Hace un par de horas (tres ya) terminamos la reunión de sanidad y peticiones del mes de marzo. Todos los meses, el último domingo del mes, es una reunión dedicada a ese fin. Es distinta a todas: cambiamos la estructura y la forma para enfocarnos justamente en eso: sanidad y peticiones.
Esta mañana fue más especial todavía porque tuvimos la visita de un predicador amigo, uno de esos que ya es casi parte del mobiliario de la iglesia, quien nos trajo una palabra fresca y renovada sobre la dirección que Dios nos está dando, hacia dónde nos está llevando.
Siempre enseño, cuando hablo acerca de la profecía, que una palabra profética no va a ser una sorpresa para vos, sino que va a confirmar lo que Dios ya te habló. El ministerio profético del Nuevo Testamento funciona de manera muy distinta al del Antiguo y, en este tiempo, es un sello de confirmación de lo que Dios habló a la iglesia o a tu corazón.
¿Y de qué nos habló? De nuevas etapas, de procesos terminados, de tiempos que finalizan para dar lugar a lo nuevo: la nueva forma, en una visión renovada, del camino y el destino por el que el Señor nos lleva y hacia donde nos lleva.
A veces nos fabricamos nuestras propias estructuras. A veces inventamos, según nuestro parecer, lo que creemos, suponemos, entendemos o decidimos sobre cómo Dios debe o debería actuar. Pero una de las cosas que más me admiran de la manifestación de Dios es que Él “es el mismo ayer, hoy y siempre” (Hebreos 13:8), pero, al mismo tiempo, siempre es nuevo.
¿Por qué queremos encasillar a Dios? Porque es la forma en que funciona nuestro cerebro. ¿Por qué limitamos a Dios a lo racionalmente apto o aceptado? Porque no vemos más allá de nuestra razón y, hasta no ser transformados, dudamos de lo sobrenatural por ser, justamente, “sobre”, por encima, de lo “natural”.
La tradición nos enseña que debemos presentarnos delante de Dios “cara a cara” (como Marcos Vidal) porque la Biblia dice que eso será “entonces”, y el “entonces” es “cuando venga lo perfecto” (1 Corintios 13:9-12). Y lo perfecto ya vino, porque Juan dijo que “…habitó entre nosotros. Y contemplamos su gloria, la gloria que corresponde al Hijo único del Padre…” (Juan 1:14).
Entonces (es otro entonces) no aceptamos lo que nuestra “religión” predica, y si no es de esa forma… ¡no es!
Pero hoy leí sobre esa mujer sin nombre, esa que era tan marginada y señalada que ni siquiera mencionaron su nombre. Esa que, como la otra, la de Samaria, era mal vista por su pueblo al punto de que, si la veían hacer lo que hizo, la hubieran matado a pedradas.
Dice Lucas 8:44 que esta mujer “…se le acercó por detrás [a Jesús] y le tocó el borde del manto. Al instante, su hemorragia se detuvo…”.
Si siguiéramos las normas de la tradición o de la religión de hoy, esa mujer habría permanecido en su aislamiento, su marginación y su enfermedad. ¡Seguramente habría muerto por semejante afección! No sé qué tenía, pero, analizando los síntomas a la distancia, un pequeño gran fibroma en su útero pudo haber provocado una hemorragia constante durante 12 años, lo que, al mismo tiempo, se manifestaría en una notoria inflamación de su vientre y, seguramente, habría decantado en cáncer de útero.
Pero gracias a Dios, ¡Jesús no era evangélico! Ni siquiera era cristiano (no seguía a Cristo), ¡era Jesús! Y entonces no la rechazó, sino que la bendijo: “…¡Hija, tu fe te ha sanado! Vete en paz.” (Lucas 8:48).
Las cosas de Dios (¿te dije?) no son a tu manera, sino a la manera de Dios. No es según tu plan o tu estructura, sino como Dios quiere que se haga. No es según tu razón o tu juicio, sino según su voluntad.
Nuevos tiempos. Nuevas etapas. Un proceso terminado que da paso a un nuevo proceso de transformación.
¿Con qué estás limitando a Dios?
¿Dónde lo estás encasillando?
¿Qué requisitos creés que debés cumplir, y que otros deben cumplir, para recibir una bendición de Dios?
¿Qué estructuras creaste para tener un Dios a tu medida?
Dios recibe al que va de frente… pero también al que va por detrás…
No te crees un Dios a tu imagen y semejanza. Era al revés, ¿te acordás?
