Paternidad

Venía esta mañana hacia la iglesia, escuchando en la radio a un psicólogo especialista en relaciones de familia. Lo estaban entrevistando a raíz de una nueva serie, miniserie en realidad, que hizo furor estas últimas semanas. Se llama Adolescencia y trata sobre los conflictos y consecuencias del bullying escolar.

Más allá de la trama de esta miniserie (que recomiendo que veas), hubo una frase de ese psicólogo que me golpeó. De esas que me dejan pensando días y días y me confrontan con la palabra de Dios.

Cerrando la entrevista, despidiéndose, dijo: “El problema viene cuando a los padres se les cae una letra…” (???) Me hizo acordar que cuando mis hijos eran chicos, solía decirles que era vital para ellos aprender cuatro letras: O, B, D, C. Que con eso íbamos a estar bien (Obedecé).

Pero este buen señor salió con otra cosa. Dijo que los padres no debemos perder la letra “D”, que nos olvidamos de nuestra posición y función, y en vez de “padres” nos comportamos como “pares”.

Como te dije, me quedó dando vueltas en la cabeza. Ya pensé en cuántas ocasiones iba a usar este ejemplo. Pensé en la próxima reunión de matrimonios y, por supuesto, en la de hombres (sigo con el envión del retiro). Pensé en la reunión de jóvenes, para que los chicos entiendan también esa diferencia.

No pensé que lo iba a usar ahora, je…

Otra cosa muy interesante que dijo este hombre fue que los hijos de ahora siguen teniendo las mismas necesidades que los de hace 50 años. La sociedad cambió. Las relaciones cambiaron. Las responsabilidades se sumaron. La familia ahora es disfuncional. Se rompieron los valores. La autoridad paterna está en constante discusión. La familia no es lo que era. Los hombres están bajo permanente examen…

Pero los hijos, los nenes, los adolescentes, los preadolescentes (una nueva categoría), siguen teniendo las mismas necesidades de hace 50 años.

Un poco por culpa, un poco por desconocimiento, un poco por las corridas diarias, un poco por quedarnos siempre atrasados en los avances, los padres vamos quedando desencajados de la realidad que viven nuestros hijos. A veces seguimos pensando inocentemente que “son chicos”, cuando hoy tienen, a los 10 años, acceso a una información y recursos que tal vez nosotros tuvimos a los 20.

Pretendemos tenerlos bajo campanas de cristal, creemos que no conocen la maldad o las perversiones. Pero ellos no viven solo dentro de casa. Se enfrentan cada día a un mundo real. Eso nos lleva a actuar de maneras que no son las indicadas ni las necesarias.

Creemos que debemos recuperar el tiempo perdido a causa de las responsabilidades y el trabajo, siendo amigos y compinches. Queremos convertirnos en “pares” de nuestros hijos y dejar de lado la corrección y los límites. Pensamos, sentimos que si los corregimos los perdemos. Que si les marcamos esos límites no van a confiar en nosotros.

Eso me recordó mi adolescencia, con esta pregunta que siempre hago: ¿Mis padres sabían todo lo que yo hacía y dónde estaba? ¿Les contaba todo lo que vivía o las cosas que me pasaban? ¿Se enteraron de mi primer cigarro, mi primer beso y mi primera relación sexual? Ni uno, ni lo otro, ni lo tercero. Entonces… ¿qué me hace pensar que ahora sería diferente?

No somos “pares” de nuestros hijos, somos sus “padres”. Ellos no necesitan un “amigo impuesto”. Los amigos los eligen ellos. No necesitan un adulto “que se haga el pibe” (me encantaría escribir otra palabra que empieza con “p”), sino adultos que les muestren un modelo de vida. (Ah… capaz por eso).

No necesitan al papá canchero ni la mamá piola, sino a los padres que los guíen por un camino cada vez más complicado para caminar. No necesitan “padres amigos”, sino padres en quiénes confiar y en quiénes descansar.

Deuteronomio es un libro para algunos aburrido. Otros dicen que ya no tiene vigencia porque es de la ley del AT. Otros lo pasan por alto por esas mismas razones, sin saber la riqueza que se están perdiendo.

Sí, tiene algunas cosas repetidas. Parece una compilación de Éxodo y Números. ¿Sabés por qué? Porque es una compilación de Éxodo y Números.

Reescribe la ley y la historia, pero desde el día después. Relata los sucesos del desierto y la implantación de la ley, ya conociendo los problemas por desobedecerla. Deuteronomio significa “segunda ley”, y no segunda porque sea otra distinta, sino porque es la segunda vez que se relata. ¡Son las palabras que Dios habló! (Por eso el nombre original en hebreo es Devarim, que significa “palabras”).

Bueno, esta segunda ley, este segundo relato de la ley desde la madurez y el conocimiento, dice en el capítulo 6: “Estas palabras que hoy te mando cumplir estarán en tu corazón, y se las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas cuando estés en tu casa, y cuando vayas por el camino, y cuando te acuestes y cuando te levantes.” (Deuteronomio 6:6-7)

El evangelio es confrontación. El evangelio es una buena noticia. Es una buena noticia de salvación, pero también de transformación. Esta buena noticia de salvación y transformación también es una confrontación constante, que cada día nos acomoda las ideas, a veces con un sopapo y otras con un sacudón. El evangelio es formación.

La iglesia tiene un carácter formativo (¿te lo dije, no?). La iglesia no es solo para venir a adorar y volverte a tu casa a seguir tu vida. La iglesia no es solo para enseñar o aprender teología (¡al contrario! ¡No está para eso!). La iglesia está para, después de adorar, formar a los cristianos de esta y la siguiente generación. Formar a los adultos de la siguiente generación. Formar para encajar en el mundo de esta y la siguiente generación y, desde ahí, transformarla. La iglesia sin su eje transformador no es nada.

“…y se las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas cuando estés en tu casa, y cuando vayas por el camino, y cuando te acuestes y cuando te levantes.”

La formación es la clave del crecimiento y la transformación. Y la formación debe estar basada, arraigada, en la palabra de Dios. Podemos dar muchos consejos. Podemos ser muy cancheros. Podemos tener mucha experiencia… Pero lo que transforma y afirma esa transformación es la Palabra de Dios.

¿Estás siendo formado en la Palabra?
¿Estás formando a otros con la Palabra?
¿Estás mirando a las siguientes generaciones?
¿Estás pensando en tus próximos diez años?
¿Sos amigo de tus hijos? ¿O sos un padre que es amigo?
¿Sos amigo de tus padres? ¿O sos un hijo en formación de unos padres amigables?

El evangelio… es una confrontación constante…

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