¡Sorpresa!

Las cosas de Dios no son a mi manera, las cosas de Dios son a la manera de Dios. Las cosas de Dios no siguen mi razonamiento, ni se manejan según mi criterio, ni se mueven según yo creo que se deban mover. Las cosas de Dios son según la forma y a la manera de Dios.

Días atrás iba a escribir sobre Pedro, cuando Jesús le advierte acerca de la crucifixión: “Luego comenzó a enseñarles que el Hijo del Hombre […] tenía que ser muerto y resucitar después de tres días […] Entonces Pedro lo llevó aparte y comenzó a reprenderlo…” (Marcos 8:31-33).

Llamó mi atención porque Pedro parecía tener un entendimiento selectivo: se detuvo en la muerte, pero no registró la resurrección. Ahí fue cuando Jesús le respondió: “…no piensas en las cosas de Dios, sino en las de los hombres.” (Marcos 8:33). Entendimiento selectivo. Razonamiento humano. Criterio basado en mi formación y experiencia. Escucho lo que quiero, lo analizo como quiero, respondo como quiero. ¿Somos así con el Señor? Bueno, Pedro era así.

Oramos, esperamos una respuesta. La respuesta no llega como queremos, por lo tanto, ¡no es de Dios!
Oramos, pedimos a Dios su intervención. Dios interviene, pero no como yo quería. ¡Es injusto!
Adoramos, servimos, nos presentamos delante de Dios… Dios no me paga como yo esperaba. ¡Dios tiene sus favoritos! (Bueno, sí, los tiene. Después te digo).

A veces somos como Jonás: seguimos nuestro propio camino.
A veces somos como David: manejamos a la gente a nuestro antojo.
A veces somos como Saúl: nos creemos los emperadores de la tierra.
A veces somos como Elías: encerrados en una cueva.
Y al mismo tiempo pretendemos que Dios haga las cosas según esperamos, según pensamos que Él las debería hacer.

Las mujeres que servían a Jesús fueron a la tumba a preparar el cuerpo. Esperaban, obviamente, encontrar el cadáver de Jesús envuelto en su mortaja y recostado en la piedra. Tenían la visión de la cruz: lo vieron crucificado y también lo escucharon en su agonía cuando clamó a Dios (Marcos 15:34). Lo vieron morir y presenciaron el caos que vino a continuación.

Pero, en vez de encontrar al Crucificado, encontraron al Resucitado.
En vez de ungir a un hombre muerto, se postraron ante uno vivo.
En vez de llorar y sufrir la pérdida, ¡adoraron y se gozaron! (Mateo 28:8-10).

Las cosas de Dios no son a mi manera. No son a tu manera… son a la manera de Dios.

¿Qué esperamos encontrar cuando buscamos a Jesús?
¿Qué esperamos recibir cuando nos acercamos a Dios?
¿Qué visión tenés de Él?
¿Seguís viéndolo como el crucificado?
¿Te diste cuenta de que no está muerto, no está atado?
¿Sos consciente de que venció a la muerte y al pecado?
¿Llegás a entender, como diría Pablo, “cuán incomparable es la grandeza de su poder a favor de los que creemos.” (Efesios 1:19)?

Otra vez Efesios… ¿te das cuenta del poder al que tenés acceso?

Las cosas de Dios no son a mi manera ni a tu manera, solamente a la manera de Dios.
No insistas en encontrar un Dios a tu medida, ni lo armes “a la carta”.
No te quedes con la cruz sin la resurrección.
No te aferres a lo que creés que Dios “debería” hacer.
Pablo dijo: “Aunque antes conocimos a Cristo según criterios meramente humanos, ya no lo conocemos así.” (2 Corintios 5:16)

No esperes al Dios que querés.
Esperá al Dios que es.

¡Ah! Te dije que tenía sus favoritos… bueno, otro día te digo…

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