Incoherencias

Siempre me llamaron la atención las conversaciones incoherentes en la Biblia. No solo me llaman la atención, ¡me divierten! En ese punto, suelo mencionar también que Jesús era un maestro de la ironía (lo que suele molestar a varios), pero estos dos condimentos le dan un sabor especial al asunto.

Jesús hablando con la samaritana… ¡Decime si no hay incoherencias! Saltan de hablar del estado civil de la mujer a debatir sobre el lugar de culto…

Abram y Dios: que cincuenta, que cuarenta, que veinte, que diez… Más que una conversación sobre intercesión, manifestación divina o guerra espiritual, parecía una feria de rebajas de fin de semana ¡o peor! Una venta al por mayor, convirtiendo a la gente en un número nada más…

Jesús y los fariseos: que cómo va a sanar un día sábado, que qué dice la moneda, que de quién es hijo…

Los fariseos y el ciego: parecen decirle: “No importa que hayas recobrado la vista, el que te sanó es pecador”.

Y en esa misma dirección, los soldados con los apóstoles, cuando el ángel los libera de la cárcel y, al encontrarlos en la plaza, solo les dicen: “Les dijimos que no hablen de Jesús”. ¡Hola! ¡Salieron de la cárcel! ¡Y salieron milagrosamente! Así… varios más.

Como Jesús hablando con los discípulos después del Sermón del Monte. Dicen los que dicen que saben que Jesús debe haber hablado unas tres horas. Si fue así, calculamos que la gente se fue juntando durante la mañana hasta alcanzar el famoso número (sin contar mujeres y niños, así que eran “un par” más).

Cae la tarde, la gente tiene hambre, los discípulos buscan solucionar (evadir) el tema y le dicen a Jesús:
“Despide a la gente, para que vayan a las aldeas y campos de alrededor, y se alojen y encuentren alimentos; porque aquí estamos en lugar desierto” (Lucas 9:12).

El panorama no era el mejor. Mucha gente, gente con hambre, la hora apretaba y estaban en un desierto. Ni un McDonald’s, ni un Carrefour, mucho menos un Rappi o Pedidos Ya. Había que resolverlo. Y en el primer paso de baile de la conversación incoherente, Jesús les dice: “Denles ustedes de comer” (Lucas 9:13).

Me hace acordar a la conversación entre Moisés y Dios, cuando el pueblo le reclamaba a Dios que los sacó para morir en el desierto. Moisés “habla por Dios” y les dice que él los iba a salvar (Éxodo 14:13-14), y Dios le responde: “¿Por qué me pides ayuda? … tú alza tu vara, y extiende tu mano sobre el mar, y divídelo…” (Éxodo 14:15-16).

Sí, lo que leíste. Dios le dijo a Moisés que él, Moisés, tenía que dividir el mar. ¿Te imaginás la cara de Moisés? Esa misma cara pusieron los discípulos cuando Jesús les dice: “Denles ustedes de comer”. Una locura. Un despropósito. Una total incoherencia.

El asombro no duró mucho tiempo. La razón vino a rescatar a los discípulos y, con humana sabiduría, le respondieron: “No tenemos más que cinco panes y dos pescados, a no ser que vayamos a comprar alimentos para toda esta multitud” (Lucas 9:13).

A ver, sos discípulo de Jesús. Dejaste todo para seguir a un predicador que no era uno más. Lo viste hacer señales. Lo viste hacer milagros. Lo viste sanar a ciegos, leprosos, paralíticos y sordos… ¡Ah, pero pará! Una cosa es un ciego, y otra muy distinta, un plato de comida.

Jesús podía hacer milagros, pero armar un “catering”… no.

Ayer te dije: ¿Con qué estás limitando a Dios? ¿Dónde lo estás encasillando?
Y hoy te lo vuelvo a preguntar:

¿Por qué limitamos a Jesús a lo que nuestra razón nos permite aceptar?
¿Por qué lo encajamos solamente en la medida de nuestra capacidad?
¿Por qué pretendemos que tiene poder para hacer todo menos lo que parece imposible?
¿Por qué cantamos al “Dios de lo imposible”, pero solo mientras sea posible?
¿Por qué creemos que hay un ranking de posibilidades de lo que Jesús puede o no hacer?

¿Por qué te creés con el peso suficiente como para decirle a Jesús que está equivocado, que no sabe, que no entiende?
¿Por qué te arrogás, como Pedro, la autoridad o la soberbia para determinar qué es lo que Jesús puede hacer?
¡O peor aún! ¿Por qué creés que podés corregir y enseñar al Señor?

Jesús solía decir: “¡Ay de ustedes, escribas y fariseos…!”
Hoy tendría que agregar: “¡Ay de ustedes, cristianos evangélicos…!”

Ayer el Señor me dio vuelta poniéndonos de frente a un nuevo desafío.
Hoy empecé a mirar un poco “el mercado”. A la vista de mis ojos, es imposible. A la medida de mi razón, es absurdo. A la medida de mi fe… “capaz que llegamos”.

No limites a Dios al nivel de tus posibilidades.
No pongas a Dios a la altura de tu capacidad.
No midas a Dios con la vara de tu miopía.

Un rato después, cuando ya vieron de qué era capaz Jesús, los vuelve a confrontar. Ahora los interroga sobre qué dice la gente acerca de él. Si, aunque no lo creas, a Jesús le importaba la opinión de la gente. O al menos su visión. Pero eso en realidad era un disparador de algo más importante. Cuando ellos responden: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros más, que eres alguno de los antiguos profetas que ha resucitado” (Lucas 9:19) , Jesús les repregunta: “¿Y ustedes, quién dicen que soy?” (Lucas 9:20)

Solo Pedro respondió. Es lógico, era el bocón. Pero los demás… calladitos la boca. Eran los mismos que con mucho conocimiento de causa le respondieron lo que la gente decía de él. ¡Qué loco! Sabían lo que la gente decía y pensaban de Jesús, pero no sabían lo que ellos pensaban sobre él…

¿Y vos? ¿Cómo ves a Jesús? ¿Qué pensás, qué decís de él? ¿Creés que es lo suficientemente capaz… para hacer lo que te dijo que iba a hacer?

Pablo lo dijo sabiamente:
“…aunque antes pensábamos de Cristo según los criterios de este mundo, ahora ya no pensamos así de él” (2 Corintios 5:16, DHH).

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