Demagogia

Las redes sociales se caracterizan por una sola cosa. Tienen un punto en común. Algo que en su inicio era una herramienta para conectar a las personas (de ahí lo de “redes”, por los puntos que se cruzan), hoy es un medio de comunicación para “hacerse ver”, ganar visualizaciones y likes (“me gusta”).

No digo que eso sea algo malo. Es parte de la naturaleza humana el querer ser visto, reconocido y aceptado. Es una de las consecuencias de la caída de Adán y Eva: tenían una relación íntima con Dios que nos daba pertenencia, seguridad e identidad; al cortarse la relación hoy tenemos una “carencia” de todo eso, lo que origina un sinfín de conflictos. ¿Sinfín? Me parece que me quedé corto. Todos los conflictos del hombre provienen de ahí.

En definitiva, no es algo malo. Vivimos buscando crecimiento, desarrollo personal, progreso. Y todas esas cosas requieren justamente aceptación y reconocimiento, ya sea por la calidad profesional, por lo buen trabajador que seas, por cualquiera de tus cualidades humanas o… si nada de eso alcanza, por la estética. (Es sabido que una buena apariencia potencia todo lo anterior).

Y acá aparece el problema; buscamos hacer cosas o mostrarnos de una manera que tal vez es ficticia. Esta época de filtros de Instagram u otras aplicaciones, y el auge de la inteligencia artificial, te permite modificar tu apariencia al punto de mostrar lo que querés que vean… al punto que cuando ves algo, ya no sabés qué es real o qué no.

Lo mismo pasa con la política. Sabés que es un tema que me interesa y mucho. No la militancia. No el partidismo. La política. La discusión de ideologías o filosofías que nos lleven a alcanzar una mejor posición y condición. Sí, ser cristiano también es hacer política. (¡Ay!).
El problema con la política actual es que no debate ideologías, la única motivación es alcanzar, llegar al poder, ejercer dominio, poder y autoridad (otra de las carencias que nacieron en el Edén).

Se le llama demagogia: el poder de manipular el deseo del pueblo, alcanzarle el pan para mantenerlo dependiente, mostrarle el dulce para que no te deje, cambiar principios de izquierda a derecha y de derecha a izquierda sin importar de qué se trate, con tal de que te sigan votando.

Como Herodes: “…viendo que esto había agradado a los judíos, procedió a prender también a Pedro.” (Hechos 12:3)
 Como Pilato, que dice Marcos 15:15 que “…optó por complacer al pueblo y puso en libertad a Barrabás;…”

Es muy fácil caer en esa. Es muy fácil desviar tu motivación. Es muy fácil porque ves los resultados en el corto plazo. Pero es peligroso, porque cambiar la motivación significa cambiar tu propósito. A ver, si sos papá tu propósito es criar, educar y formar a tus hijos, no complacerlos en todo. No se trata de que coman lo que quieran sino que se alimenten. No se trata de que hagan lo que quieran sino que adquieran principios. No se trata de formar gente manejable, sino gente que conozca su lugar y lidere su propia vida.

Muchas veces me provocan por ese lado. Desde siempre, creo, han habido quienes me quieren enseñar, corregir, dirigir. Siempre hubo quienes me digan cómo predicar, cómo hablarle a la gente, qué decir y qué no decir. Que sigan intentando. “¡Seguí participando!” decían las raspaditas. Lo único que van a lograr es que me harte de escucharlos. ¡Pastor! ¡¿Cómo se va a hartar de escuchar a la gente?! A la gente no, a los políticos del evangelio que pretenden que haga las cosas como a la gente le gusta para que la gente no se ofenda.

Te dejo con dos cosas que aprendí: una, “el que se quiera ir, ya se fue”, solo está buscando una excusa; dos, “si no te gusta cómo soy, no sos de este redil”. ¿Fuerte? Y si, como Jesús. ¿Te acordás que le dijo a los discípulos que se podían ir si querían? Bueno, así.

No hagas las cosas para conformar a los demás.
No hagas las cosas para quedar bien con los demás.
No hagas las cosas para ser reconocido o tenido en cuenta.
No cambies tus principios para ser aceptado.
No vendas tus valores al mejor postor.
No te desvíes de tu llamado ni de tu propósito.
No cambies tu motivación.

“Y todo lo que hagan, háganlo de corazón, como para el Señor y no como para la gente, porque ya saben que el Señor les dará la herencia como recompensa, pues ustedes sirven a Cristo el Señor.” (Colosenses 3:23-24)

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