Acomodados

Creo que, entre tantas cosas que nos caracterizan, una de las que nos identifica a los argentinos es esa capacidad, necesidad, deseo o búsqueda de “recomendaciones y acomodos”. Hay otras cosas que son más visibles y por las que se nos califica: arrogancia, soberbia, autoritarismo, irreverencia, informalidad, desestructuración, etc. (No solo nos califican, sino que a veces nos descalifican). Pero lo que en otras culturas sería impensado, para nosotros es lo más normal.

“¿No tenés algún conocido o contacto en…?” Completá la frase con el organismo o institución que sea. Ahí está un argentino buscando un acomodo.

Lo hacemos para pedir un crédito, para conseguir trabajo, para que el expediente se mueva más rápido, para sacar el “registro”. (Por cierto, ¿por qué decimos registro si la credencial dice licencia? ¡Argentinos!). Hablando de eso, recuerdo cuando fui a sacar el “registro” por primera vez. Tenía 19 años y una tía que trabajaba en la municipalidad de Lanús. Bueno, no solo trabajaba: tenía un puesto político relativamente importante. Así que, ¡obviamente!, la tía me acomodó para hacer el trámite. La sorpresa fue que, cuando me presenté en la ventanilla, ¡la fila de los recomendados era más larga que la de los pobres ciudadanos de a pie!

¿Por qué hacemos eso? Hay varios factores. Desde lo cultural hasta lo psicológico, pasando por un complejo de inferioridad. Sí, somos complicados. Ortega y Gasset decía que somos “italianos que hablan en español y quisieran ser ingleses”. Peor fue Borges, que dijo que somos “europeos en el exilio”. Falta de identidad, muchas veces causada por los desastres de nuestros gobernantes, que nos han quitado el motivo de orgullo patriótico.

Necesitamos sentirnos reconocidos, que se note que somos mejores (¡ja!), que sabemos más, que somos especialistas en todas las áreas. Todo eso, una vez más, para tapar nuestras propias miserias. Porque, a ver, ¿tan difícil es sacar el registro? ¿Tan complicado es hacer un trámite? ¿Por qué no vas, lo hacés y ya está? Porque eso es para “la plebe”, para la “gente común”…

¿Habrá pensado eso María? No sé. Pero Santiago y los otros, ¡seguro! La Biblia dice que María “guardaba todas las cosas en su corazón”, o sea, sabía quién era Jesús. Pero sus hermanos lo menospreciaban, no creían en él (Juan 7:5). Ahora bien, cuando Jesús empezó a ser popular… ahora sí les servía ser “hermanos de Jesús”.

Resulta que Jesús estaba reunido en una casa enseñando. Compartía las buenas noticias de arrepentimiento y salvación con los judíos que abrían su corazón a lo nuevo de Dios. ¿Era importante? Sí, lo era. Entonces aparecen afuera de la casa María y los hermanos de Jesús, pidiendo verlo, hablar con él. Como no era sencillo entrar, lo mandan llamar. Alguien le dice a Jesús: “Tu madre y tus hermanos están afuera y te buscan” (Marcos 3:32). Su respuesta fue clara: «¿Y quién es mi madre y mis hermanos?» (Marcos 3:33).

Yo tengo la firme convicción que los contactos son el capital más importante en estos tiempos. Los contactos te abren puertas, te quitan cargas. Pero los contactos no son el todo. Para los trámites, capaz que sirve. Pero para obtener respuestas de Dios, no sirven de nada. ¿Qué tenemos para “acomodarnos” delante de él? ¿Qué privilegios obtuvimos o qué podemos ofrecerle a cambio? ¿Qué nos hace creer que tenemos derechos y, si los tuviéramos, qué tipo de derechos serían?

Jesús fue tajante: “Todo aquel que hace la voluntad de Dios, ese es mi hermano, y mi hermana, y mi madre” (Marcos 3:35). O como dice Salmos 37:23: “El Señor dirige los caminos del hombre cuando se complace en su modo de vida.”

El único acomodo es hacer su voluntad y andar en sus caminos. El único privilegio es tenerlo como dueño y Señor. El único derecho es haber sido comprados y, por lo tanto, ya no pertenecernos a nosotros mismos. La única recomendación es presentarnos confiadamente ante el trono de la gracia.

¿Qué te hace distinto?
El haber sido llamado y escogido por Dios.

No busquemos vías rápidas.
No busquemos posiciones.
No pretendamos beneficios ni lugares superiores.
Seamos hijos, seamos siervos, seamos obedientes.

“Reconozcamos al Señor en nuestros caminos… y él enderezará nuestras sendas.”

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