La visión de nuestra iglesia trabaja muy fuerte en, obviamente, la restauración. Enseñamos que trabajamos en 4 áreas fundamentales:
- Restaurar las almas, llegando a Cristo o volviendo a él,
- Restaurar las mentes, entendiendo que tenemos la mente de Cristo y que a pesar de lo que hayamos vivido, Dios tiene un plan superior,
- Restaurar los ministerios, enseñando que Dios te dio un don al nacer y con él te preparó para un ministerio, para servirlo, y que nada ni nadie puede quitarte eso,
- Restaurar la iglesia, que aunque suena muy pomposo se refiere a volver a los principios bíblicos como estos fueron pensados y escritos.
Es un trabajo que se hace en paralelo, no tenemos etapas sino que ministramos en las 4 áreas al mismo tiempo según la necesidad y los tiempos de cada uno. Pero tengo que confesar que una de ellas es en la que hacemos más énfasis, porque al mismo tiempo, es la que más trabajo da y más recaídas tiene: La Mente.
¿Viste cuando aprendiste algo y lo aprendiste mal? (o te lo enseñaron mal) Dejás el pie en el embrague, comés la fruta al final, no usás la luz de giro, desayunás liviano y te matás en la cena, y tantas otras cosas que no se me ocurren ahora. Lo que aprendemos de chico o por primera vez, tiene un peso mucho más importante que lo que incorporamos después y por eso nos cuesta modificar los hábitos ya arraigados en nuestra mente. Recibimos a Cristo y somos trasladados de las tinieblas a la luz, pero seguimos mirando como si estuviéramos en oscuridad; recibimos perdón de nuestros pecados, pero seguimos creyendo que somos culpables y señalados por los demás; Dios nos da una palabra de avance, pero miramos nuestra limitación e imposibilidad; creemos en Dios pero nos cuesta creerle a Dios. Vivimos en una “bipolaridad espiritual”, somos dos personas distintas viviendo en una sola mente.
Dicho así parece que estuviera hablando de demonios, y en cierta manera es entendible: una lucha interna de dos naturalezas distintas, tirando “cada una para su lado”. Pero también así se describe a la lucha entre “la carne” (conducta dominada por mis pasiones, emociones, sentimientos y el “viejo hombre”) y “el espíritu” (la nueva vida en Cristo, a partir de recibirlo a él en nuestro interior y “formar a Cristo” -Gálatas 4:19- en nosotros).
No se trata de demonios, se trata de actitudes.
No se trata de demonios, se trata de decisiones.
No se trata de demonios, se trata de madurez.
No se trata de demonios, se trata de crecimiento espiritual.
Dijo Jesús: “Todo reino dividido internamente acaba en la ruina. No hay casa o ciudad que permanezca, si internamente está dividida.” (Mateo 12:25)
No puede haber crecimiento hasta que no me ponga de acuerdo conmigo mismo.
No puede haber bendición hasta que la mente de Cristo no tome control sobre la muerte carnal.
No puede haber prosperidad hasta que el viejo hombre no sea enterrado y el hombre espiritual tome su lugar.
¡Por eso Pablo entraba en crisis! “¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?” (Romanos 7:24), que él mismo responde y concluye en 8:1 “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.”
Andar conforme al espíritu.
No digas que creés si no creés, y si no creés, empezá a creer.
No te llames libre si seguís viviendo encadenado, y si estás encarcelado, rompé las cadenas con las herramientas que Dios te dio.
No te llames próspero si confiás más en tus habilidades que en Dios, y si confiás más en vos que en Dios, entregale nuevamente tu corazón.
“Todo reino dividido internamente acaba en la ruina” (Mateo 12:25)
“Tenemos la mente de Cristo” (1 Corintios 2:16)
“Tenemos la unción del santo” (1 Juan 2:20)
“El que está en Cristo es nueva criatura” (2 Corintios 5:17)
“Si el Hijo te libera, serás verdaderamente libre”. (Juan 8:36)
¡Qué tengas un excelente día!
