No lo hago a propósito. Creeme que no recorro la Biblia buscando algo que combine con lo que pienso. Obviamente me voy a sentir más identificado cuando vamos en la misma dirección, pero no soy yo el que determina la doctrina: es Dios, es la Biblia, es su Palabra.
Las sectas hacen eso: desarrollan una ideología y, en base a su criterio, hacen encajar los textos bíblicos que les convienen. La Escuela Científica Basilio dice que Dios avala el espiritismo y el consultar a los muertos porque Saúl consultó a una vidente y Samuel apareció (1 Samuel 28:3-25). El catolicismo dice que María es la madre de todos los creyentes porque Jesús le dijo a Juan que ahora ella sería su madre (Mateo 12:46), cuando lo que le estaba diciendo era que tenía que cuidar de ella. También el catolicismo dice que Pedro fue el primer papa porque Jesús le dijo que “sobre esta roca edificaré mi iglesia”, cuando se estaba refiriendo a la declaración de Pedro de que Jesús era el Cristo.
Podría seguir. ¿Sigo? Los adventistas dicen que debemos “guardar el sábado” porque el día de reposo era el shabbat, cuando los mismos apóstoles cambiaron su día de reunión al domingo, el primer día de la semana, en homenaje y recordatorio de la resurrección.
A eso se le llama eiségesis: inventar una doctrina según mis propias ideas. Lo correcto es la exégesis: que la doctrina surja de la Palabra de Dios. Como leímos anoche, cuando Jesús mandó a Pedro y Juan a preparar el lugar para la última cena, ellos le preguntaron: “¿Dónde querés que hagamos los preparativos?” (Lucas 22:9), entendiendo que Dios es el que dirige y determina.
Entonces, vuelvo al punto: yo no busco los textos que me convienen, sino que Dios me habla a mí en forma personal. De cosas que yo debo hacer. De cosas que yo debo cambiar. De cosas que, a veces, debo compartir. Y hoy me dijo que “en la acción hay transformación, y la transformación trae bendición”.
Israel estaba tomando posesión de la nueva tierra. Dios se la había entregado, Moisés lo había legislado y Josué lo estaba ejecutando. El reparto fue según la cantidad de gente que cada tribu tenía: eso es justicia social, igualdad y democracia (no el engendro que quieren inventar algunos parásitos). Pero recibir la bendición (la tierra) tenía un condicional.
En Rompiendo Maldiciones Generacionales hablamos de los condicionales de Dios: “Si hacés tal cosa, recibís tal otra. Si hacés la de más allá, no vas a recibir lo que esperás.” Nuestra bendición está sujeta a ciertos requisitos que están en la letra chica del pacto de Salvación.
Tomar la tierra tenía un condicional: ¡entrar a tomarla! Josué le dice al pueblo: “Aquel monte será de ustedes, pero deben desmontarlo para que lo puedan habitar y poseerlo hasta sus límites más lejanos. Y aunque los cananeos tengan carros de hierro y sean muy fuertes, ustedes los vencerán.” (Josué 17:18). Doble bendición. Si hacen su parte, tendrán posesión de la tierra y, encima, Dios al mismo tiempo les da la victoria sobre quienes quieran impedirlo.
Es una constante en la Biblia: no mires tu condición. No sos vos ni es por vos. Siempre es Dios. No es quién va, es quién manda a quién va. Pero si quien tiene que ir no va, nada va a pasar.
Y resulta que, habiendo terminado el reparto y la posesión, había un grupito que estaba sentado esperando que los llamen para darles las llaves de las tranqueras. O sea… ¡no entendieron nada!
“Pero siete tribus de los hijos de Israel se habían quedado sin recibir tierras, así que Josué dijo: ‘¿Hasta cuándo van a continuar con su negligencia? ¿Cuánto más se van a tardar para tomar posesión de la tierra que el Señor, el Dios de nuestros padres, les ha entregado?’” (Josué 18:2-3)
Si sigo el principio de la regla de tres simple (matemática básica, ecuaciones de primer grado), si tardo en tomar la tierra, soy un negligente. ¿Qué es un negligente? El que hace mal las cosas por falta de preparación o por la arrogancia de pensar que sabe hacerlas cuando no tiene idea. El que vive solo “papando moscas” y es un eterno adolescente. El que no se hace cargo de su posición ni toma sus responsabilidades.
Dios te dio promesas. Te “bendijo con toda bendición espiritual” (Efesios 1:3), puso todo “al alcance de tu fe” (no siempre será al alcance de tu mano). ¿Qué estás haciendo para tomar posesión de lo que ya te pertenece porque Dios ya te lo entregó?
Anoche hablamos de “Compromiso”, el compromiso que Jesús tomó con el plan de Dios, con sus discípulos y con la iglesia que estaba por nacer. Dijimos que ese compromiso nos involucra, para ser parte de lo que Dios ahora quiere hacer. Dijimos que el plan de Dios es irrelevante sin la participación de los hijos de Dios.
¿Qué estás esperando para hacer lo que tenés que hacer para recibir lo que te pertenece?
¿Qué estás esperando para tomar “tu tierra”?
¿Qué estás esperando para “alcanzar tu bendición”?
No seas negligente. No seas cómodo. ¡No seas vago! No te quedes sentado esperando la migaja. No te quedes a un costado esperando que te llamen.
Pablo decía: “…una cosa hago: olvidando lo que queda atrás y esforzándome por alcanzar lo que está delante…” (Filipenses 3:13). Una cosa tenés que hacer: dejá de esperar y esforzate por alcanzar lo que Dios ya te entregó, lo que ya tiene tu nombre.
No seas negligente. No seas vago…
