Enemigo mío…!

La negación es una válvula de escape de nuestra mente cuando no estamos preparados o simplemente no queremos enfrentar alguna situación. Muchas veces la usamos cuando no aceptamos una mala noticia, una pérdida, un diagnóstico grave. Otras veces, cuando somos confrontados y eso no nos gusta o nos incomoda. Son esos momentos en los que nos ponemos bíblicos y sacamos la espada: “¡no mires la paja en el ojo de tu hermano…!” (Mateo 7:3), sin darnos cuenta de que, en realidad, deberíamos usar la otra espada: “Examínenlo todo; retengan lo bueno.” (1 Tesalonicenses 5:21)

Se dice (no lo discuto) que ante cada crisis todos pasamos por esos procesos de negación. Que los adictos conviven con ella. Es parte de la lucha, ya no carne-espíritu, sino razón-emoción. La negación es parte de esa pelea interna, donde la mente quiere lógica y el corazón no puede con el dolor…

Parte de la negación es echarle la culpa al otro. Una proyección de nuestros conflictos al vernos reflejados en ellos. La justificación de que actuamos de tal manera porque no nos queda otra, porque nos pusieron en ese lugar. Es el síndrome de Adán: “¡…la mujer que tú me diste…!” (Génesis 3:12), o de Saúl, culpando a David de todo su mal. Es Elías, creyéndose la última botella de agua del desierto y el único que servía a Dios (1 Reyes 19:10, leé “Síntomas…”).

Pero por más vueltas que le demos al asunto el eje del problema, el corazón del asunto, el núcleo de la crisis  terminamos (o empezamos) siendo nosotros mismos. A veces por acción, a veces por omisión, a veces por la misma negación, a veces por escapar… La manera en que actuamos, cómo reaccionamos a las situaciones que vivimos, suele ser la clave del problema.

Ya lo dijo Arjona: “el problema no es problema”. Ya lo dijo Dorian Gray: “el problema es el espejo”. En ese caso, el problema era el espejo porque le mostraba su vejez, pero en nuestro caso el espejo es el problema porque nuestro principal enemigo es el que aparece en ese vidrio.

Así dijo Josué como legado, como previendo la que se venía, sabiendo que una vez muerto él, y sin quedar nadie que haya vivido y experimentado la gloria y el poder de Dios, muchos se enfriarían. ¿Será por eso que vivimos en ciclos de exaltación y caída? ¿Será necesario experimentar la mano de Dios que nos levanta para creer en su poder y seguirlo fielmente?

“Tengan mucho cuidado de ustedes mismos, y amen al Señor nuestro Dios con todo el corazón.” (Josué 23:11)

La tradición evangélica enseña que “el campo de batalla del diablo es nuestra mente”. Y así es. Tampoco lo estoy culpando por eso, eh… él tira los dardos, y mi mente vacía, que piensa en florcitas y pajaritos, se deja impactar. Acostumbramos culparlo de todo, pero solo es culpable de perseverar. Es insistente. Es persistente. Realmente deberíamos seguir su ejemplo, porque, aunque se sabe vencido, no se cansa de insistir para arrastrarnos con él.

Lo culpamos de todo, pero este “pobre diablo” no es culpable de que nosotros aceptemos sus propuestas, sus ataques, sus acusaciones, sus mentiras. En cuanto a los pensamientos, Pablo ya nos dejó el antídoto. Dos, en realidad: “… en esto pensad” (Filipenses 4:8) y “…tomen el casco de la salvación…” (Efesios 6:17).

Ayer, en el culto de resurrección, hablando sobre las mujeres que iban hacia la tumba preguntándose quién les iba a correr la gran piedra (Marcos 16:3), hice mención de que, de repente, “se fijaron bien” (Marcos 16:4), prestaron atención a lo que tenían delante de sus ojos y se dieron cuenta de que estaba movida, lo que indica que habían estado mirando otra cosa, dejándose guiar por la preocupación por un problema que ya no estaba.

¡Y dije! ¿Qué estás mirando? ¿Dónde están puestos tus ojos? ¿Dónde está puesta tu fe? ¿A qué le estás prestando atención? ¿Qué detalles estás teniendo en cuenta? ¿O solo mirás el problema?

Mi peor enemigo soy yo mismo. Mi mente, mis pensamientos, mis dudas, mis actitudes, mis decisiones.

Tené cuidado de tus pensamientos y hacia dónde te llevan.
Tené cuidado de tus decisiones, fruto de esos pensamientos.
Tené cuidado de tus reacciones, tus actitudes, cosas de las que es difícil volver atrás.
Tené cuidado de tus palabras, habladas en momentos de crisis.
Salomón dijo: “El que guarda su boca y su lengua, Su alma guarda de angustias.” (Proverbios 21:23)

Tené mucho cuidado… de vos mismo.

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