No revisé pero seguramente no es el primer 17 de marzo que hablo de este tema. Había otras cosas que podía hablar. En realidad había algo que me estaba llamando más la atención pero creo que era un tema demasiado focalizado, tal vez demasiado personal, algo en lo que Dios me habló pero me parece que era solo para mí.
No digo que Dios no me haya hablado en esto, al contrario, cada vez que paso por esta historia ¡recibo un pequeño sopapo de parte del Señor!
¿Cómo podés perder a Jesús? ¿En qué cabeza cabe? ¿De qué manera? ¡¿Cómo puede ser que hayas perdido a Jesús?!
Bueno ahora que lo pienso, me parece que me está hablando del mismo tema que en el otro pasaje.
Porque analizando un poquito la situación es obvio que los papás no lo tenían en cuenta. Claro, “el nene está jugando”, seguramente con amigos, tal vez con algún otro pariente, “anda por ahí”, “capaz está en la esquina, está en la vereda, en el fondo, en la puerta de casa”, “¡está haciendo de las suyas y nada más! ¿Qué hay de importante en eso?”
Es cierto que en esta época tenemos muchísimos más cuidados que antes. Hoy el nene está en la vereda y lo estás vigilando detrás de la ventana, pero recuerdo que, en mi infancia, me iba a ¡kilómetros! de mi casa y mamá ni siquiera sabía dónde estaba…
Ese es el tema, ese es el punto: no prestamos atención, no lo tomamos como lo que realmente es, como quién realmente es.
Tal vez por la confianza de saber que siempre está, porque en definitiva él dijo que “estaría con nosotros todos los días hasta el fin del mundo”.
O porque confiamos en la promesa de “Clama a mi que yo te responderé.”
O en la otra: “No temas, yo estoy contigo.”
Eso fue lo que pasó con Maria y José. Ocupados en lo suyo, pensando en las compras para el viaje y el viaje en si, perdieron a Jesus:
“el niño Jesús se quedó en Jerusalén sin que sus padres lo notaran.” (Lucas 2:43)
Y que hicieron? Nada… “Como ellos pensaban que el niño estaba entre los otros viajeros, hicieron un día de camino y, mientras tanto, lo buscaban entre los parientes y conocidos.” (Lucas 2:44)
“Seguro está ahí, se quedo con la tía Rebeca, está con la prima Sara, está corriendo con Samuel.”
Nada. Dar por sobreentendido lo que no se sabía. Descansar en la suposición sin afirmar la posición, confiar en que “los demás” van a cuidar a “tu” Jesús
Al final se dieron cuenta de que tenían un problema. Jesús no aparecía. ¡Un día tardaron en darse cuenta! pero al menos, se dieron cuenta. Menos mal que no fue “un dia” a la medida de Pedro, porque sino….. “para el Señor un día es como mil años..” (2 Pedro 3:8)
Lo bueno de la historia es que hicieron lo que debían. Como el discipulo de Eliseo, volvieron a la fuente, al origen, al lugar de la distracción, al lugar del desvio: “Como no lo hallaron, volvieron a Jerusalén para buscarlo allí.” (Lucas 2:45)
Aaaaah… ¿Te pregunto? ¿Te lo digo? Recuerdo un viejo programa de tv de los 80, los sábados por la noche, que cerraba diciendo: ¿Sabés donde están tus hijos ahora?
Como decía el personaje de Hugo Arana: ¿Sabés donde está Jesús ahora? ¿Lo tenés a la vista? ¿Lo estás “reconociendo en tu camino”?
¿Te das cuenta de quien es? ¿Reconocés que Dios es Dios (Deuteronomio 7:9)
Ahora… ¿lo perdiste? Entonces ¿donde lo estás buscando?
Volvete a Jerusalén. Volvé al lugar del encuentro. Volvé al lugar donde sabés que estaba. Volvé al lugar donde hablaste con él la última vez.
Volvé al lugar donde se cayó el hacha…
Y cuando lo encuentres… no lo retes como hizo María, abrazalo, y agárrate de él.
