“Lo barato, sale caro”…

Es una de esas frases de la sabiduría popular que tiene una enseñanza clara: cuando comprás algo barato, para no gastar, corrés el riesgo de tener que gastar más porque lo que compraste no sirvió para nada…

También se puede aplicar de otra manera: A veces no es que no sirva sino que no es barato. En los mercados ahora es obligatorio poner el precio del producto por unidad y por volumen: ves dos botellas de detergente, una es más barata que la otra, pero tiene menos cantidad, por lo tanto resulta igual o más cara. Al poder ver el “precio por litro” podés decidir, a conciencia, cuál comprar.

Tampoco se trata de comprar por marcas, porque muchas veces las segundas marcas son tan buenas o mejores que las primeras y a menor precio, aunque, cuando la ropa es de buena calidad, se nota; y se nota en su duración.

Lo mismo pasa con lo que se recibe de regalo, mejor dicho, gratis. No es en todos los casos pero cuando te dan algo gratis es habitual no valorar su valor (empezamos con las redundancias), es normal no darte cuenta de lo que vale porque no tuviste que pagarlo. ¿Eso es bueno? Eso es malo. Mi primer pastor decía que “aunque sea 10 centavos, pero cobrá las cosas que das”, en ese momento me enojaba pero, ¡cuánta razón tenía el ruso!

Lo barato sale caro y lo que no valorás como corresponde, aumenta su valor.

Como Adán y Eva. Tenían todo. Todo pero todo, ¡eh! No había nada que no tuvieran a su alcance, aún la presencia de Dios. Dice Génesis que Dios caminaba libremente por el huerto donde ellos vivían pero tanta confianza, tanta costumbre, tanta habitualidad hizo que le bajaran el precio de la relación y presencia de Dios hasta el punto en que… “Dios el Señor expulsó al ser humano del jardín del Edén para que trabajara la tierra de la cual había sido hecho.” (Génesis 3:23)

De tener todo a la mano pasaron a tener que trabajar para recibirlo. Y no un trabajito simple, sino que dice: “…maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra,…” (Génesis 3:17-19)

Lo barato sale caro y lo que no se valora aumenta su precio, como David, que teniendo las mujeres que quisiera a su alcance, se fue a fijar en la vecina casada, lo que le ocasionó la pérdida de un hijo y la caída de su reinado.

Lo que no se valora aumenta su precio, como Jonás, que alejándose del llamado y propósito de Dios, tuvo que pasar tormenta, hambre, persecución y hasta una condena a muerte… para terminar cumpliendo el propósito de Dios y su llamado.

Podría enumerar muchos casos más, aunque para eso podés leer “Fracasados” (chivo gratis) pero me voy a quedar con otro caso: el de Moisés (protagonista también de “Fracasados”) que como Adán, caminó con Dios; que como ningún otro hablaba a Dios frente a frente; que como a nadie, Dios llamaba amigo… (Éxodo 33:11); quien habiendo recibido de la misma mano de Dios su ley escrita por su propio dedo en tablas (Éxodo 31:18) se vio obligado a reconstruirlas por sí mismo después de romperlas, para que Dios pueda escribir su ley nuevamente: “Lábrate dos tablas de piedra, como las primeras, y haz un cofre de madera para ellas. Sube luego al monte para encontrarte conmigo.” (Deuteronomio 10:1-2)

¿Qué pasa cuando le restamos valor a lo que recibimos sin esfuerzo?
¿Qué pasa cuando no valoramos lo valioso que se nos entregó?
¿Qué pasa cuando no nos damos cuenta de que las cosas gratis, alguien las pagó?

Lo que una vez recibiste por gracia ahora debe ser comprado.
Lo que una vez recibiste sin merecerlo, ahora tenés que trabajar para alcanzarlo.
Lo que una vez descuidaste, ahora tenés que esforzarte para tenerlo.

¿Entonces? ¿Nunca más va a ser lo mismo?
No. Nunca más va a ser lo mismo. Pero tal vez pueda ser mejor…

¿Qué ley fue la que llegó a nuestros días?
¿Cuáles tablas fueron guardadas en el arca?
¿Fueron acaso las originales?
¿No fueron, acaso, las que Moisés rehizo?

La ley original fue destruida, pero la reconstruida siguió siendo la ley de Dios.

Dios no es Dios de segundas oportunidades, sino de terceras, cuartas y hasta “mil generaciones de los que guardan sus mandamientos”

¿Tenés que empezar de nuevo? No te preocupes, ya conocés el camino. No mires atrás, la meta es segura. Poné tu mirada en Cristo, poné tu foco en él, reconocelo en todos tus caminos y “la gloria postrera…. ¡será mayor que la primera”!

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