Desordenados

Me fascina la gente ordenada. Bueno, casi. Me fascina ver las cosas ordenadas cuando las organiza la gente ordenada. Súper metódicos, al borde del trastorno compulsivo, pero un deleite a la vista. Me encantan ver esas bibliotecas con los libros todos parejitos, o mis camisas, ordenadas por mi esposa por color y todas colgadas.

Me gusta ver el orden, me gusta ver cada cosa en su lugar. No me gusta para nada cuando la gente ordenada pretende que yo haga las cosas como ellos las hacen o las harían. A ver, me gusta ver, pero mi orden es considerado desorden por cualquier persona… normal.

Me gusta encontrar las cosas en el lugar que las dejé y me pone frenético cuando algún “manos mágicas” se llevó algo y no está donde debería estar. Tengo un cargador de celular enchufado en cada ambiente donde suelo estar. En mi oficina tengo todas las cosas que uso habitualmente o que podría llegar a necesitar. A veces me desaparece la tijera, o la abrochadora, ¡o las galletitas del cajón! Me gustan las cosas ordenadas, no me gusta que toquen mis cosas o las cambien de lugar… Me gusta encontrar las cosas donde las dejé y ¡me molesta que guarden las cosas que “dejé por ahí”! ¿Acaso las sillas no son para sostener camperas?

Por eso entiendo la sorpresa de las mujeres que fueron a ungir a Jesús y se encontraron, primero, con la piedra movida (la tumba abierta) y, segundo, ¡que Jesús no estaba! ¿Acaso los muertos caminan? Si al muerto lo pusieron en su tumba, en su tumba el muerto debería estar. No sería muy lógico buscar al muerto comiendo con los discípulos en el aposento alto…

“Llenas de miedo, se inclinaron ocultando su rostro; pero ellos les dijeron: «¿Por qué buscan entre los muertos al que vive?»” (Lucas 24:5)

Si tenés una bolsa para el pan, ¿dónde va el pan? En la bolsa. ¿Dónde vas a buscar el pan? ¡A la bolsa!
Si compraste carne para el asado del domingo una semana antes, la ponés en el freezer. ¿Dónde va la carne? Al freezer. ¿Dónde vas a encontrar la carne? ¡En el freezer!

Entonces, señoras y señores, los muertos van en sus tumbas y en sus tumbas tienen que estar…

Pero Jesús no era cualquier muerto. No era de los que se quedan quietos y bien muertitos, sino que es de los que “la muerte no se enseñorea más de él”, que “habiendo resucitado de los muertos, ya no muere” (Romanos 6:9). Él mismo dijo que Dios “no es Dios de muertos, sino de vivos” (Mateo 22:32) y, por lo tanto, en realidad, el lugar de los muertos no es el adecuado para Él.

Me gustan las cosas ordenadas, cada cosa en su lugar, porque si no están en su lugar cuando las buscás, no las encontrás; y si están en su lugar pero las buscás en otro lugar, tampoco las vas a encontrar.

“¿Por qué buscan entre los muertos al que vive?” Como las mujeres, tantas veces hacemos lo mismo. Buscamos a Jesús en los lugares habituales, siguiendo la costumbre y la tradición, pero Jesús ni hacía cosas habituales ni se movía según la costumbre y la tradición. Ya a su madre le había pasado lo mismo. ¡Qué raro que no les haya contado eso a las mujeres que lo servían! Se les había perdido volviendo de Jerusalén “y, mientras tanto, lo buscaban entre los parientes y conocidos.” (Lucas 2:44) Hasta que lo encontraron, pero ni en lo habitual ni lo tradicional, sino “en cosas de grandes”. María y José lo retaron y él responde: “¿Y por qué me buscaban? ¿Acaso no sabían que es necesario que me ocupe de los negocios de mi Padre?” (Lucas 2:50)

¿Dónde lo estás buscando? ¿De qué manera esperás verlo? ¿Dónde esperás encontrarlo? ¿Con qué criterio lo estás mirando?

Dios no es Dios de muertos, sino de vivos. No está en los lugares tradicionales ni atado a estructuras o nuestros esquemas mentales.

No esperes encontrarlo según los métodos tradicionales, no pretendas verlo a Él actuar a tu manera, no lo encierres dentro de los límites de tu pobre mediocridad. No pienses que Él actúa o actuaría como vos lo harías, sino que “Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos.” (Isaías 55:9)

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