Confrontación

“Queremos cambiar, pero no queremos”

Esa fue la consigna del mensaje de ayer. Bueno, de la prédica de ayer. Hablamos de esas situaciones en las que esperamos algo de Dios, le pedimos algo a Dios, tal vez incluso le reclamamos a Dios según sus promesas, pero no estamos dispuestos a hacer nuestra parte.

El evangelio es una buena noticia. Buenísimo. Ya todos sabemos eso. (O no. Puede haber gente que no lo sepa). Es cierto, capaz no todos lo saben, pero “evangelio” significa “buenas noticias”. Son las buenas noticias de salvación, de que Jesús vino a rescatarnos de la condenación ofreciendo su vida como pago suficiente; son las buenas noticias de que se abre un camino nuevo y un futuro nuevo.

“Nadie llega al Padre sino por mí”, dijo Él (Juan 14:6). O sea, sin Jesús no había llegada a Dios. Sin Dios no habría eternidad. Sin Dios, solo queda la condenación.

Pero, siguiendo la corriente de este tiempo, donde se han perdido un montón de valores y, con ellos, el sentido de responsabilidad, es muy fácil caer en el error de pensar: “¡Buenas noticias… hagamos fiesta!” y recostarnos simplemente a disfrutar.

Algo así le pasó a Moisés cuando, después de estar 40 días recibiendo dirección de Dios y siendo transformado, se encontró con un gran “Sinaí Night Club“, donde todos se emborracharon y se entregaron al desenfreno (1 Corintios 10:7; Éxodo 32:6).

Pero, como tantas veces decimos: “sin transformación no hay bendición”, por lo tanto, no se trata simplemente de una “buena noticia” sino de una transformación de vida. Como dijo Pablo en Efesios 4:28: “El que hurtaba, no hurte más”.

Sencillo. Directo. Tajante. No podés seguir haciendo lo mismo que hacías. Recibiste una buena noticia, te libraron de la condenación y sos una persona nueva. El que eras, no existe más.

No se puede recibir bendición sin enfrentar las responsabilidades de la nueva vida. No se puede alcanzar el cumplimiento de las promesas sin tomar nuestra parte en el asunto. No podemos recibir solo la parte del paquete que nos gusta, evitando la que incomoda. Sino que, como Alvarado… “Es necesario morir.”

Tranquilo, no estoy predicando Alvarado, solo que esa canción me sirve mucho. Es una gran verdad: “Les aseguro que, si la semilla de trigo no cae en tierra y muere, se queda sola. Pero si muere, produce mucho fruto” (Juan 12:24).

Cuando Jesús llevó a sus discípulos a una nueva realidad, lo primero que vieron fue a un loco endemoniado que los insultaba y atacaba. Hasta que se confrontó con Jesús. El cambio fue rotundo. El loco se calmó. Su aspecto cambió. Fue tanto lo que pasó, que los lugareños se asustaron.

Los discípulos ya estaban acostumbrados a ver las cosas que Jesús hacía. Pero esta gente no. Es más, ni siquiera eran judíos. Pero se confrontaron con una transformación: dar lugar a Jesús en sus vidas para ser transformados y empezar a vivir una vida nueva (como vos y yo, ¿viste?).

El evangelio es una confrontación constante y requiere de nosotros una acción, una decisión. Y esta gente decidió…

Dice Marcos 5:17: “…comenzaron a rogarle a Jesús que se fuera de sus contornos.”

Queremos ver el cambio, pero no queremos ser el cambio.
Queremos ver el cambio, pero no queremos cambiar.
Queremos la respuesta, pero no queremos escuchar.
¡Queremos ver la transformación! Pero no queremos ser transformados.
Queremos la renovación, pero sin ser confrontados.
Queremos la bendición, pero no queremos adorar.

¡Ah! ¿Que sí querés adorar? ¿Sabías que adorar es presentar un sacrificio?

Queremos, pero no queremos…
“Es necesario morir…”

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