Inspectores

¿Qué tanto tenés que revisar? ¿Qué tanto tenés que investigar? ¿Por qué rascás tanto, qué querés encontrar?
A veces tengo la secreta intención de hacer esas preguntas. En realidad, nunca las voy a hacer, pero más de una vez me pasan por la cabeza.

Tenemos un ministerio de restauración. Digo tenemos porque Dios nos lo dio. No es nuestro, es de Dios, pero lo puso en nuestras manos para ser administrado, ejecutado y sostenido. Dios nos puso esa carga hace muchos años atrás, para “restaurar” los corazones heridos (no quiero decir almas, suena demasiado evangélico). No nos enfocamos en el evangelismo, aunque el evangelismo es el motor de la iglesia; no somos un ministerio evangelístico, sino un ministerio de restauración.

¿Cuál es la diferencia?
El ministerio evangelístico trata con las personas no cristianas, para presentarles el mensaje de salvación. Algunos tienen continuidad con el convertido y otros no. En cambio, el ministerio de restauración trabaja, en su mayoría, con personas que fueron cristianas (en realidad, nadie deja de serlo) y que, por distintas razones, se alejaron de la iglesia, o al menos de la estructura evangélica.

No se ministra de la misma manera a una persona nueva que a un apartado. No se ministra igual a un no convertido que a un lastimado. Se necesitan distintos tratamientos para presentar el mismo mensaje. Pero ambos, en algún momento, pasan por la misma postura: la desconfianza.

Estoy acostumbrado a que me miren con desconfianza. Estoy acostumbrado —y la iglesia lo sabe— a toparme con paredes altas. Estoy acostumbrado a que me miren de reojo, esperando en qué momento, de qué manera, “les doy el zarpazo”. Estoy acostumbrado a que me juzguen, me critiquen, me acusen y me resistan… ¡y me parece bien! “El que se quema con leche, ve una vaca y llora.”

¡Si hasta los discípulos desconfiaron de Jesús! Sí, los discípulos… no los fariseos (ellos también). ¿No dice acaso Juan que tuvieron miedo y pensaron que era un fantasma? (Juan 6:19). ¡A veces hay cada fantasma en las iglesias!

Pero hay un momento en el que ¡ya! El tiempo de prueba ya pasó. Ya tuviste testimonio, fruto, resultado. Viste edificación, transformación. ¡Tenés paz! Tenés paz… ¿qué más tenés que mirar?

Cuenta Samuel que Dios “… hizo que los hombres de Bet-semes murieran, porque se atrevieron a mirar dentro del arca del Señor…”
¿Acaso no sabían lo que había dentro? ¿Pensaban que era trucha? ¿No sabían que no podían mirar?
¿O fue porque querían tocar lo reservado al sacerdocio? ¿O será porque se sentían superiores? ¿O habrá sido porque le perdieron el respeto a lo santo?

Ayer te hablaba de ser transgresor, de no regirnos por reglas y normas. Pero también te decía que Dios sigue teniendo normas: “que Él esté con vos, que vos estés con Él.”

¿Y cómo saber entonces si Dios está? Bueno… te doy algunos tips (algunos ya te los dije):

  1. Que sientas paz. Jesús mandó: “Hagan que la gente se recueste.” (Juan 6:10)
  2. Que la Palabra de Dios sea siempre el centro. “Cielo y tierra pasarán, pero su palabra no pasará.” (Mateo 24:35)
  3. Que veas resultados comprobables: transformación y crecimiento. “Al árbol se lo conoce por su fruto.” (Lucas 6:44)
  4. Que vos mismo empieces a dar fruto. Si estás arraigado, si estás conectado con la visión, empieza a fluir a través y por medio tuyo. “Todo pámpano que no lleva fruto será quitado.” (Juan 15:2)
  5. Hay muchos más pero… ¿¡tanto vas a revisar!?

No busques la quinta pata al gato.
No busques el pelo al huevo.
No revises los dientes del caballo.

Asegurate de ver al menos 3 de los 4 tips (porque el cuarto lleva más tiempo) y entonces sí, es ahí: el arca no es trucha, es genuina, es real.

P.D. (¿Se nota que Dios me habló en tres pasajes y necesitaba combinarlos?)

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