Tiempos

“Cuando Jesús comenzó su ministerio, tenía unos treinta años. Según se creía, era hijo de José, que fue hijo de Elí…” (Lucas 3:23).

Ayer estábamos hablando de los privilegios de apellido, de los títulos nobiliarios, los derechos de nacimiento y de linaje. No es un tema que nos afecte demasiado, seguramente, pero a mí me quedó claro que Dios no hace diferencias y que no tenemos ningún tipo de privilegios. (Bueno, sí…)

Y en la lectura de hoy me encuentro con que Jesús, el Hijo de Dios, el Mesías, el enviado, el ungido, el Salvador y etc… ¡ni siquiera tenía un linaje reconocido! Ya que, aunque se sabía que era hijo de María, Lucas 3:23 dice que “…según se creía, era hijo de José…”

“Según se creía”… ¿Sabés leer entre líneas? Si “según se creía, era hijo de José”, en realidad no se sabía, no había certezas. Por lo tanto, ¿qué se diría de él, su padre y su madre en el barrio?

En la tradición judía ortodoxa se enseña que Jesús no era más que el hijo ilegítimo de una mujer de dudosa reputación. En otra época se le diría “bastardo”, algo que a través de la historia fue mucho más habitual de lo reconocido y aceptado, pero que, social, moral y legalmente, le quitaba autoridad, reconocimiento y honra a tal persona y a su familia. Bueno, entre nosotros, vos y yo sabemos que Jesús no era hijo de José.

Pero, además de eso, que es solo un comentario, hay algo más importante para que charlemos hoy. Tiene que ver con la posición, tiene que ver con, otra vez, los derechos adquiridos, tiene que ver con esperar el tiempo apropiado, tiene que ver con saber reconocer el lugar que te corresponde.

No es nada extraño que el hijo del empresario o del comerciante importante se tome atribuciones que no le corresponden. No es nada extraño que se comporte delante de los demás con cierta arrogancia. No estoy diciendo que esté bien o mal, sino que es algo habitual.

No es nada extraño que, teniendo la posibilidad, tomemos atajos. No es nada extraño que queramos evitar la burocracia. No es nada extraño que, en algunas ocasiones, rompamos las reglas, rompamos las estructuras y hagamos o pretendamos hacer lo que aún no nos corresponde.

Si nos enfocamos en la adolescencia, es una definición en sí misma: buscar hacer lo que no pueden hacer, buscar saltar etapas porque “ya están grandes”. El problema con los que saltan etapas es que, cuando son adultos, quieren volver a las etapas “salteadas” de la adolescencia, y así es como vemos a ‘pedazo de grandulones’ haciendo cosas de chicos (o a cincuentones que se hacen los pibes).

Pero ya lo dijo el Predicador, sí, Salomón en Eclesiastés: “Todo tiene su tiempo…” (Eclesiastés 3:1). Y aún la naturaleza nos enseña que toda semilla debe esperar su tiempo de germinación antes de la cosecha.

A veces insistimos en saltar etapas, o procesos, o evitar trámites y autorizaciones, pero… ¿te das cuenta de que Jesús también tuvo que esperar? Voy de nuevo: “Jesús, el Hijo de Dios, el Mesías, el enviado, el ungido, el Salvador y etc…” tuvo que esperar hasta cumplir la edad apropiada para comenzar su ministerio (Lucas 3:23).

¿Sería acaso que necesitaba ser aprobado?
¿Será que tenía que hacer un curso?
¿Será que todavía no tenía experiencia?
¿Será que tenía que hacer alguna pasantía?
¿Necesitaría una “residencia” antes de su graduación?
¿Sería que tenía que ser “probado”?

Un poco sí y un poco no… El punto es que tuvo que esperar.

Dice Proverbios 19:2 que “…la prisa es madre del error.” Pero, a pesar de eso, ¿cuántas veces actuamos sin pensar o pensamos que podemos actuar? ¿Cuántas veces nos creemos con derecho a hacer? ¿Cuántas veces nos creemos ya capacitados y aprobados para entrar? ¿Cuántas veces, solo porque sí, no queremos esperar?

La torta en el horno tiene su tiempo.
La pizza también.
Los fideos en la olla tienen su punto justo.
La carne en la parrilla también…

El niño en el vientre tiene su tiempo.
La semilla en la tierra lo tiene también.
Cuanto más delicada sea la función, más detallista es la maduración.

Si Jesús, siendo el Hijo de Dios, esperó su tiempo, ¿qué te hace pensar que vos podés apurar el tuyo?
No apures los tiempos “Aunque parezca tardar, espéralo; porque sin duda vendrá, no tardará.” (Habacuc 2:3)

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