La primera vez que lo dije, se me levantó gente de la iglesia. Justo ese día había dos mujeres por primera vez, mujeres que (sin juzgar, pero por su vestimenta) parecían estar acostumbradas al formato tradicional del evangelio religioso pentecostal. En medio de la prédica dije: “¡Jesús se hace el tonto!”, y las dos se miraron, se levantaron y se fueron.
Yo las entiendo. No es fácil aceptar que alguien venga con total desparpajo a “ofender” (así lo habrán sentido) tu fe y tus creencias. Por supuesto —y vos ya lo sabés— ¡jamás estuvo la intención de ofender! (¿O sí?) Si bien es cierto que “lo que no ofende no transforma”, hay que provocar, pero cuidar los corazones.
También es cierto que me gusta ser poco conservador. Bueno, un poco transgresor… ¡bueeeno, está bien! Me gusta romper las estructuras tradicionales impuestas, porque solo se convierten en obstáculos para que Dios se manifieste (¿conforme?). Y a veces, en ese contexto, digo cosas que te pueden sacudir, para que, al sacudirte, se caigan las hojas secas y crezca el fruto nuevo (vino nuevo en odre nuevo, ¿te acordás?).
Pero, siendo totalmente sincero, sigo pensando que Jesús se hizo el tonto. Apenas resucitado, cuando todavía estaban todos confundidos por la piedra movida y la tumba vacía, iban los discípulos por los caminos conversando acerca de lo que había pasado. La semana pasada murió el papa Francisco y, durante toda la semana —y aunque menos, todavía— el único tema de conversación en los medios televisivos y redes sociales fue: “la muerte del papa”.
Tal como se acostumbraba en la época, un desconocido se les une en la caminata (Lucas 24:15). Era normal: por seguridad, por respeto, por educación, por solidaridad, acompañarse unos a otros y darse refugio entre sí. Obviamente, este caminante era un forastero, porque no estaba ni enterado de lo que había pasado con Jesús (Lucas 24:18). Un momento muy apropiado para que los discípulos no solo le cuenten a modo informativo, sino para predicarle las buenas noticias del evangelio (bueno, no tanto; todavía no entendían y “sus ojos estaban velados” – Lucas 24:16).
Entonces, cuando están llegando a su destino, dice el verso 28: “Cuando llegaron a la aldea adonde iban, Jesús hizo como que iba a seguir adelante”. Yo no sé si yo tengo problemas de comprensión de textos o si los discípulos no eran los únicos con los ojos velados, pero decir “hizo como que…” es la manera elegante de decir lo que, en la jerga, diríamos: “se hizo el tonto”. ¿No?
Entonces… ¡Jesús se hizo el tonto!
Podríamos dar mil explicaciones, hasta podemos intentar decir que es un error en la traducción (te sorprendería saber lo alterada que está la Biblia para resultar “políticamente correcta”), pero no, no se trata de un error: Jesús disimuló.
Obviamente tenía otra intención. Obviamente, lo que en realidad quería era seguir con ellos. Y obviamente, porque al final del día, compartiendo el pan, “En ese momento se les abrieron los ojos, y lo reconocieron; pero él desapareció de su vista” (Lucas 24:31).
¡Atención! ¿Por qué nunca nos detenemos en este versículo? ¿Te diste cuenta? ¡Desapareció de su vista! ¡Wow! Ya había hecho eso una vez, cuando lo quisieron arrojar por el precipicio (Lucas 4:29-30), pero ahora ¿por qué? Porque el propósito ya fue cumplido: que lo reconocieran resucitado.
¿Y por qué no se los dijo directamente? ¿Por qué no les habló como en el aposento, delante de Tomás? (Juan 20:19) ¿Por qué no les dijo, como a Tomás: “Pon tu dedo aquí y mira mis manos. Acerca tu mano y métela en mi costado. Y no seas incrédulo, sino hombre de fe” (Juan 20:27)? ¿Por qué “se hizo el tonto”?
Ayer alguien me preguntó cuál era la clave para entablar intimidad con Dios. Si había una forma “mágica” para encontrarlo en oración, si había que decir alguna palabra especial. Sí, a veces creemos que si no decimos el “¡ábrete sésamo!”, el Señor permanece indiferente. Pero no hay palabras especiales ni fórmulas secretas. Solo hay, o debe haber, corazones rendidos que quieran encontrarse con Él, corazones que no desfallezcan, no bajen los brazos, no renuncien hasta no encontrarlo, que no se den por vencidos si, siguiendo la costumbre, todavía no lo pueden sentir.
Dios se hace el tonto, sí. Para provocar nuestra perseverancia. Para trabajar en nuestra fe. Para quebrar el orgullo y la estructura racional. Para empujarnos a creer y entender que no es a nuestra forma, sino solo a la de Él.
¿Te imaginás lo que pasaría si la mujer embarazada renunciara a su embarazo porque pasaron ocho meses y todavía no pudo ver a su bebé? ¿Serías capaz de renunciar a tu emprendimiento solo porque en la primera semana no recuperaste la inversión? ¿Se te ocurriría tirar el costillar que compraste para el cumple, solo porque pasaron 15 minutos y todavía no está cocinado?
Es cierto que todo tiene su tiempo, y también es cierto que todo tiene su forma. Pero también es cierto que, primeramente, nuestra fe debe ser forjada, nuestra paciencia trabajada, nuestra perseverancia puesta a prueba.
No renuncies porque veas que las cosas tardan. Que tarden no significa que no van a llegar, solo quiere decir que todavía no llegaron.
No abandones el esfuerzo porque ya estás cansado. “En toda labor hay fruto”, y “a su tiempo cosecharás, si no abandonás”.
No bajes los brazos si, todavía, sentís “techos de bronce y pisos de hierro”; solo es cuestión de alcanzar la temperatura necesaria para que el hierro y el bronce se ablanden.
Ya lo dice la vieja frase, que curiosamente está en la Biblia: “El que persevere hasta el fin, este será salvo” (Mateo 24:13). O: “Ustedes necesitan perseverar para que, después de haber cumplido la voluntad de Dios, reciban lo que Él ha prometido” (Hebreos 10:36).
No seas de los que huyen, no seas de los que abandonan, no seas de los que renuncian; ¡sé de los que perseveran!
