Cuando fui a la escuela me enseñaron que una diligencia era una carreta con techo que se usaba en la época colonial para hacer viajes largos. Mirando películas “del viejo oeste”, también se nombraba a la diligencia como medio de transporte y al mejor uso de una terminal de ómnibus, los pasajeros esperaban a la puerta del bar que llegara “la diligencia de tal hora”.
Pero en casa aprendí que una “diligencia” era lo que hacía mi mamá cuando tenía que hacer un trámite, o atender alguna situación. Que hacer las compras era una cosa, los mandados otra, pero una diligencia era casi como de otro nivel, siempre con un poquito de misterio, como que “son cosas de grandes”.
Tal vez la diligencia era pagar la luz, o un trámite en la municipalidad. Tal vez, ir al correo, ese lugar que se usaba para mandar cartas. Pero cuando uno viene grande y se te caen todas las fantasías, que ya sabés quién es Papá Noel y que los camellos no se comieron el pastito, te enterás que diligencia tiene que ver con premura, con eficiencia, con efectividad.
Por supuesto, como ya sabrás, la Biblia habla de la diligencia y del diligente. Proverbios, el libro de sabiduría, pone a la diligencia en alta estima (y no hablo de la carreta) porque considera que es vital e indispensable para la vida, para nuestra vida diaria, para lo cotidiano. Claro, ya sé, la Biblia debe hablar temas espirituales y no meterse en cuestiones mundanas, pero lamentablemente espíritu, alma y cuerpo están tan ligados que, si el espíritu se separa del alma y el cuerpo, te vas al infierno; si el alma se separa del cuerpo y el espíritu; o el cuerpo se separa del espíritu y el alma, estás muerto. Así que la Biblia habla temas mundanos que afectan nuestra vida espiritual y temas espirituales que afectan nuestra vida mundana.
Proverbios 22 dice que “un hombre diligente en su trabajo” (v.29) va a escalar posiciones, y comparando versiones está hablando de alguien que trabajando sea: diestro, solícito, hábil, experto, cuidadoso, esforzado, que hace bien su tarea. Dice, del tal, que va a estar “delante de los reyes”, que estará “al servicio de los reyes”, que “¡se codeará con los reyes!”, y no se va a relacionar con gente insignificante.
En 13:4 dice que “será prosperado”, que sus “pensamientos lo llevan a la abundancia” en 21:5, que “dominará a otros” en 12:24 y que la diligencia es un “haber precioso del hombre” en 12:27. Y en 10:4, que es nuestro texto de hoy, dice que es la clave para salir de la pobreza.
“Pobre es el que trabaja con mano negligente, Pero la mano de los diligentes enriquece.”
Una vez más la Biblia está poniendo bajo nuestra responsabilidad el salir adelante y el ser transformados. Nos enseña, una y otra vez, que no dependemos de nadie más sino solo de lo que Dios puso en nuestro interior y de ejecutarlo. Que si somos “vagos” (“mano negligente”) no le echemos culpas a los demás porque somos los generadores de nuestra pobreza pero que si, al contrario, actuamos con “destreza, solicitud, habilidad, experiencia, cuidado, esfuerzo, y hacemos bien la tarea”, o sea si somos diligentes, eso mismo nos enriquecerá.
Tal vez no creas que esto es posible, y en ese caso tendrías que pasar por un proceso de sanidad financiera, pero no para que te saquen demonios sino para que entiendas, como dice mi libro “Sanando Nuestra Economía”, que Dios quiere que sea prosperado, le conviene que yo sea prosperado y me dio las herramientas para ser prosperado.
Jesús le dijo al centurión «Ve, y que se haga contigo tal y como has creído.» (Mateo 8:13) Es imprescindible que creas que tenés la capacidad y las herramientas para salir adelante. Que creas y entiendas que no necesitás más de lo que Dios te dio para hacer lo que te manda hacer, y que “Dios te dio el poder para hacer riquezas.” (Deuteronomio 8:18)
No mires tus limitaciones.
No te detengas ante tus imposibles.
No te compares con el otro.
No evalúes tus resultados a la luz de tus esfuerzos sino de tu trabajo.
Sé “fuerte, valiente,… varón esforzado”.
