Obviedades

Abrís la heladera, se prende la luz. El gran misterio de la infancia. ¿Cómo funciona? ¿Cómo sabe la luz que estoy abriendo la puerta? ¡Debe ser magia!

Hay cosas que tomamos por obvias, que nos acostumbramos a ellas. Hay otras que están tan naturalizadas que ni pensamos cuál es su origen o funcionamiento. Recuerdo un jefe que tuve en algún trabajo lejano haciendo programación Lotus (si sabés de qué se trata, estás deschavando tu edad). El hombre me decía: “¿no podés tocar un botón y ya?” Claro, él solo veía los resultados pero ni idea de los procesos. Como el fileteado del carro, ¿te acordás? “Todos ven mi progreso pero no mi sacrificio”.

Hay cosas obvias que tienen un resultado obvio y esperado: abro la heladera y se enciende la luz, abro la canilla y sale agua, abro un paquete de galletitas y la perra aparece a mi lado. Subís al colectivo, nadie te saluda; entrás a un negocio, todos te saludan y escuchás el típico: “¿Qué va a llevar?” (y “¿alguna cosita más?”).

Hay cosas que son obvias y que tienen un resultado obvio y esperado y que, aunque no conozcas su funcionamiento o desconozcas el proceso, cambian el ambiente donde se manifiestan y en algunos casos el cambio es permanente: la luz de la heladera se vuelve a apagar, el agua deja de salir, pero el paquete de galletitas quedó vacío.

Así pasaba con Jesús: cuando él aparecía, donde él entraba, donde su presencia era notada, las cosas cambiaban, la atmósfera era alterada, se generaban reacciones de distinto tipo y, en muchos de los casos, el lugar no volvía a ser el mismo.

Jesús estaba viajando a Jerusalén. Iba por la zona entre Samaria y Galilea… “Al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez leprosos, los cuales se quedaron a cierta distancia de él…” (Lucas 17:12).
Solitos, sin campaña, sin marketing, sin pauta en Instagram, TikTok o Facebook (sí, algunos lo usan todavía); como decía el viejo corito: “la sola presencia de Cristo Jesús…” alteraba el lugar y la gente se acercaba a él.

No cualquier gente. Algunos lo rechazaban. Acordate de los que criaban cerdos en Gadara (Lucas 8:37) o cuando quisieron tirarlo por un precipicio en la sinagoga de Nazaret (Lucas 4:16-30). Pero aquellos que reconocían su impronta y autoridad, los que sabían que él podía cambiar su realidad, los que creían que “algo” podía pasar, se acercaban a él.

Sea como sea, se provocaba una reacción. Por bien o por mal, Jesús no pasaba desapercibido. En más de una ocasión quiso evitar su popularidad, pero nunca le fue muy bien con eso. Dicen que no existe la mala publicidad, que todo lo que “mueva el avispero” te pone en la vidriera, y así pasaba con él.

Esto me llevó a pensar: ¿Qué impacto genera la iglesia en la sociedad? ¿Qué provocamos cuando aparecemos en escena? Y un poco más: como cristiano, ¿qué reacción provoco a mi alrededor? ¿Qué pasa cuando entro a un negocio o una casa? Incluso aunque de entrada esa reacción sea negativa, ¿se hace notar mi presencia?

Jesús dijo algo muy interesante en Lucas 17:21 cuando le preguntaban en qué momento Dios se iba a manifestar: “…el reino de Dios está entre ustedes…” Si el Reino de Dios está entre nosotros, ¿de qué manera está? ¿Dónde puedo verlo? ¿Cómo se manifiesta? Muchas preguntas para, tal vez, pocas respuestas. O no… tal vez la respuesta está más cerca de lo que imaginamos.

Tal vez no se trate de hacer grandes cosas, tal vez solo se trate de mostrarlo a Él.
Tal vez no sea cuestión de caerle bien a todos, tal vez sea cosa de atraer “a los que van a ser salvos”.
Tal vez no pase por cuántos seguidores tengamos, sino qué estamos haciendo con los que tenemos.
Tal vez no tenga que ver con quiénes somos, sino a quién representamos…

Jesús dijo que haríamos “cosas más grandes que Él”.
Y Pedro dijo que nos dejó huellas para que sigamos sus pasos.
Entonces me pregunto… ¿mi presencia hace la diferencia… o solo ocupo espacio?

Que tu presencia no sea una obviedad más, sino una señal de que el Reino está cerca.
No seas parte del paisaje. Que tu participación haga la diferencia.

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