Admiración

Los hombres nos movemos con la admiración. El motivador de nuestro ser interior, lo que nos hace avanzar, es la conquista, la superación y recibir admiración. No me estoy refiriendo al género humano, sino a los hombres: varones, sexo masculino, cromosomas XY; a quienes Dios creó a su imagen y semejanza, pero, a diferencia de la mujer… también creada a imagen y semejanza (esto genera una paradoja).

Curiosamente, hoy estaba repasando algunos conceptos de Síntomas de un Corazón No Transformado, mi primer libro, donde hablo de Elías y su constante necesidad de motivación. Ahí es donde dice: “Toda motivación depende de uno mismo, y vos mismo sos tu propia motivación”. Y esa motivación, otra vez, se alimenta con la admiración, el reconocimiento y… la admiración.

Es un asunto bastante más complejo y difícilmente podría desarrollarlo en estas… ¿1000 palabras? Pero, básicamente, ese es el principio activo. Un buen dato para las relaciones de pareja. Un buen dato para solucionar conflictos de pareja o prevenirlos. Y también un buen dato para conseguir algunos resultados (varones, no me maten, le estoy pasando el secreto del pelo a Dalila).

Los conflictos en las relaciones padre-hijo también nacen del mismo punto. Preguntale a cualquier hombre que se te cruce, con el que tengas una mínima confianza, si no hay algún dolor oculto en su corazón, alguna herida abierta o crisis no resuelta con su padre, a causa de la falta de reconocimiento y valoración. Crecemos queriendo agradar a aquel que se convierte en un mentor, en el ejemplo a seguir, en el molde para formar nuestra propia personalidad.

Sí, a pesar de querer negarlo, por acción o por omisión, la figura paterna es el arquitecto de la personalidad de los hijos. ¡Qué carga y responsabilidad para los padres! Bueno, venimos del Retiro de Hombres y todavía estoy empapado de los valores de la hombría, así que… ¡Hombre! ¡Tomá tu lugar! ¡Mujer! Hacé que tu marido se sienta valorado y lo vas a transformar en un líder imparable e indestructible. (Uff… no me maten).

Mujer, ¿sabías que a tu marido mucho no le importan algunas cosas que para vos son súper importantes? ¿Sabías que le da lo mismo el color de la cocina o las cortinas del dormitorio? ¿Sabías que no se detiene a mirar tu celulitis, el corte de pelo o los zapatos nuevos? ¿Sabías que lo que lo mueve es una mirada de admiración, de valoración, de comprensión? ¿Sabías que todo lo que hace, lo hace por vos…?

(Me parece que hoy me echan).

Ahora, para mirar un poquito desde la otra vereda… Varón, ¿qué estás haciendo para que te admiren y valoren? ¿Estás tomando tu lugar? ¿Te estás haciendo cargo de lo que te tenés que hacer cargo? (Sí, me matan).

Cuando entendemos nuestro lugar, función y propósito; cuando avanzamos sin detenernos a cumplir aquello para lo que hemos sido creados; cuando no miramos atrás sino a la meta que nos pusimos por delante; cuando vemos que lo que hacemos empieza a dar fruto y generar resultados; cuando nos convertimos en ejemplo, imagen, mentor; cuando brindamos contención, protección y seguridad; en definitiva, cuando hacemos lo que debemos hacer… provocamos admiración en todos aquellos que están a nuestro alrededor.

Como Jesús, que, simplemente ante una manifestación de fe, respeto y obediencia de un hombre acostumbrado a que lo respeten y obedezcan, de un hombre que no se achicaba ante nadie pero que, ante Él, dio un paso al costado… quedó asombrado y admirado de su actitud.

Dice Lucas 7:9:
“Cuando Jesús oyó esto [el centurión reconoció la autoridad de Jesús], se quedó admirado del centurión. Se volvió entonces a la gente que lo seguía, y dijo:
—Quiero decirles que ni siquiera en Israel he hallado tanta fe.”

La posición, la visión, la determinación, el reconocimiento, la acción y la fe del centurión captaron la atención y provocaron la admiración de Jesús.

No puedo imaginar lo que habrá sentido ese soldado. Y no puedo imaginarlo porque, sinceramente, no me imagino a Jesús admirado de mí. Es cierto que uno ve sus miserias por encima de sus logros y que el Señor ve todo en su conjunto. Es cierto que Él nos conoce desde antes de crearnos y, así, desde antes de salvarnos conocía también nuestras fallas, caídas y pecados, pero… ¿provocar la admiración de Jesús? Woow…

Quiero ser como el centurión: un hombre que, sin pertenecer al pueblo de Dios, tuvo mayor fe que los que predicaban la Palabra de Dios.
Quiero ser como el centurión: un hombre plantado en mis valores y principios, pero que no tuvo problema en confesar su fe en Cristo.
Quiero ser como el centurión: un hombre duro, firme, fuerte, determinado, de valor, pero que no tuvo problemas ni se sintió menos por pedir ayuda a un simple carpintero.
Quiero ser como el centurión: poner los ojos en Jesús, aunque no me anime a mirar si Jesús… está poniendo sus ojos en mí.

¿Qué estás haciendo para ser valorado?
¿Y para ser reconocido?
¿Y para ser admirado?
¿Qué tan grande es tu fe?

(Y eso que iba a escribir de otra cosa…)

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