El tema de la transformación es un tema serio. ¡En serio! Es un tema serio…
Últimamente venimos hablando mucho de esto. Aunque es un tópico transversal en la visión de nuestro ministerio, el evangelio es transformación y, por lo tanto, siempre va a estar presente; pero en estos últimos meses, el Señor lo está poniendo directamente sobre la mesa como, casi diría, el plato principal.
Estamos hablando de nuevas etapas, estamos hablando de un tiempo nuevo, de una nueva posición y de una dirección renovada. Todo eso acarrea una transformación, porque si hay algo que nos quedó bien claro es que “el vestido viejo solo sirve para trapo” y que “el vino nuevo rompe el envase viejo”. Así que, si no queremos reventar como sapos… perdón, como “odres viejos”, es fundamental ser transformados.
Pero la transformación es una confrontación. Acabo de publicar una frase de la prédica del último sábado: “La transformación no se trata solo de adquirir una nueva identidad, sino de abandonar un modelo viejo”. Tal vez lo que nos gusta de la transformación es todo lo nuevo que trae… A ver, ¿no te gustaría una renovación de tu casa? ¿De tu cocina? ¿De tu baño? Genial. ¿Estás dispuesto a romper todo? ¿Estás dispuesto a bancarte albañiles, gastos, roturas, imprevistos y suciedad?
Eso es la transformación: un cambio que vino para quedarse, que arrasa con la vieja forma, que requiere de un compromiso y una visión clara de hacia dónde vas. Eso es la transformación: estar dispuesto a dejar de ser lo que eras para empezar a ser lo que no sabés si vas a llegar a ser o en qué va a terminar.
Lucas lo presenta como algo casual, casi sin importancia. Dice que “Un día, Jesús abordó una barca con sus discípulos, y les dijo: «Pasemos al otro lado del lago.» Y así lo hicieron.” (Lucas 8:22 RVC). Sabemos que con Jesús nada es casual o intrascendente, “no da puntada sin hilo” y “donde pone el ojo, pone la bala”, así que todo seguía un plan. El plan era generar una transformación, por medio de una liberación, que impactara a una sociedad y al grupo que estaba con él. El plan no terminaba con el gadareno liberado, sino con una sociedad impactada por el poder transformador del evangelio y un equipo de liderazgo que se diera cuenta del poder que tenían a su alcance. (Me cebé, me emocioné…)
Pero no todos están dispuestos a ser transformados. No todos eligen la mugre de los escombros del baño. No todos deciden por una nueva mesada de porcelanato italiano. Algunos prefieren al “malo conocido” antes que al “bueno por conocer”.
¡Tuvieron miedo! Ojo, los entiendo. Si alguien fue capaz de sacar de una vida miserable a un loco, violento, mendigo e indigente solo con mirarlo a los ojos y decirle tres palabras (sí, tres palabras: “¿Cómo te llamás?”), ¿qué no podría pasar con ellos? (Lucas 8:30). Si fue capaz de hacer que unos cuantos cerdos se tiraran al precipicio (Lucas 8:33), ¿qué pasaría con sus bienes y posesiones? Tuvieron miedo.
Dice Lucas 8:37: “Entonces toda la gente de la región de los gerasenos le rogó a Jesús que se alejara de ellos, pues tenían mucho miedo.”
La transformación es el camino a la bendición. En el medio está el proceso, pero eso es para otra charla. La transformación requiere una decisión, un compromiso, una determinación. La transformación requiere estar dispuesto a dejar todo con tal de avanzar a una posición mejor. ¿Te acordás del que vendió el campo para comprar la perla?
¿De qué tenés miedo?
¿Qué temés perder?
Dijo Jesús: “…todo el que por mi causa y la del evangelio haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o terrenos recibirá cien veces más ahora en este tiempo (casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y terrenos, aunque con persecuciones); y en la edad venidera, la vida eterna.” (Marcos 10:29-30)
