“El desierto es un lugar de paso, no de habitación”. Es una frase de “Dicho Está” pero también es una realidad: los desiertos en la vida cristiana a veces son tan habituales y recurrentes que podemos creer que hay que acostumbrarse a eso, que hay que vivir así.
“No existen los desiertos”, decían algunos; “Estás en pecado”, decían otros; “Es una prueba”, era la respuesta más simple (e ignorante); “Es parte del proceso”, me gusta pensar y decir a mi, porque creo con total convicción que “No hay bendición sin transformación, no hay transformación sin proceso”. Podría decir, uniendo las ideas, que “el desierto es el lugar donde somos procesados”.
Jesús fue llevado al desierto, no podemos decir que tuvo pecado; David tuvo que huir por el desierto; Moisés, bueno, Moisés era operador turístico del desierto. Dice Oseas que Dios mandó a Israel al desierto para hablarle y también que “desde ahí llamó a su hijo”. El desierto es el lugar donde somos procesados.
Repito, el desierto no es un lugar de habitación, es un lugar de paso. No es un lugar para quedarnos ni para hacer planes a futuro. No es un lugar para edificar un hogar. Tampoco para vacacionar. Pero es parte de aquellas cosas que no podemos evitar. Jesús mismo se vio obligado a pasar por Samaria para ir de Judea a Galilea (aunque el motivo era otro), así que hay cosas que a veces queremos evitar y no podemos evitar, porque si las evitamos solo prolongamos “el proceso”.
¿Podía Moisés esquivar a Jericó? Podía. Pero siempre habría estado el enemigo a sus espaldas. Hay cosas que aunque podamos no debemos evitar y hay cosas que no podemos evitar.
Dios le dijo a Moisés, y él le dijo a Faraón: “Debemos ir por el desierto camino de tres días, y allí ofreceremos sacrificios al Señor nuestro Dios, tal y como él nos diga.” (Éxodo 8:27). Hay cosas que no se pueden evitar. Tal vez pensamos que los objetivos nobles van a estar cubiertos de paz y bendición; tal vez creemos que, como vamos a adorar a Dios, todo se va a allanar; tal vez se nos metió la idea de que “si hay lucha no es de Dios”, o “si no hay lucha es del diablo” (sí, así de bipolares son los evangélicos…), pero ni una cosa ni la otra. Adorar a Dios también conlleva un proceso, seguir a Dios requiere de una transformación y sin esa transformación tampoco se recibe su bendición… y…. sin proceso, no hay transformación.
¿Te dije? El desierto es el lugar donde somos procesados.
¿Será por eso que Jesús dijo que “los valientes lo arrebatan”? O que Isaías habla de los de “carácter firme”? Será por eso que Jesús en más de una ocasión confrontó a la gente (y a los discípulos) con un “¿se quieren ir…?” ¡Menos mal que ahí Pedro en sus cabales dijo: “¿A dónde iremos? Solo vos tenés palabras de vida eterna”
El desierto es el lugar donde somos procesados.
No le escapes a las pruebas, ni a los desiertos.
No le temas a los desiertos, ni a los procesos.
No te resistas en los procesos, ni a la transformación.
No busques caminos alternativos ni salidas fáciles.
Si por delante está el presentarte ante el Señor, todo lo que hagas vale la pena.
No le temas a los procesos, no le temas a las pruebas.
El desierto es el lugar donde somos procesados.
