cielo no es el poder para echar demonios, sino la relación, el conocimiento, la intimidad que tengamos con Jesús.
Salmos 145:18 dice: “El Señor está cerca de quienes lo invocan, de quienes lo invocan en verdad.” ¡Uff! Parece que no alcanza con invocar. Parece que no alcanza con conocer el nombre. Parece que no alcanza con pronunciarlo. Parece que no alcanza con la experiencia o conocer los métodos. Parece, digo, parece que es necesario hacerlo de verdad.
Bueno, Jesús dijo, ¿no? que los que se acercan a Dios y lo adoran deben hacerlo “en espíritu y en verdad” (Juan 4:23-24)
¿Cómo adoro en verdad? ¿Cómo invoco en verdad? Que sea una pregunta que te respondas en tu interior. De lo que sí estoy seguro es que no alcanza solo con palabras.
Cuando te acercás a Dios ¿Sos consciente de que Dios existe?
Cuando le hablás a Dios ¿Sos consciente de que te escucha?
Cuando hablás de Dios ¿Sabés de quién hablás?
Cuando adorás a Dios ¿Adorás a Dios? (No sea cosa que estés adorando la adoración)
“El Señor está cerca de quienes lo invocan, de quienes lo invocan en verdad.” (Salmo 145:18)
“…cualquiera que se acerca a Dios tiene que creer que él existe y que recompensa a quienes lo buscan.” (Hebreos 11:6)
Que tengas un excelente día… a días nomás de terminar el 2024
