“Peleítas”

El ser humano es competitivo por naturaleza. Una de las primeras cosas que aprende un bebé cuando empieza a tener noción del concepto “espacio-tiempo” y de la interacción con otros, es el sentido de propiedad: lo que está en sus manos es suyo y de nadie más.

Es común jugar con los chicos con el dame y te doy, es natural que te den todo lo que tienen pero porque están experimentando con el ida y vuelta. No, lamento desilusionarte, tu bebé no te está regalando lo suyo por amor, solo está aprendiendo como conseguir lo suyo propio.

En la Biblia nos encontramos que el primer conflicto en una relación entre personas estuvo dado, precisamente, por la competencia, quién era mejor, a quién se lo reconocía más (Génesis 4:3-5). Sin ir más lejos, y sin entrar en un debate ideológico, esto mismo nos enseña que la igualdad es una utopía, la distribución de las riquezas una mentira y las ideologías de izquierda solo una puesta en escena para el enriquecimiento de unos pocos.

Pero no estamos hablando de política sino de la relación entre las personas. Y hablando de personas, de la relación entre los cristianos (sí, porque no somos lo mismo, eh).

La competencia, la búsqueda del beneficio personal, el impulso de conquista, el sentimiento de superación, todas cosas puestas por Dios en nuestra programación inicial, necesitan ser pasadas por el filtro del estado de derecho y luego el de la nueva creación. No somos animales matando a los otros para sobrevivir ni déspotas pisando cabezas para crecer. Somos personas en busca de la superación personal y una mejor condición y forma de vida.

Cuando llegamos a Cristo empezamos un proceso de transformación. En realidad empezamos un proceso de santificación: nos vamos separando de “las cosas del mundo” y nos vamos acercando, rodeando e involucrando en “las cosas de Dios”. Claro, en medio está la transformación. Esa transformación es la que convierte al gusano en mariposa y a la larva en abeja, es un proceso que nos convierte en, otra vez, una nueva creación.

En ese proceso de transformación algunas cosas están más agarradas que otras. Siempre dije que es más fácil dejar la droga que el tabaco, porque al estar “socialmente aceptado”, nos cuesta verlo como un mal vicio y solo lo miramos como un mal hábito. Así, igualito, nos pasa con el sentido de competitividad: seguimos mirando al otro como un estorbo, un enemigo o un obstáculo para mi crecimiento personal. Nos olvidamos que el mandato era y es: “Ama a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19:18) y desarrollamos ese raro sentimiento: “te amo en el amor del Señor”, que en castellano quiere decir: “No te soporto pero me obligan a relacionarme con vos con buena onda”.

No solamente nos pasa con el amor. También nos pasa con la posición, el lugar que se nos da, los beneficios o privilegios que, a costa de esfuerzo, vamos alcanzando. Hay quienes creen que es injusto que el que más se esfuerza reciba más, sino que ese debe repartir al que no tiene. Te repito, eso va en contra de la esencia humana, esa esencia que Dios programó, va en contra del plan de Dios (¡Ay! Me acabo de meter en un lío…)

Y estas dos cosas a veces se traducen en discusiones tontas, sin sentido, vanas y sin importancia, cuando deberíamos discutir, si querés, sobre cómo ganar al perdido, cómo extender una mano, cómo abrir los brazos para mostrar el amor de Dios.

En una de sus típicas agarradas con los discípulos, Jesús les dice: “¿Por qué discuten de que no tienen pan? ¿Todavía no entienden ni se dan cuenta? ¿Todavía tienen cerrada la mente? ¿Tienen ojos, pero no ven? ¿Tienen oídos, pero no oyen? ¿Acaso ya no se acuerdan? [de lo que Jesús había hecho]” (Marcos 8:17-18)

¿Por qué discutimos por pavadas?
¿Por qué nos enojamos por tonteras?
¿Por qué nos molesta el crecimiento del otro?
¿Qué tememos perder?
¿Acaso no sabemos (acaso no sabés) que todo viene de Dios?
¿Acaso no sabés que él desea tu bien?
¿Acaso no sabías que, ocupándote de sus cosas “todo lo demás te será añadido”?
¿No será que seguimos mirando a Dios con ojos humanos?
¿No será que no somos capaces de creer que Dios tiene poder?
¿No será que decimos que tenemos fe, pero solo tenemos miedo?

El principio sobre el cual se apoya y gira el reino de los cielos es el de la siembra y la cosecha, el mismo que dice Lucas que dijo Pablo que Jesús dijo: “es más bienaventurado dar que recibir” (Hechos 20:35); el mismo que dice “…primeramente el reino…” (Mateo 6:33); el mismo que dice Jeremías que Dios tiene “planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza.” (Jeremías 29:11)

¿En qué está puesta tu esperanza?
¿En quién está puesta tu confianza?
Confiá en Dios, esperá en Dios, “…y él hará” (Salmos 37:5)

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