“Dénme un punto de apoyo y moveré el mundo” son las famosas palabras del físico, ingeniero, inventor, astrónomo y matemático griego del siglo II a.C., Arquímedes, cuando enseñaba acerca del principio de la palanca. Es el mismo que salió corriendo desnudo y mojado, gritando “¡Eureka!” cuando había resuelto un problema mientras se bañaba.
El principio de la palanca es bien sencillo. No necesitás ser físico ni todo lo que era Arquímedes para saber que si te apoyás en algo para hacer fuerza, podés mover cosas que directamente no podrías; que si ponés un punto medio de apoyo, levantás pesos que sería difícil levantar directamente. Por ejemplo, la roldana que usan los albañiles para levantar baldes a pisos superiores, o sencillamente cuando apoyás la llave de rueda en un taco de madera para aflojar las tuercas.
Dicen que estas cosas las inventaron los vagos, y yo creo que debe ser así. Confiá en aquellos que son capaces de hacer cualquier cosa con tal de no hacer nada, o que aplican la “ley del menor esfuerzo” para obtener los mismos resultados que los demás. ¡Esa gente es peligrosa! Suelen solucionar los problemas de los demás. ¡Cuántos hijos alrededor del mundo están agradecidos al que inventó el control remoto de la tele!
Recuerdo haber tenido un jefe en uno de mis primeros trabajos, que insistía en que las cosas se debían hacer a su manera, aun cuando existiera una manera mejor. No digo que no haya que obedecer las exigencias en tu lugar de trabajo, pero, si hay una manera mejor y más productiva de hacer las cosas, ¿por qué no ponerla en práctica? Creo que lo que pasaba ahí es que eso lo confrontaba con su mediocridad…
¿Por qué insistir en hacer las cosas a la manera antigua si hay una mejor?
¿Por qué pensar que “si duele, es mejor”?
¿Por qué creer que si lo hacés más liviano no está bien hecho?
¿Son más ricos los ravioles caseros? Seguramente que sí, pero… ¿cuántas horas de trabajo te lleva? Si querés caseros, ¿no conviene más ir a la fábrica de pastas?
Cuando estudiaba en el secundario, discutía con mi profesora de matemáticas (era cerrada, la doña): ¿por qué tengo que interpolar logaritmos si lo puedo hacer con la calculadora? ¿En qué contexto real voy a tener que hacer una interpolación a mano? Pero no, “la Beiroa” exigía que haga las cuentas a lápiz en la carpeta, guiado por la vieja (viejísima) tabla logarítmica.
Así, del mismo modo —aunque te parezca increíble— manejamos nuestra vida. Tomamos cargas más pesadas de las que podemos llevar, nos metemos en cuentas casi imposibles de pagar, soportamos situaciones que no tendríamos por qué soportar. Y cuando digo situaciones también incluyo personas y presiones.
¿Por qué tolerar a la gente tóxica?
¿Por qué soportar los maltratos?
¿Por qué “tenerle la vela” a los pesados?
¿Por qué bancar a los imbancables?
Hubo una mujer que soportó durante 18 años la carga de su enfermedad. Sí, ya sé, no era algo voluntario. Nació así, o algo le pasó en un momento de su vida que la dejó así. Tenía escoliosis; eso le provocó una joroba. Seguramente su ritmo de vida no le ayudaba, y eso la dejó totalmente encorvada. Suena dramático, pero cuando digo “totalmente encorvada” me refiero a un ángulo de 90°, o casi. Como una mujer que yo mismo conocí hace muchos años atrás, que caminaba mirando el piso a causa de la curvatura de su espalda, con los brazos atrás (en realidad arriba), para que no le arrastren en el suelo. Una carga muy difícil de sobrellevar.
A veces las cargas no son físicas, sino emocionales o espirituales. A veces, ni siquiera eso, sino solo los abusos de la gente, como decía Jesús de los fariseos y maestros, que: “Atan cargas pesadas y las ponen sobre la espalda de los demás, pero ellos mismos no están dispuestos a mover ni un dedo para levantarlas.” (Mateo 23:4)
Pero en esta mujer, la carga era física. Hasta que Jesús la vio. Bueno, en realidad, hasta que Jesús la tocó. Si solo me refiero a la mirada, no hacemos nada, porque Jesús “vio cómo se alejaba el joven rico”, y eso no lo cambió (Lucas 18:24). La Biblia es bien clara en señalar que “Los ojos de Dios recorren la tierra” (2 Crónicas 16:9), y que “Dios mira desde los cielos a los hijos de los hombres” (Salmos 53:2), y esto tampoco resulta en una transformación. O que Jesús “veía a sus discípulos remar con gran fatiga” (Marcos 6:48), solo que en este caso ellos también lo vieron y lo recibieron a bordo (Marcos 6:51).
La carga física de la mujer desapareció cuando le permitió a Jesús poner su mano sobre ella:
“…Y en el mismo instante en que Jesús puso las manos sobre ella, la mujer se enderezó y comenzó a glorificar a Dios.” (Lucas 13:13)
Vuelvo a preguntar: ¿Por qué llevamos cargas que no tenemos que llevar?
La Biblia dice que debemos “sobrellevar los unos las cargas de los otros” (Gálatas 6:2), pero esta es una invitación —o mandamiento— a ayudar repartiéndose las cargas, no a que el otro se vaya a Cancún o Isla Margarita mientras vos le llevás la valija…
¿Por qué aceptamos presiones impuestas que Dios no nos pone?
¿Por qué pretendemos ser los “llaneros solitarios” o “Robin Hood” que rescatan a los pobres y desvalidos?
¿Por qué descuidamos lo nuestro en afán de cuidar lo de los demás?
Jesús la vio. Jesús la miró. Jesús se acercó. Jesús la tocó…
La espalda se enderezó y la carga desapareció.
No aceptes lo que Dios no te manda.
No cargues con lo que Dios no te pide.
No levantes lo que otros tiran.
No cargues con muertos ajenos.
Poné los ojos en Jesús (Hebreos 12:2), date cuenta de que los de Él están sobre vos, permitile que te toque, dejá de mirar al piso, levantá los ojos al cielo…
Andá a Él, que Él “te hará descansar” (Mateo 11:28).
