Exigente

Mi primer pastor, con quien recibí al Señor, fue un hombre muy particular. Siempre digo que, a pesar de las diferencias que llegamos a tener (diferencias que hacen al debate, el crecimiento y la mejora personal), hay cinco cosas que me dejaron marcado para siempre y que aún hoy, después de más de 30 años, sigo recordando y utilizando.

“La guerra espiritual no es un conflicto de poder, sino un conflicto de verdad, de saber quién sos” (Guerra espiritual).

“Así como la pelota de fútbol no revienta cuando la patean, porque su presión interior es mayor que la exterior; así nuestra presión interior debe ser mayor que las presiones externas” (Crecimiento espiritual).

“¿Tenés calor? ¡En el infierno hace más calor!” (Madurez).

Una prédica sobre Josué 12, donde aprendí que hay muchos “reyes” que debemos conquistar y que están en nuestro ser interior.

Y con este último me quiero quedar: “Dios no pide mucho, ¡Dios pide todo!” (Consagración y transformación).

Dios no es un Dios superficial. No se toma las cosas a la ligera ni les da poca importancia. Si tuviéramos que calificarlo dentro de los perfiles de personalidad humanos, sería… detallista, minucioso, puntilloso… (no me animo a decir que encaja en el Trastorno Obsesivo Compulsivo). Si usamos la clasificación de Tim LaHaye, sería “melancólico-colérico”: exigente, observador, inconformista. Pero si lo dejamos en paz en la teología, es simplemente Dios.

El nivel de detallismo minucioso de Dios se puede casi comparar a las esculturas de Miguel Ángel (no estoy poniendo a Dios a la altura de Miguel Ángel ni a Michelangelo a la altura de Dios). El italiano se volvió loco cuando terminó de esculpir el “Moisés”, que al parecer era tan perfecto y humano que le pegó un martillazo en la rodilla gritando: “¡Parla!” (¡Hablá!).

Cuando leemos en Éxodo la descripción de los materiales y la construcción del tabernáculo y sus medidas; cuando leemos en Números un censo exacto de personas por familia; cuando leemos en Levítico la puntillosidad con que trata los sacrificios… definitivamente Dios es exigente, detallista y meticuloso.

Hay una palabra muy fuerte en Levítico 22:20 que dice: “No deben presentarme ningún animal que tenga algún defecto, porque yo no lo aceptaré”. Corta, simple, tajante y determinante: “No lo aceptaré”. Es que estaba dejando en claro que lo que le ofrezcamos a Dios debe ser algo de calidad, en buenas condiciones y nunca, nunca, las sobras de lo que tenemos.

Porque lo que importa de lo que le damos a Dios no es lo que le damos a Dios, sino el corazón con el que se lo damos y la condición en que se lo damos. Pensando rápido, alguno podría decir entonces: “¡Ah! ¡Lo que vale es la intención!” Y sí, lo que vale es la intención, pero si con esa excusa le vas a dar sobras, tu intención no era adorar u honrar, tu intención era solo hacer un trámite, marcar tarjeta, callar la conciencia y nada más.

Nos enseña que cuando nosotros nos presentamos a Dios debemos hacerlo, como dice el verso 29, “…de manera que sea aceptable”, o sea, presentar una ofrenda agradable, o sea, que le demos lo mejor de nosotros mismos aunque a veces eso sea un corazón roto o una vida buscando salir del pozo. Sí, lo aceptable delante de Dios no es lo que la gente espera o piensa, sino, como dice Salomón: “Dame, hijo mío, tu corazón…” (Proverbios 23:26).

Es muy interesante que, por ejemplo, el verso 24 dice: “No me ofrezcan ningún animal con testículos heridos o magullados, rasgados o extirpados”, que, más allá de lo que estés imaginando, no es por discriminación, sino para que no le des “lo improductivo” a Dios. Se ve que el israelita era propenso a darle a Dios lo que no servía, lo que no era útil para ellos, como cuando Dios le pide a Gedeón: “Toma el toro de siete años, es decir, el segundo del hato de tu padre…” (Jueces 6:25), porque el primero ya estaba designado para el sacrificio. Entonces, el segundo era el más importante del resto del rebaño… y Dios se lo pidió.

¿Qué le estás ofreciendo a Dios?
¿Cómo te presentás delante de él?
¿Qué detalles de tu vida observás al acercarte?
¿Le das lo mejor de vos?

¿No tenés nada bueno para darle? Ok, de lo que creés malo… ¿le das lo mejor? Repito: “…lo que importa de lo que le damos a Dios no es lo que le damos a Dios, sino el corazón con el que se lo damos y la condición en que se lo damos.” Repito: “…demos lo mejor de nosotros mismos aunque a veces eso sea un corazón roto o una vida buscando salir del pozo.”

No le demos a Dios lo que no produce, sino lo que Él espera de nosotros: “que llevemos fruto, y ese fruto permanezca” (Juan 15:16).

¿Dios es exigente? Sí, como Padre amoroso.
¿Dios es detallista? Sí, te pide lo mejor para darte lo mejor.
¿Dios es meticuloso? Sí, para que nadie señale tu error.
¿Dios pide mucho? No. Dios pide todo.

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