El invierno pasado nos tomamos un día de descanso en una vieja estancia de Buenos Aires, uno de esos cascos antiguos que se ven en películas o que imaginamos al leer historia o novelas.
Las habitaciones estaban distribuidas al viejo estilo español (o al conventillo de La Boca), una al lado de la otra y con todas las puertas dando a la galería cerrada, una suerte de patio con mesas, sillones y un hogar a leña.
Sí. Un viejo hogar como en las películas románticas o navideñas, con su depósito de quebracho a un lado. Nunca había usado un hogar. Nunca había alimentado un hogar. No es ninguna ciencia, ojo, no es nada del otro mundo, pero es una experiencia nueva, agradable, hasta emotiva, diría.
Te dije que era invierno, y el invierno en el campo se nota. Realmente era necesario que el hogar permaneciera encendido. Se notaba mucho cuando el fuego empezaba a mermar hasta apagarse: casi instantáneamente bajaba la temperatura del lugar, así como casi instantáneamente subía al agregar leña. Otra experiencia reflexiva: gruesos troncos de quebracho que, con el correr de las horas, quedaban convertidos en cenizas. Como dice el viejo dicho: “Los más grandes son los que hacen más ruido al caer”.
¿Y si la madera estaba húmeda o verde? Solo humo, nada más.
Qué curioso que en la Biblia la madera represente al hombre, al ser humano. El ciego medio sanado decía: “Veo a los hombres como árboles”, y el arca que contenía y sostenía la presencia de Dios era de madera recubierta de oro: la humanidad revestida de divinidad. Bueno, también Hageo mandó a la gente a “traer madera” para edificar la casa de Dios. Sí, la madera representa al hombre, que recibe la presencia de Dios y también alimenta el altar. Porque el fuego “nunca debe apagarse”, dice Levítico 6:12 y 13, pero ¿con qué se alimenta? Hay un fuego eterno del que no quiero saber nada, pero hay otro que es avivado, mantenido… con vidas rendidas ante el Señor.
“Fuego, fuego, fuego. Fuego que no se apaga…”, dice el viejo coro. Pero no se apaga porque hay leña cada día que se presenta en el altar.
¿Cómo está el clima a tu alrededor?
¿Sentís que la temperatura sube?
¿Sentís, acaso, que baja?
Las llamas de ese fuego, ¿consumen la dureza o preferís que se apague antes que la madera arda?
Mantené vivo el fuego de tu altar. Presentate cada día para “ser consumido” y afectar el ambiente a tu alrededor.
No seas puro humo. No temas ser consumido.
El fuego del altar debe estar siempre encendido, pero solo hay una manera: Juan el Bautista dijo, “Es necesario que él crezca y que yo decrezca”.
