“Algunos de los fariseos y de los maestros de la Ley dijeron a Jesús: —Maestro, queremos ver alguna señal milagrosa de parte tuya. Jesús contestó: —¡Esta generación malvada y adúltera pide una señal milagrosa! Pero no se le dará más señal que la del profeta Jonás.” (Mateo 12:38-40)
Desde el principio de los tiempos usamos señales para que nos guíen. En la antigüedad el cielo se convirtió en un GPS para cazadores, navegantes y para ordenar épocas y tiempos. En la actualidad, cada vez más, usamos señales para organizar nuestra vida: desde un cartel indicador en una autopista hasta una notificación en el celular.
Necesitamos señales porque no somos adivinos. No tenemos visión nocturna ni futurista. Si no conocemos un camino, tenemos que saber como guiarnos. Si tenemos que viajar, antes era la Guía ACA, o la YPF, después la Filcar, y ahora… el GPS (Ya te conté que soy GPS-dependiente…)
Pero las señales son solo eso, señales. Una señal no es el camino, ni la meta, ni el destino. Una señal es algo inanimado o estático que solo dice: seguí por acá.
Jesús confrontó a los religiosos de la época y les dijo que no les iba a dar señales sino que tenían que aprender a “reconocer los tiempos”: “Igualmente, cuando vean todas estas cosas, sepan que el tiempo está cerca, a las puertas.” (Mateo 24:33)
Pero las señales no son las metas ni el camino. Las señales pueden llevarte a Dios, pueden hablarte de Dios, pero no son Dios.
Así lo vemos a Balaam luchando con su propia conciencia. Dios le dijo que actúe de determinada manera pero la oferta del otro lado era muy interesante. Obviamente, era medio chanta, un poquito corrupto don Balaam porque de no serlo ni hubiera accedido a la invitación de Balac. Pero fue. No consultó a Dios en la manera apropiada y fue. No esperó la respuesta que lo confirmara, y fue.
Si conocés la historia sabés que, de golpe, la burra que montaba Balaam se detiene en medio del camino (Números 22:23) para no avanzar a su destino. Hablamos siempre sobre esto enfatizando el hecho de que Dios les habla a todos y que ¡hasta una burra lo pudo reconocer! Decimos también que Dios tuvo que hablarle a la burra porque Balaam estaba tan en otra que, el profeta, no reconocía la voz ni presencia de Dios.
Pero hay otro punto en medio de todo esto y es lo que hoy Dios me habló a mi: Que veas a Dios, “que lo reconozcas en tu camino”, que sientas tu presencia, que respondas a su instrucción… no te hace siervo de Dios. Que él te abra los ojos, como Eliseo a Giezi (2 Reyes 6:17), que caigas ante su presencia, como los soldados en Getsemaní (Juan 18:6) que avanzaron “buscando a Jesús”; no te hace santo ni te hace elegido. Solamente estás experimentando “señales”.
A los religiosos Jesús les dio una señal: “…no se le dará más señal que la del profeta Jonás” (Mateo 12:40) y era la señal de la resurrección. Entonces me lleva a pensar: ¿Creés que Jesús resucitó? Si estás bautizado seguramente te lo preguntaron antes de sumergirte. Si te bautizaron entonces respondiste que sí. Si respondiste que sí supongo que dijiste la verdad. Si dijiste la verdad, entonces creés en la resurrección.
Entonces… ¿Qué señales necesitás?
No busques señales. Buscá una relación.
No busques manifestaciones. Buscá tener un encuentro personal.
No busques experiencias. Buscá desarrollar intimidad.
¡No te confíes de tus emociones!
¡No te guíes por lo que quieras ver o lo que esperes sentir!
¡No seas burro!
No busques más señales, buscá conocerlo de verdad.
