Ahora ya no pasa mucho, los tiempos cambiaron y en eso se nota. La gente ya no se toma tantos días de vacaciones como antes. Cuando digo “antes” me refiero a mis recuerdos de infancia o juventud; no era raro tomarse un mes completo de vacaciones. ¡Hoy me parece una locura!
Entonces pasaba algo gracioso: era clarísimo reconocer los recambios de gente. Creo que “clarísimo” es la palabra más apropiada, porque de repente, un sábado o domingo, empezabas a ver la playa llena de “blanquitos” (no soy racista, eh), los recién llegados que contrastaban con los que ya estaban re quemados (para no poner “negros… corrección política, ¿viste…?)
Algo similar me pasó estas vacaciones. No, no me tomé un mes, apenas 5 días. Pero cuando volví, todos me decían que estaba quemado, cosa que yo ni me había dado cuenta. Es que, si hay algo que le escapo, es al sol. No me gusta tomar sol, me molesta y me hace mal. ¡Te resultaría muy gracioso verme bajo una sombrilla con lentes oscuros y gorra!
También pasa con el crecimiento de los hijos: quienes los vemos constantemente no notamos los cambios, pero los que no los ven seguido siempre mencionan el “¡qué grande que está!” Bueno, eso me pasa cuando me encuentro con algún amigo de la adolescencia o compañero de escuela: ¡No entiendo cómo puede estar tan viejo! ¿Qué les pasó a los demás?
La cuestión es que los cambios se dan, a veces nos damos cuenta y a veces no. Siempre es más fácil verlo en el otro que en nosotros mismos. Por eso siempre aconsejo que no debemos compararnos con nadie, porque cuando lo hacemos, estamos comparando lo que vemos del otro con lo que sabemos de nosotros, y así, siempre estamos en desventaja.
Así funciona también el testimonio, el evangelismo silencioso: la gente empieza a notar los cambios que tal vez nosotros no reconocemos. Claro, es que como Pablo, muchas veces seguimos luchando con nuestras miserias y más de una vez también, con él, decimos: “no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero” (Romanos 7:19). Pero los demás lo notan. Se ve que “algo” empieza a cambiar y que, aunque sigamos en proceso, (siempre estamos en proceso) “algo positivo” se empieza a ver. En definitiva, ese es el verdadero trabajo: no tanto lo que digamos, sino lo que hagamos; y no tanto lo que hagamos, sino lo que se vea de nosotros, ya lo dijo Jesús: “Hagan brillar su luz delante de todos, para que ellos puedan ver las buenas obras de ustedes y alaben a su Padre que está en los cielos.” (Mateo 5:16)
A veces nos pasa con la oración, con los momentos de encuentros con Dios. Esperamos que “pase” algo y no sentimos ni vemos que pase nada. No hubo temblor, ni caída, ni manifestación, y podemos caer en el error de pensar: “Dios no obró”. Pero, una vez más, aunque no nos demos cuenta, lo que Dios hace se deja ver y vamos siendo “transformados de gloria en gloria…” (2 Corintios 3:18)
Hace muchos años aprendí en carne propia que el trabajo más complejo de una casa, no se ve cuando la casa está terminada. Pero sin ese trabajo, la casa no se sostendría.
No te detengas por lo que no ves; en definitiva “no es por vista, es por fe”.
No te guíes por lo que sientas o no sientas. ¿Otra vez? ¡Es por fe! y el corazón “es engañoso”.
No hagas caso de las palabras bonitas ni los retoques de apariencia. “Por sobre todas las cosas cuida tu corazón, porque de él mana la vida.”
¡Ni Moisés pudo reconocer que Dios lo estaba transformando! Le pasó a él ¿no te va a pasar a vos?
Éxodo 34:29 “Y sucedió que, cuando Moisés bajó del monte Sinaí con las dos tablas del testimonio en su mano, no sabía que, después de haber hablado con Dios, la tez de su rostro resplandecía.”
Seguí avanzando. Seguí sembrando. Seguí trabajando. Acercate cada día a Dios. Metete cada día en su palabra. Y “el que comenzó tan buena obra en vos la irá perfeccionando hasta el día de Cristo Jesús.”
