“Ponete un calzoncillo limpio y medias nuevas… ¡mirá si te pasa algo!” Era casi el himno de las madres (o abuelas) cuando íbamos a una excursión de la escuela o un paseo fuera de lo habitual. “¡¿Qué va a decir el médico si te ve con las medias rotas?!” Ese temor extraño que pasaba más por la vergüenza que por la atención médica. Hasta ahora, que yo sepa, ningún médico rechazó atender a un paciente herido o descompuesto porque tuviera un agujero en la media, en el calzoncillo o… alguno de estos no estuviera “blanco Ala”.
Más allá de esa vieja costumbre —gracias a Dios ya olvidada por completo—, la preparación es la base del éxito, si llamamos éxito a que las cosas salgan bien y no encontrarnos con sorpresas desagradables. Además, “Hombre precavido vale por dos”, solía decirse.
La preparación es la base del éxito, o por lo menos un indicador de que esperás que algo pase.
Te preparás para recibir una visita, preparás la casa para tu cumple, preparás la habitación (y la cuna, y la repita, y los pañales, y el baby shower) cuando está por llegar un bebé.
Te preparás cuando vas a correr una maratón, te preparás cuando tenés que sacarte sangre, te preparás cuando está por llegar el aniversario de la iglesia o el culto especial de resurrección…
La preparación es la base del éxito y la señal de que te estás “alistando” para lo que viene.
Una pseudo definición de preparación podría ser: “Pararte en el lugar donde vas a estar, antes de estar, y como si estuvieras” (pre-pararte): una manera de afirmarte y establecerte, tomando posición en el lugar.
“Y Josué le dijo al pueblo: «Purifíquense, porque mañana el Señor hará maravillas en medio de ustedes.»” (Josué 3:5)
Dios iba a hacer algo grande. Dios iba a hacer algo muy grande. Estaba por demostrarle al pueblo que “estaría con Josué así como había estado con Moisés” (Josué 1:5). Es más, así sucedió, y el pueblo lo comprobó (Josué 4:24).
Pero lo que Dios iba a hacer, tal vez no hubiera sido hecho si el pueblo no hacía lo que tenía que hacer.
¡Qué loco! Dios dejó en manos del pueblo que su actitud determinara que ellos vieran —o no— que él, Dios, acompañaba a Josué. Y encima, el que dio las instrucciones al pueblo… ¡fue Josué! (una tremenda responsabilidad)
¿Estás preparado para lo que viene?
¡Ah! ¿Sabés que algo nuevo, bueno y grande viene?
¿O tenés tus manos ocupadas en otra cosa?
Si ahora mismo te arrojaran un fajo de billetes, ¿tenés las manos libres para agarrarlo?
Si te dan algo valioso, ¿tenés las manos limpias como para tocarlo?
¡Claro! Me olvidaba de lo otro… “¡A comer… a lavarse las manos!”
La preparación es la base y la clave del éxito, y si no estamos listos de la manera apropiada, el evento va a suceder, la bendición va a llegar, pero no la vamos a poder disfrutar.
Hacé lo que tengas que hacer, dejá lo que tengas que dejar, empezá lo que tengas que empezar, mové los obstáculos o distracciones que estorben en el medio. Y preparate…
Quizás no sepas bien para qué… pero preparate igual. Josué no les dijo lo que Dios haría, pero les dijo que “haría maravillas”. Cuando te ponías las medias sanas no sabías si iba a pasar algo, era “por si pasaba”.
La preparación es la base del éxito. No garantiza el éxito, pero no prepararte, es prepararte para fracasar.”
¿Te lavaste las manos?
