De Semillas y Campos

Me gusta viajar. En algún momento de mi vida voy a conocer Europa; mientras tanto, disfruto Argentina. Me gusta viajar. Disfruto manejar en ruta en buena compañía (mi esposa), con unos “sanguchitos” y mates.

Me gusta viajar. Me gusta ver a la gente en los pueblos, la cultura local, la entrada de cada pueblo con el nombre hecho con ligustro, tallado en madera o en piedra, o simplemente el nombre escrito en algún monumento.

Me gusta viajar. Me gusta mirar los paisajes, los campos sembrados, los campos de girasoles que parecen acompañarte. Es muy llamativo ver la diferencia de los campos: distintos colores bien definidos por líneas rectas que muestran las distintas siembras. Vas pasando del verde al amarillo, del amarillo al marrón, del marrón otra vez al verde.

Porque los campos sembrados están bien definidos. Deben estarlo. El agricultor necesita saber qué va a cosechar; el cosechador, reconocer la zona a trabajar. Tal vez alguien inexperto pensaría en mezclar la siembra para “tener mayores opciones”. Esa idea antigua de que hay que “poner huevos en varias canastas”. Pero creo que a ningún dueño de campo, labrador o ingeniero agrónomo se le ocurriría mezclar trigo con maíz o sorgo con girasol. Sería como el caso del trigo y la cizaña: necesitarías esperar al momento de la cosecha para diferenciarlos y, en definitiva, sería un trabajo perdido, doble esfuerzo para un resultado a medias.

Y si aún quisieras sembrar distintas semillas, sería en un terreno definido para cada una.

Así también lo escribió Moisés: “No siembres en tu viña semillas diferentes, para que no se pierdan la semilla que sembraste y el fruto de la viña.” (Deuteronomio 22:9)

El evangelio es transformación, y lo que se transforma no vuelve atrás. La transformación no es una opción eventual para explorar distintas alternativas, sino un paso definitivo. Es más, en algunos casos donde la transformación “se revierte”, se requiere de una nueva transformación. A ver: usás el pelo largo, te cansaste, te lo cortás… Si no te gusta, ¿podés agregarte pelo? Tenés que esperar a que el corto se convierta en largo. Una nueva transformación.

El evangelio es transformación, y el evangelio es definición y determinación. Ya en otras ocasiones hablamos acerca de que Dios bendice y prospera “a los de carácter firme” (Isaías 26:3), así como premia al que “persevere hasta el fin” (Mateo 24:13). El evangelio es transformación, definición, determinación y un camino de ida que te lleva a una nueva posición.

Jesús lo entendió así. Al darse cuenta de que “se acercaba el tiempo en que había de ser recibido arriba,… resolvió con firmeza dirigirse a Jerusalén” (Lucas 9:51). Sabía a lo que se enfrentaba. Sabía a dónde iba y a qué iba. Pero el evangelio es decisión, determinación y definición. Y algo más: el evangelio es “valentía y valor” (Mateo 11:12).

También lo dejó bien claro cuando llamó a sus seguidores. No les dijo: “Tienen 30 días para probar”. No les dijo: “Se devuelve la inversión inicial”. Les dijo: “Nadie que mire hacia atrás, después de poner la mano en el arado, es apto para el reino de Dios.” (Lucas 9:62)

El evangelio es transformación. El evangelio es determinación. El evangelio es un camino de ida, del que no se debe (ni debería) volver atrás.

Y no volver atrás implica mantener la mirada enfocada adelante, porque solo prospera aquello en lo que te enfocás. Y si querés enfocarte en dos cosas al mismo tiempo… ninguna va a resultar. “El que mucho abarca, poco aprieta”.

Qué decirte… Hoy es feriado. Estoy más relajado (no tanto), pero enfocado, decidido y determinado. Hoy tenemos culto de primicias del mes de abril y también Cena del Señor. Hoy el foco (como siempre, pero más que nunca) está puesto en Él.

Curioso, porque al mismo tiempo seguimos con Maldiciones Generacionales, pero confluyendo en un solo punto: la cruz. Romper maldiciones generacionales y el pacto de la cruz van por el mismo lado y hacia el mismo punto.

¿En qué te estás enfocando? ¿Qué estás sembrando?
¿En qué estás invirtiendo tu tiempo? ¿Y tu atención?
¿Dónde estás poniendo la fe? ¿Y tus fuerzas? ¿Y tu pasión?
¿Qué ocupa tu mente y tu atención?
¿Qué esperás cosechar de lo que estás sembrando hoy?

Y una más:
Los que miren tu siembra, ¿ven los límites claros y definidos, o te tienen que preguntar qué sembraste?

“No siembres en tu viña semillas diferentes, para que no se pierdan la semilla que sembraste y el fruto de la viña.” (Deuteronomio 22:9)

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