Vueltas…

En las últimas semanas, todos estuvimos pendientes de la situación en Bahía Blanca. A algunos nos tomó por sorpresa— a mí—; otros, tal vez, se enteraron en el minuto uno de lo que había pasado en la ciudad: quedó totalmente bajo el agua. Hubo pérdidas millonarias y, lo peor, más de 100 personas desaparecidas.

Entre todos los comentarios sobre lo sucedido, había un común denominador: no se podría haber evitado. Seguramente faltaron obras hidráulicas, pero, aunque hubieran estado, no se podría haber evitado lo que pasó.

Uno se pregunta, o yo me pregunto: ¿Cómo hace esa gente para empezar de nuevo? El que perdió su casa o su familia, ¿de dónde saca fuerzas? ¿De dónde sacan los recursos? Un punto a rescatar de la situación: no sabés de qué sos capaz hasta que no te ves obligado a enfrentarlo.

Pero hay otros casos que son más incomprensibles, o por lo menos para mí. Vi estos días una película documental sobre un tornado que, en el año 2011, arrasó con una ciudad de Estados Unidos, que también— peor que Bahía— tuvo que ser reconstruida. Pero había una diferencia: ellos están acostumbrados a eso.

Entonces, digo: ¿Por qué seguís viviendo en un lugar que es azotado por tornados? ¿Por qué edificás tu casa en una zona volcánica? ¿Por qué elegís vivir sobre la falla de San Andrés (una grieta en la placa continental que atraviesa el estado de California, en Estados Unidos, que la hace propensa a terremotos)? ¿Por qué seguís eligiendo protegerte de un tsunami en vez de buscar otro destino?

Seguramente haya muchas respuestas:

-La tierra de mis ancestros…

-Es lo único que conozco…

-Acá me crié…

-Acá nacieron mis hijos…


Buenísimo. Pero pregunto: ¿Por qué nacieron tus hijos ahí? ¿Por qué estabas ahí? ¿Por qué te quedaste ahí, sabiendo a lo que te exponías?

El último sábado dije, predicando, que hay un momento en la vida en el que hay que tomar “decisiones drásticas”. Decisiones que cambien nuestra realidad y nuestro destino. Decisiones que nos lleven a ubicarnos en una nueva posición.

Hoy estamos de retiro con los varones de la iglesia. Un día de ministración, palabra y compañerismo que, tal vez, sea un punto de inflexión, un momento bisagra, una oportunidad para tomar decisiones drásticas que nos coloquen en esa nueva posición.

Es un momento definitorio— tal vez (¡ojalá!)— donde Dios nos está diciendo, como le dijo a Moisés:

“Entonces el Señor me dijo: Dejen ya de andar rondando por estas montañas y diríjanse al norte.” (Deuteronomio 2:2-3)

Una decisión drástica: salir de tu rutina y marcar una meta a alcanzar.

Digo, pienso, me pregunto, te pregunto… ¿no estás cansado de dar vueltas en el mismo lugar sin llegar a ningún destino? ¿No estás cansado de ver siempre lo mismo, como si estuvieras cabalgando un caballo de calesita? ¿Te sentís pleno, contento, bendecido… haciendo una y otra vez lo mismo?
¿O será que te creíste el cuento de que “más vale malo conocido que bueno por conocer”?

Dejá de dar vueltas sin sentido. Dejá de repetir los ciclos de fracaso. Dejá de tener siempre el mismo resultado.

Marcate un norte, una meta a alcanzar. Poné tu visión en lo que está por venir. Armate un plan de acción donde cada día des un paso hacia un futuro mejor.

Dejá de dar vueltas…

Se puede vivir… de otra manera.

Dejar un comentario