Se les llama eufemismos a los nombres distintos que le damos a algunas cosas para no mencionar su verdadero nombre, por ser tal vez incómodo, vulgar o íntimo. Por ejemplo, la costumbre de enseñarle a los chicos a llamar a los genitales con nombres hasta ridículos… A ver… llamar “pilín” al pene es más del siglo XIX que de nuestra realidad actual. Lo mismo sucede con los senos, y mucho más cuando te estás refiriendo a lo escatológico.
¡Atención! Al decir escatológico no me refiero a los estudios y referencias bíblicas sobre los últimos tiempos, sino de los nombres que le damos a nuestras “necesidades fisiológicas”: número uno y número dos. ¡Re científico y maduro lo tuyo, eh! (Aparte… ¿por qué al uno le dicen uno y al dos, dos? ¡Qué sé yo!)
En los últimos años, esto se expandió al trato entre personas. Ya no se puede decir gordo, se dice “rellenito”; no se puede decir negro, se dice “morochito” (que me suena totalmente despectivo), o “de color”, que es más racista y divisor. Un montón de inventos que en vez de sanar terminan dañando más, porque ponen a las personas que tienen alguna diferencia en mayor desprotección y vulnerabilidad. (Por culpa de eso se empezó a “romantizar” la obesidad, con los problemas de salud que eso trae).
¿Sabías que la Biblia también usa eufemismos? Algunos son alteraciones del original a través de las traducciones, porque algunos consideran que traducir literalmente, por ejemplo, las palabras de Elías a los profetas de Baal, puede ser ofensivo e irrespetuoso (1 Reyes 18). En otros casos, son expresiones culturales reales de la época, que no se entienden hasta que aprendés contexto cultural, como Abraham hablando con el sirviente damasceno cuando lo manda a buscar novia para Isaac. Le dice: “pon tu mano debajo de mi muslo” a modo de juramento (Génesis 24:2), que… ¡te sorprendería saber exactamente a qué se refería Abraham!
O el texto de la lectura de hoy, en Jueces 3:24, que originó esta reflexión:
“Al salir Aod, los siervos del rey fueron a ver al rey, pero al ver que las puertas de la sala estaban cerradas, dijeron: ‘Seguramente el rey se está cubriendo los pies en la sala de verano.’”
¿Qué tiene que ver que alguien se cubra los pies con que las puertas estén cerradas y no se pueda entrar? Creo que estás entendiendo: Eglón, el rey de Moab, estaba sentado en su inodoro real haciendo “del número dos” (¿puedo decir “haciendo caca”? ¡Gracias!)
¿Cuántas veces hacemos lo mismo? Porque si bien vivir por fe implica “llamar a las cosas que no son como si fueran” (Romanos 4:17), eso no quiere decir que tengamos que llamar a las cosas que son como lo que no son. Y así hacemos con nosotros mismos. Pablo dice también que a “los miembros del cuerpo… que nos parecen menos dignos, los vestimos con mayor dignidad…” (1 Corintios 12:23). Pero eso no significa que queramos ser lo que no somos, o pretendamos mostrarnos distintos a lo que verdaderamente somos.
¿Sabés cómo se le llama a eso? Hipocresía.
Dios rechaza la hipocresía. Él quiere sinceridad. Ayer te dije que Él pide una adoración sincera, “en espíritu y en verdad” (Juan 4:23). Podría agregarte que maldijo a la higuera que se mostraba como lo que no era (Mateo 21:19) y que elogió a la que reconoció ser una mujer indigna de Él (Mateo 15:27).
¿Por qué actuamos con hipocresía delante de Dios? ¿Por qué Adán se escondió? Porque, mirando a Dios desde nuestra óptica humana, pensamos que si mostramos nuestra realidad Él nos va a rechazar. Pero te cuento algo, tal vez no lo sepas: Dios te conoce tal y como sos. Aunque te muestres vestido de seda… Él ve a la mona que está debajo del vestido.
¿Qué estás mostrando?
¿Qué estás ocultando?
¿Qué querés que se vea de vos?
¿Qué temés que se sepa de vos?
Presentate hoy delante del Señor “a cara descubierta” (2 Corintios 3:18) y “confiadamente al trono de la gracia” (Hebreos 4:16). Dios “renueva su pacto y su misericordia cada mañana” (Lamentaciones 3:22–23).
