El evangelio comienza con el “dar”. Si no hubiera existido un “dar”, no habría buenas noticias y no existiría el pacto de la cruz. Le dijo Jesús a Nicodemo: “Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Juan 3:16). Sin “dar”, tampoco habría vida eterna.
La iglesia empieza con “dar”. Cuando apenas se estaban organizando, cuando ya aparecían algunos conflictos racistas entre los congregantes, cuando los discípulos ya empezaban a tener estrés ministerial, el “dar” era tan importante que “…todos los que poseían terrenos o casas, los vendían, y el dinero de lo vendido lo llevaban y lo ponían en manos de los apóstoles, y éste era repartido según las necesidades de cada uno” (Hechos 4:35).
Cuando empezó la expansión a causa de la persecución (la diáspora), el “dar” era una herramienta de sostenimiento y crecimiento. La iglesia era autosuficiente, y si bien se necesitaban unos a otros, unos proveían para los otros (1 Corintios 16:1-3). Así sigue hasta el día de hoy: la iglesia se sostiene a sí misma, levanta obreros, envía misioneros, sostiene ministerios, edifica templos (o alquila), y todo proviene de la misma iglesia. Bueno, del bolsillo de los que hacemos la iglesia…
No hace falta que te lo diga: eso se degeneró y provocó todo tipo de abusos y manipulaciones. La proclama de Lutero fue principalmente por el abuso del Vaticano con la venta del perdón papal. No quiero entrar en la cuestión fabulera del “oro del Vaticano” ni del Banco Ambrosiano, porque no soy detective ni investigador. Apenas pastor. Pero sí puedo opinar acerca de los abusos que la iglesia evangélica hizo con la cuestión económica. Sigue siendo una de las razones por las que la gente tiene cierto rechazo hacia la iglesia, cuando no, una mala experiencia.
Pero la relación Dios-iglesia se enfoca en dar. No podemos ignorarlo. Dios pide que demos. Debemos darle a Dios nuestro aporte económico, claro, pero también nuestro tiempo en servicio y, por sobre todo, nuestra adoración. Porque si vamos a la Biblia (¿y adónde sino?), lo único que Dios nos pide son dos cosas (hay más, pero están dentro de estas dos): una adoración sincera y nuestro corazón.
“Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre busca que lo adoren tales adoradores.” (Juan 4:23)
“Dame, hijo mío, tu corazón, y miren tus ojos por mis caminos.” (Proverbios 23:26)
Sería muy fácil preguntarte —y preguntarme—: ¿qué le estás dando a Dios? Seguramente sos fiel en darle a Dios. Si entendiste los principios espirituales, debés ser de los que ofrendan y diezman. Si avanzaste un paso más, también debés ser de los que siembran: esa ofrenda especial para un fin específico, que debe ser y será usada solamente para ese fin. Tal vez seas, también, de los que le dan a Dios su tiempo: sirviendo, predicando, liderando, discipulando, limpiando, ayudando donde sea. Y es muy posible que seas de los que adoran: los que levantan las manos buscando una conexión y una concentración especial, los que levantan su voz entonando cánticos, ya sean espirituales o siguiendo la canción de moda. Pero… ¿sos de los que le dan a Él su corazón?
Vamos más personalizado… Cuando te entregaste a Cristo, ¿le entregaste tu corazón? Ah, perdón. El corazón no es la bomba de sangre que tenemos en medio de los pulmones, entre la columna y las costillas, sino que la Biblia llama corazón a esa parte espiritual de nuestro ser que nos conecta con el mundo natural y con nuestras propias emociones. Es donde reposa el alma, la mente, los sentimientos y también la voluntad. Entonces, reformulando la cosa sería:
Cuando te entregaste a Cristo… ¿le entregaste tu alma, mente, sentimientos, emociones y voluntad?
A ver… más personal aún: ¿quién o qué controla tu alma? ¿Y tu mente? ¿Y tus sentimientos? ¿Y tus emociones? ¿Y tu voluntad?
Si la respuesta es “Dios”, ya estamos hechos.
Si la respuesta es “vos”, estamos fritos.
“Dame, hijo mío, tu corazón, y miren tus ojos por mis caminos.”
La lectura de hoy está llena de referencias a darle a Dios el control de nuestra vida. El Salmo 91 te pide que habites a su sombra y abrigo. Josué te enseña que, para ir a la batalla, primero tenés que alabar a Dios (Jueces 1:1-2). Lucas te dice que todo va a pasar, pero la Palabra de Dios jamás (Lucas 21:33). Es tiempo de no limitarnos a darle solamente lo que nos agrada o nos conviene, sino darle lo que Él pide. ¿Qué pide? Otra vez…
“Dame, hijo mío, tu corazón…”
