Los de afuera son de palo.

La religiosidad es un virus peor que el mismo pecado. Sé que suena exagerado, pero así de exagerados eran los requisitos que se imponían al pueblo de Dios para poder ser pueblo de Dios y seguir siéndolo. El legalismo, esa rama del fanatismo religioso que pone un manto de pecado sobre todo lo que salga de sus ideas, otorga, rechaza y quita privilegios de acceso a la presencia de Dios, como si fueran los dueños de las llaves del cielo. (Cuando las llaves del reino de los cielos les son entregadas a los que creen que Jesús es el Hijo de Dios –Mateo 16:17–).

Después vas aprendiendo que muchas de esas normas, en realidad, solo eran para señalar a Cristo, para entender el significado de su muerte, la importancia de ser distinto y el valor de la sangre derramada. (¡Ah! ¿Vos pensabas que es pecado comer morcilla?). Otras, casi todas las de Levítico, no eran más que normas de higiene. (¿Ah! ¿Vos pensabas que evitar el contacto con la menstruación o poner en cuarentena una casa con moho era por el pecado?). Otras más eran solamente para mantener una raza sin mezclas, para que el Mesías naciera de la descendencia del linaje escogido: Set, Sem, Abraham, Jacob.

Pero como el ser humano es muy propenso a poner normas y regulaciones (preguntale a los políticos), no era suficiente con eso, y les encantaba agregar cosas superfluas e innecesarias: lavarse siete veces las manos antes de comer, castigar al que da una ayuda en shabbat, usar un camisón blanco debajo de la ropa diaria o usar peluca para esconder el “velo natural”.

Por eso Jesús cayó mal en medio del statu quo del judaísmo. Por eso rabinos y sacerdotes lo miraban de reojo. Por eso fariseos y saduceos lo criticaban. Por eso la gente lo seguía y aclamaba: porque no venía a poner requisitos y cargas imposibles de llevar, sino a traer un “yugo fácil y carga liviana” (Mateo 11:30).

Lo que contamina no es lo exterior, sino lo interior. Así les dijo en Marcos 7:15, que no son las formas sino el fondo, que no es lo que entra sino lo que está y sale del corazón lo que contamina al hombre. Mmm… te escuché, estás diciendo que es una contradicción, que te dije hace solo un par de días que la manzana (o la frutilla) se contagia de lo que se le pega. Y es cierto, Pablo dijo que “las malas compañías corrompen las buenas costumbres” (1 Corintios 15:33), y Salomón dijo que “El mal olor de una mosca muerta echa a perder el mejor perfume” (Eclesiastés 10:1). Pero eso no tiene nada que ver con esto. Jesús dijo: “Nada que venga de afuera puede contaminar a nadie…” Y yo te digo: salvo el que se deje contaminar.

El mismo Jesús, hablando con Pedro sobre la revelación de la iglesia, dijo: “…y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos; y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos” (Mateo 16:19). Todo lo que permitas que pase, es lo que va a pasar; todo lo que no permitas que pase, eso no va a pasar. Así, sencillo, a lo “Jesús”, cortito y al pie: “Nada que venga de afuera puede contaminar a nadie…”

¿Quién te obligó a tomar malas decisiones?
¿Alguien te forzó para no escuchar a Dios?
¿A quién escuchaste, que te hizo desviar?
Por eso, ¿a quién, vos, escuchaste?

“Nada que venga de afuera puede contaminar a nadie…” Nada que venga de afuera te puede contaminar, salvo aquel o aquello a quien vos le des lugar.

Precisamente por eso es que debemos adaptarnos para encajar, sin amoldarnos para pertenecer, para que, al permitirnos hablar, estar y ser, podamos alterar el destino de los demás.

No des lugar a lo que te venga a contaminar.
No escuches al que te hable mal de tus creencias.
No aceptes al que critique a tu entorno.
No permitas que te desvíen de tu llamado y tu propósito.
Sé luz en medio de la oscuridad, no una llama débil que se pueda apagar, ante cualquier soplo que cualquiera pueda dar.

Nada que venga de afuera te puede contaminar, salvo aquel o aquello a quien vos le des lugar.

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