Mi mamá fue modista. Desde muy chico estuve entre telas, hilos y máquinas de coser. ¡Aprendí a coser a máquina! Y obviamente a mano. Aprendí los secretos del sistema mecánico de la vieja Singer y recuerdo que usaba el pedal como juego, pensando que estaba manejando un gran tren.
Mamá hacía todo tipo de costura. Vestidos, pantalones, arreglos mil. Hoy no se usa tanto la ropa de confección, pero cada vez más se usan los arreglos. A diferencia de esa época, en la que toda mamá sabía cómo hacer un arreglo, hoy dependemos de “costureras y modistas”. Además, como buenos latinos descendientes de españoles e italianos, ni se nos ocurre tirar la ropa dañada ¡todo se puede arreglar!
Mi abuela cortaba las sábanas al medio y volvía a coserlas al revés, de esa manera estiraba su vida útil. Bueno, mi abuela era otro tema. Ella no te gastaba un centavo de más, pero, además, tejía todo lo que le venía a la mano. Sí, eso también desapareció.
Recuerdo también un viejo local en Buenos Aires, por Esmeralda o Suipacha, en una galería que creo ya no existe. Se llamaba “La Clínica de las Camisas”, vos ibas ahí a que te den vuelta los cuellos gastados y entonces, como por arte de magia, tenías una camisa nueva (mentira, se re notaba).
No, no me estoy poniendo nostálgico, solo te cuento cosas que para algunos serán un recuerdo melancólico y para otros toda una novedad. Pensar que mis experiencias infantiles hoy son historia para esta generación…
En definitiva, no era solo mi abuela y mi mamá. Crecimos en una sociedad que reparaba todo. Muchos por venir escapando de una guerra donde la habían pasado re mal. Otros por no tener, por tener que estar contando las moneditas o “secando la yerba al sol”. Como sea, para un latino ¡para un argentino! lo más normal es la reparación. (Sí, también se reparaban relaciones, cosa que hoy también pasó de moda. La ropa duraba, la heladera duraba, la pareja duraba…)
Pero con el tiempo aprendí que no todo se puede arreglar, que, como los cuellos de las camisas, se nota y cuando se nota no renovaste ni extendiste su uso, sino que ahora “estás usando algo viejo, remendado, emparchado”. Hay cosas que vale la pena, como las relaciones, como las antigüedades, como los recuerdos valiosos. Pero hay otras cosas que mejor dejar pasar.
Jesús hizo esa comparación. Él hablaba del espíritu, de la vida espiritual, del reino. Bueno, Jesús siempre hablaba de reino, algo que la iglesia tiene que aprender y aprender a enfocar. El tema es el reino. Y se presentó una situación en la que los discípulos de Juan (los discípulos de Jesús anteriormente lo fueron de Juan) le cuestionaban sobre el ayuno, y él responde: “Nadie remienda un vestido viejo con un paño de tela nueva, porque la tela nueva estira la tela vieja y la rotura se hace peor” (Marcos 2:21). Me encanta esa faceta de Jesús, siempre lo resalto, cómo el tipo te contestaba con cualquier otra cosa sacándote de foco, pero daba justamente en el clavo.
¿Qué tenía que ver la costura con el ayuno? Nada. O todo. Hay cosas que no hay que reparar sino que hay que cambiar. Hay cosas que hay que dejar atrás y dar lugar a lo nuevo. Los discípulos de Juan tenían que re aprender su teología. Estaban formados en el juicio del Antiguo Testamento y Jesús vino a traer una visión renovada. De lo mismo, pero cambiando la óptica; que apuntaba a lo mismo, pero debía ser tratado de otra manera. El “paño nuevo”, el “vino nuevo” del verso 22.
Hay cosas que merecen ser reparadas, pero hay otras que deben ser cambiadas y otras más que deben ser eliminadas y destruidas para poder dar paso a las nuevas, a lo nuevo de Dios. Pablo entendió bien el principio. Él les dijo a los romanos que era necesario “transformarse por medio de la renovación del entendimiento” (Romanos 12:2), un tema que parece todo un tratado de filosofía o de “mindfullness”, pero que era el simple Saulo transformado, que allá por el año 50 (más o menos) te da la clave del desarrollo personal y espiritual.
El punto más claro de todo esto es: lo nuevo no arregla lo viejo. Si querés tener una visión renovada dentro del molde de la vieja estructura vas a romper todo, no vas a entender, no vas a dar fruto, todo habrá sido en vano. Por eso, también Pablo dijo, es necesario “despojarse del viejo hombre” (Efesios 4:22).
Hay cosas que pueden ser arregladas, pero en lo espiritual, en lo que apunta a la renovación de tu vida, a subir al siguiente nivel y el cambio de posición, hay cosas que deben ser eliminadas, desechadas, desarraigadas de tu boca, de tu cabeza, de tu mente.
¿A qué te estás aferrando?
¿Qué cosas vivís emparchando?
¿Cuántas veces remendaste lo que ya no tiene arreglo?
¿Cuánto estás gastando en costureras y modistas?
Es tiempo de ser transformados y eso solo puede suceder por medio de la renovación del entendimiento a medida que nos vamos confrontando (o chocando) con la gloria de Dios que nos quiere llevar al siguiente nivel. (Romanos 12:2; Efesios 4:23; 2 Corintios 3:18).
