¿Cuál es la causa de las guerras? La ambición del hombre. El hambre de poder. El deseo de someter y sentirse superior al otro. Todo esto no es nada más ni nada menos que los atributos que Dios nos dio, pero pervertidos por la caída de Génesis 3. Dios nos creó con capacidad de gobierno. La capacidad de determinar, decidir, gobernar, administrar, incluso sojuzgar, necesaria para poder gobernar una tierra que estaba desordenada y vacía y a la y las razas que irían apareciendo. Cuando Adán y su familia fueron expulsados del huerto, lo que era bueno para gobernar degeneró en bueno para oprimir y poner en primer lugar solamente el beneficio propio.
El amor se convirtió en lujuria, la humildad en cobardía, la justicia en venganza. C. S. Lewis (el autor de “Crónicas de Narnia”) decía que “el mal es el bien pervertido”.
Precisamente el plan de salvación no apunta solamente a la “salvación del alma”, sino la restauración del hombre creado “a su imagen y semejanza”. Si así no fuera, Pablo no hablaría tanto del nuevo y viejo hombre, o de las pasiones, o la concupiscencia, sino que se enfocaría solamente en lo espiritual.
Definitivamente necesitamos ser restaurados y dejar un poco de lado ese control que queremos tener de todas las cosas. ¡Si hasta le discutimos a Dios! ¿No viste a Moisés? (Éxodo 3:10-4:17) ¿Y Abraham? (Génesis 18:16-33) ¡Hasta Gedeón pretendió tener mejores razones! (Jueces 6:11-24) ¿Y Jacob? (Génesis 32:22-32).
La lectura de ayer en Proverbios decía que “por el Señor son ordenados los pasos del hombre, ¿cómo puede, pues, el hombre entender su camino?” (20:24). Bueno, así somos. No tenemos siquiera capacidad para entender nuestro camino, pero queremos seguir usando la capacidad de gobierno para discutirle a Dios sus razones, como si pudiéramos enseñarle o hacerlo cambiar de opinión (Romanos 11:34).
Salomón dijo también (sí, otra vez Salomón y más de Proverbios -estoy pensando escribir un libro “30 días con Proverbios”– 🤭), que “No vale sabiduría, ni entendimiento, Ni consejo, ante el Señor.” (Proverbios 21:30).
¿Sabías que rechazar el llamado del Señor no solo es desobediencia, sino que es soberbia?
¿Nunca te diste cuenta de que sentirte menos de lo que Dios dice de vos es decir que Dios se equivoca?
Y si digo que Dios se equivoca ¿no te das cuenta de que le estás diciendo que vos tenés más razón, vos sabés más que él?
Jesús dijo (dejemos en paz a Salomón y Proverbios) que “No hay profeta sin honra, sino en su propia tierra y en su propia familia” (Mateo 15:37). La familiaridad pervierte la autoridad. La confianza desconoce la divinidad. La cercanía puede desdibujar la imagen. Tenemos que cambiar la manera de pensar acerca de Dios, de su soberanía, su poder, su autoridad sobre nosotros y de nuestra posición delante de él. Necesitamos cambiar la manera de ver a Jesús, como dijo Pablo “…y aun si a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así.” (2 Corintios 5:16).
No discutas con Dios, solo prolongás el proceso.
No cuestiones a Dios, solo provocás mayores pruebas.
No argumentes con Dios, él no va a hacer tu voluntad.
No subestimes a Dios, nada es imposible para él.
No rechaces el llamado de Dios, no sos superior a él.
