Una cosa es la “familiaridad” (ya varias veces hemos hablado de eso) y otra cosa es la costumbre.
Anoche estábamos hablando con mis hijas sobre los paisajes de Mendoza que tuvimos oportunidad de conocer el año pasado. Realmente quedamos enloquecidos al ver las montañas en el horizonte, imponentes, majestuosas, como diciendo ¡Ey, acá estoy! Bueno, los antiguos indígenas creían que las montañas tenían vida propia. En algunas culturas se las trataba como dioses y en algunas religiones (incluido el judaísmo incipiente) como el lugar de la habitación de Dios. No hace falta indagar mucho en la cultura y la historia, ¿quién no ha escuchado hablar acerca de los “dioses del Olimpo (el monte Olimpo)” de la mitología griega?
En esa charla hablábamos de cómo la gente del lugar, tal vez re acostumbrada a ver esas maravillas, no se sorprendía ni las tenían en cuenta. Es obvio, es natural, si todas las mañanas te encontrás con un macizo andino ante tus ojos, que va cambiando de color según como el cielo va levantando… ya no le prestás tanta atención. ¿No? Creo que yo quedaría con la boca abierta todos los días. (Eso mismo dijo Pedro acerca de no negar a Jesús, je…)
Una cosa es la familiaridad y otra muy distinta la costumbre. Vos podés estar familiarizado con algo o alguien y aun así mantener una relación de, en este caso, asombro, o en otro caso respeto. Se puede tener relación con personas a las que conocés hace muchos años, pero sigue existiendo el vínculo de autoridad, de reconocimiento, de honra.
¿Está mal tratar a los demás como uno mismo? No. ¿Está mal ver a todos a la par? Mmm, no. ¿Está mal pasar por alto la trayectoria, la investidura, la profesión, la posición? Eeeeh…. sí.
Recuerdo con cierto pesar cuando en el año 1983, el entonces presidente Alfonsín eliminó de las formas oficiales el “excelentísimo” al referirse a su persona u otras altas autoridades. Lo mismo cuando el presidente Macri con su equipo de campaña, queriendo dar una imagen de cercanía, se llamaban por nombre de pila (costumbre que quedó hasta hoy) y dejaron de usar corbata (que no siempre queda bien).
Siempre lo menciono así: yo, Walter Escalante, no tengo nada que ofrecerte; pero lo que soy, pastor, y la investidura y unción que Dios puso, sí tienen mucho para darte. La pregunta sería ¿te conformás con mi mediocridad o querés recibir algo que transforme tu vida?
Una cosa es la familiaridad y otra la costumbre y lo peor es cuando a la familiaridad la vestimos de ese manto de costumbre. Las cosas dejan de tener su valor por el solo hecho de… estar acostumbrados a ellas. Pregunto: Si tuviste la suerte de tener amistad con un cirujano exitoso y reconocido ¿le quita eso valor a la profesión? ¿Dejarías de confiar en él para que te opere? ¿Serías capaz de decir: “¡ah pero yo te conozco, jugábamos a la pelota! ¿Igual me vas a operar bien?”
Eso fue lo que hicieron con Jesús. La costumbre y la familiaridad rompieron el vínculo necesario para dar lugar a la transformación, y un grupo de personas perdió la oportunidad de ser sanados y salvados solo por pensar…: “¿Acaso no es este el carpintero, hijo de María y hermano de Jacobo, José, Judas y Simón? ¿Acaso no están sus hermanas aquí, entre nosotros?” (Marcos 6:3). Dos versículos más adelante dice: “Y Jesús no pudo realizar allí ningún milagro, a no ser sanar a unos pocos enfermos y poner sobre ellos las manos” (Marcos 6:5)
Una cosa es la familiaridad, otra la costumbre y una muy distinta la investidura y la unción.
¿Cómo te relacionás con Dios? ¿Cuál es tu comportamiento en la iglesia? ¿La sentís tanto “tu casa” que hacés lo que querés en ella? ¿Cómo estás viendo a Jesús? ¿Qué relación tenés con él? ¿Ves a Jesús como “el hermano mayor”? ¿Tal vez como el buen maestro de Galilea? ¿Capaz como un hombre íntegro y sacrificado? ¿O, como dijo Pedro: “el Cristo, el hijo del Dios viviente”?
Tenemos que cambiar la forma de ver a Dios.
Tenemos que bajar a Jesús de la mente al corazón.
Tenemos que cambiar nuestra manera de pensar, respecto de Dios, del evangelio, de la iglesia, de la visión de la Iglesia, de mi relación con Dios y de lo que Dios quiere conmigo y de mí.
No permitas que la costumbre apague tu asombro. No dejes que la familiaridad te haga perder la reverencia. Dios no es solo alguien cercano, es el Señor Todopoderoso.
“Sábelo bien: el Señor tu Dios es Dios.” (Deuteronomio 7:9)
