Gobiernos

La monarquía no es para nada el mejor sistema de gobierno. Deja muchísimo que desear y, en su mayoría, solo generó abusos y opresión. Aunque la idea es que los reyes son “puestos por Dios” y, en algún caso extremo, que eran “Dios en la tierra” (Luis XIV, por ejemplo), tampoco era eso lo que Dios quería para Israel. La idea en la mente de Dios era un sistema regulado por ministros ungidos (profetas y jueces), siendo guiados por Dios y su ley.

Sí, ya sé, es más de lo mismo, porque en cuanto estos profetas y jueces se corrieran un poco del plan de Dios, nuevamente aparecían el abuso y la opresión. ¿Sabías que Sansón fue juez en Israel? Solo se enfocaba en sí mismo. ¿Sabías que hubo profetas que profetizaban según el rey de turno? La política siempre juega en primera. ¿Sabías que hubo reyes que se olvidaron completamente de Dios? Sí, lo sabías.

Pero, a pesar de no ser el sistema perfecto, era el que más se acercaba a la teocracia, el gobierno de Dios, y también fue lo que Israel pidió (1 Samuel 8:5).

Pidieron un rey porque todos necesitamos ser dirigidos. No te enojes, fuimos creados con capacidad de gobierno, pero si todos mandamos al mismo tiempo, esto sería anarquía y no gobierno. Sí, anarquía, que aunque quiere decir “sin gobierno”, generaría un caos porque “cada uno haría lo que quisiera”.

Ahí fue donde, siglos más tarde, apareció Rousseau con su “Contrato Social”, sentando las bases de las futuras democracias y las constituciones americanas. La convivencia exige un sistema de gobierno que administre, controle, legisle y juzgue.

En la época de los jueces hubo temporadas en las que reinaba el caos. Dice Jueces 17:6: “En aquellos tiempos no había rey en Israel, y cada quien hacía lo que le parecía mejor.” ¿Te imaginás lo que sería hoy si cada uno hace lo que le parece mejor? ¿Quién decidiría entre las discusiones vecinales? ¿Quién determinaría qué está bien y qué está mal? Solo yo. Y vos, claro. Por lo tanto, es aplicar tu idea y mi idea al mismo tiempo. Un caos.

Y eso pasaba en esa Israel. El mismo capítulo menciona a un fulano que se autoproclamaba sacerdote, por elección de otro fulano que se autoproclamaba profeta o juez, y que, en definitiva, este primer fulano se convirtió en un trofeo que pasaba de una familia a la otra. Un caos.

Fuimos creados con capacidad de gobierno, pero esa capacidad debe empezar en nosotros mismos. Como dice Pablo: “el fruto del espíritu es el dominio propio” (Gálatas 5:23); como dice Salomón: “más vale el dominio propio que conquistar ciudades” (Proverbios 16:32). El gobierno empieza por el gobierno de uno mismo. Fuimos creados con capacidad de gobierno, pero también estamos bajo autoridad. La vida es una “cadena de mando”, donde siempre alguien dirige, lidera o manda. Dijo también Salomón: “sobre el alto vigila otro más alto, y uno más alto está sobre ellos” (Eclesiastés 5:8); y el centurión aclara: “yo mismo soy un hombre sujeto a órdenes superiores y, además, tengo soldados bajo mi autoridad” (Mateo 8:9). Creo que, en definitiva, lo más importante es decidir, definir qué órdenes vamos a seguir, bajo qué liderazgo nos vamos a mover.

¿Gobernás tu espíritu? ¿O te dejás gobernar por él?
¿Gobernás tus emociones? ¿O te dejás gobernar por ellas?
¿Gobernás tus sentimientos? ¿O les permitís que te dirijan?

Siempre algo o alguien te va a liderar. Siempre algo o alguien te va a dirigir. Siempre algo o alguien te va a mandar. Incluso si no querés sujetarte a Dios y a su palabra, alguien más te está gobernando. Recordá que en Dios no hay caminos alternativos ni terceras posiciones. Jesús fue bien claro: “El que no está conmigo, está contra mí…” (Mateo 12:30).

¿Muchas preguntas, no? ¿Muchas dudas, no? El evangelio es una confrontación constante. Antes de tomar una decisión, preguntate: ¿Quién me está dirigiendo?

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