Sí, ya sé. Hoy lo correcto debería ser escribir sobre Semana Santa, más cuando estamos en la previa de la Pascua de Resurrección. Pero ni el Jueves ni Viernes Santo toqué esos temas, así que… rompamos las estructuras de “lo correcto”.
Algo es cierto: todo apunta a Semana Santa, porque sin Semana Santa ni siquiera estaría escribiendo de cualquier otro tema. Todo lo que somos, lo somos por Él, y sin Él nada seríamos. Como ya dije alguna vez: si hay algo bueno en mí, no soy yo, es Él; y si hay algo malo, ese sí soy yo.
Parte del ser cristiano es el deseo de comunicar un mensaje. No cualquier mensaje, sino uno que tiene el potencial de transformar vidas. Evangelio significa “buenas noticias”, y somos permanentemente portadores de esas buenas noticias, aunque a veces… nos quedamos mirando los problemas en un cíclico “síndrome de ombligo”.
Comunicar el mensaje es una consecuencia natural de ser portador de ese mensaje. A ver: ¿de qué sirve una botella con cualquier contenido si no va a ser servida o bebida? Recuerdo mi botellita del Mundial ’78, con el gauchito y todo, una botella de Coca-Cola que, obviamente, no debía ser abierta. Y nunca se abrió. Y llena… desapareció. ¿De qué sirvió? Solo para darte un ejemplo de las cosas que hacemos sin sentido.
El mensaje es para comunicarlo. Somos portadores y comunicadores natos. Todo el tiempo estamos comunicando algo; elijamos hablar lo que sea productivo y edificante, para que otros puedan también tener un mensaje para compartir.
El mensaje de salvación proviene de lo que vivimos, sentimos, escuchamos de estas buenas noticias. Mucho lo leímos en la Biblia, otras cosas nos las han contado, otras más las vivimos, y así las compartimos. Como buen periodista, lo que hablamos proviene de una fuente segura. No nos involucramos en fake news ni teorías conspirativas, aunque sean “el grito de la moda del siglo 21”, sino que hablamos lo que sabemos. Como Pablo, que dijo, recitando el salmo: “Creí… por tanto hablé” (2 Corintios 4:13). Hablamos lo que creemos; si no, seríamos hipócritas y falseadores.
En esta época de fake news y posverdad, abundan las fuentes distorsionadas. En la política ¡ni que hablar! Todos los días somos testigos de una batalla informativa para ver quién le tira más mentiras al otro. Y así, los que quedan en el medio son desinformados y alimentados erróneamente de una falsa verdad. Como dijo Joseph Goebbels, el ministro de propaganda de Hitler: “Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”.
Por eso debemos verificar nuestras fuentes. Chequear la info que recibimos y la que vamos a compartir. Desde las viejas cadenas de mensajes (hoax) de Hotmail con la “viuda de África que quiere dejarte su fortuna”, hasta el “ícono de WhatsApp que se va a volver azul…” todo necesita ser chequeado para evitar caer en el error y ser propagadores del error.
Salomón le dijo al futuro rey: “Cesa, hijo mío, de oír las enseñanzas que te hacen divagar de las razones de sabiduría” (Proverbios 19:27). Porque no solo es escuchar información errónea, sino que eso nos lleva a decisiones erróneas y a tomar caminos erróneos.
Lo que sabemos de Cristo es lo que propagamos. Pero nuestras fuentes de información no se limitan a la Biblia. ¿Escuchás radio? ¿Mirás televisión? ¿Seguís algún podcast? ¿Sos fan de algún youtuber? Ellos también se convierten en tu fuente de información y, por extensión, en tus formadores de pensamiento. Sí, lo que pensás —y por lo tanto lo que vas a hacer, las decisiones que vas a tomar— está influenciado por el loquito que dice pavadas en un podcast en YouTube, o el que te quiere vender el terraplanismo, o la ideología de género, o que la vacuna del COVID era un arma de espionaje militar.
¿De qué te informás? ¿A quién escuchás? ¿A qué o a quién le prestás atención y le das credibilidad? ¿Qué ideas forman tus pensamientos y criterios? Más fácil: lo que estás pensando y cómo te estás moviendo, ¿va en sintonía con la Palabra de Dios y su plan? Las creencias que estás desarrollando, ¿están de acuerdo con lo que Dios dice?
Cuidá tus pensamientos. Gandhi dice que son los que determinan tu futuro.
Por lo tanto, cuidá lo que influye en tus pensamientos, a lo que le das autoridad de ser “arquitecto de tu mente”.
Por lo tanto, prestá atención a lo que escuchás. En palabras de Jesús: “¡Mirá cómo oís!” (Lucas 8:18).
Prestá atención a qué le prestás atención.
Termino:
¿A dónde te llevan tus pensamientos?
¿Qué provocan en vos las cosas que escuchás, o a quién escuchás?
¿Te ves creciendo o te ves estancado?
¿Te ves estancado o te ves retrocediendo?
Tenemos el privilegio de vivir en contacto con la fuente de sabiduría. Como te dije ayer: “no seas negligente”. Hoy te digo: ¡No prestes atención a las pavadas que te desvían del propósito de Dios para vos!
¡Feliz Sábado Santo!
¡Feliz previa de Resurrección!
