Cuando vas a trabajar a una fábrica, un hipermercado, un local de ventas perteneciente a una marca, una cadena de comidas rápidas o simplemente en el mostrador de informes de cualquier compañía, tenés que usar un uniforme que te identifica. Acá no se trata de si te gusta o no, si estás a la moda o no, es lo que te identifica delante del “cliente” como “representante” de la empresa.
Podría desviarme a hablarte de la “investidura”, esa posición que nos da ese uniforme y que nos trasciende. El policía no tiene autoridad por quien es sino por lo que es. Es su uniforme lo que lo identifica con la fuerza policial y por lo tanto le da autoridad. Así funciona también en cualquier profesión: el uniforme, el título o el cargo es lo que vas a buscar para que te dé una solución o respuesta. Por eso a veces me divierto cuando en vez de decirme “pastor” me llaman por mi nombre, como si “Walter” tuviera algo mejor para darles que lo que “el pastor” puede brindar.
Pero no hablamos de investidura, aunque sí hablamos de investidura (ponete de acuerdo pastor). Hablamos de lo que se nos da para ejercer una función, ese uniforme que (ah, no te dije) te lo da la misma empresa como parte de tu contrato y sin costo para vos. Es algo similar a la unción (aunque tampoco hablamos de unción) que no es otra cosa más que la herramienta que Dios nos da para hacer aquello que Dios nos manda hacer.
Sí, sé que así suena muy fácil ¡es que es fácil! No soy yo, es Dios en mí. No es quien va, es quien manda. No es quien hace, es quien autoriza y capacita. Bueno, ese es el uniforme, la investidura, la herramienta, la autoridad, el poder. Sí, el poder. Porque de eso estamos hablando y eso es lo que dice el Salmo 148 que Dios da. Y no dice que “a los elegidos”, “a los especiales”, “a los ungidos”, “a los selectos”; sino que dice: “¡Él ha dado poder a su pueblo! ¡A él sea la alabanza de todos sus fieles, de los hijos de Israel, su pueblo cercano! ¡Aleluya!” (Salmos 148:14)
¿Vos sabías que fuiste dotado de “poder”? ¿Te habías enterado de que Dios te dio la capacidad para hacer todo aquello que él te pide que hagas? ¿Estabas en conocimiento de que, en realidad, no necesitás más de lo que Dios puso en vos para salir a hacer lo que tenés que hacer? ¿Nunca te diste cuenta de que sos “poderoso”? Y no. Parece que no.
Es que siempre nos detenemos en lo que falta. En lo que no alcanza. En el error o en lo que no salió tan bien. Cocinaste todo el día y te mandaste un banquete, pero estás molesta porque una torta se torció un poco. Trabajaste todo el día y estás agotado, pero no estás conforme porque podrías haber hecho más. Tiene su lado bueno, pero hasta que vemos lo bueno, nos llenamos de lo malo.
Se te ha dado poder. Poder para cambiar tu condición y realidad. Poder para transformar el lugar donde estás. Se te han dado herramientas, para “pedir lo que aún no recibís y para encontrar lo que todavía no hallás” (Mateo 7:7-8). Se te ha dado un nombre y una investidura, para que te muevas bajo principios superiores a los de común de la gente; y justamente, se te ha otorgado ser parte de una “naturaleza divina” (2 Pedro 1:4) para que entiendas que “estás pero no pertenecés” (Juan 15:19) y que tu destino está más relacionado al de los ángeles que a lo terrenal.
Se te ha dado poder para mirar desde una posición de autoridad, para no estar bajo “yugo de esclavitud” (Gálatas 5:1), para no pertenecer al mundo de tinieblas sino ser parte del reino de la luz (Colosenses 1:13; 1 Pedro 2:9). Se te ha dicho que “todo lo que ates en la tierra será atado en el cielo” (Mateo 16:19) y se te dio la autoridad para pedir “venga a nosotros tu reino” (Mateo 6:10)
¿Qué es lo que te falta? ¿Qué cosa no te alcanza? ¿Por qué está “abatida tu alma y angustiada” (Salmo 42:5?
“Sí, les he dado autoridad a ustedes para pisotear serpientes y escorpiones y vencer todo el poder del enemigo; nada les podrá hacer daño.” (Lucas 10:19)
“Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros,…” (Efesios 3:20)
