En muchas culturas antiguas —en muchas tribus africanas, en Filipinas e Indonesia, en la antigua Mongolia y algunas precolombinas— el canibalismo tenía un altísimo trasfondo espiritual.
Siempre creímos que el motivo era solo alimenticio. Eso, por supuesto, alimentó toda clase de mitos y chistes: el africano con el huesito en la cabeza, condimentando al explorador de uniforme caqui, bermudas y gorro tipo capelina.
Pero, como digo, el motivo no era alimenticio (aunque seguramente también se aprovechaba), sino espiritual: comerse al enemigo, al guerrero, al fuerte, al poderoso… y no todo su cuerpo, sino el corazón, el hígado, las entrañas, incorporando así su fuerza, energía y poder.
Con el correr de los siglos eso fue, casi, desapareciendo (aunque todavía existe alguna comunidad aislada con costumbres antropofágicas), y hoy solo queda en la memoria cultural.
Obviamente, al hablarte de culturas antiguas, esto también incluye a algunas del Cercano Oriente y Asia Central —como los babilonios, fenicios y otros pueblos paganos— que más o menos también tenían estas costumbres, las cuales Dios prohibió de cuajo.
El Antiguo Testamento imprime un valor sagrado a la sangre, y prohibitivo respecto de la carne humana, para preparar el camino al sacrificio de Jesús. “En la sangre está la vida”, no solamente por la gamaglobulina, los glóbulos rojos y el oxígeno, sino porque por medio de la sangre de Jesús alcanzamos salvación.
Por eso, ante semejante declaración que sonaba a paganismo de parte de Jesús (¡te dije que era un transgresor!), los religiosos se pusieron verdes. ¡¿Cómo iba a sugerir, a proponer, que debían comer su carne y beber su sangre?! Obviamente, este hombre no venía de Dios…
“Jesús les dijo: ‘De cierto, de cierto les digo: Si no comen la carne del Hijo del Hombre, y beben su sangre, no tienen vida en ustedes.’” (Juan 6:53)
Por supuesto que Jesús no estaba llamando a convertir a los judíos en una secta caníbal, sino que estaba aplicando el mismo principio conocido culturalmente: transferencia de fuerza, de poder, de energía, de espíritu y valor.
¿Y cómo comemos el cuerpo y bebemos la sangre de Jesús? ¡Gracias a Dios que usa un simbolismo y no tenemos que convertirnos en tribu! En la última cena Él dijo bien claro: “Este es mi cuerpo… esta es mi sangre” (1 Corintios 11:24-25), al partir el pan y levantar la copa.
Sí, cada vez que —¡entendiendo!— participamos de la Cena del Señor, estamos recibiendo su vida espiritual, su poder, su energía, su corazón, su Espíritu.
Lo interesante —muy interesante— es que en ese texto, el primero, Jesús dijo: “si no lo hacen… no tienen vida en ustedes.”
La vida espiritual, la permanencia, la fuerza y el poder se reciben por “incorporar” a Cristo a nuestro ser. Pablo lo dice de esta manera: “Cristo en ustedes, esperanza de gloria” (Colosenses 1:27).
El Cristo en nosotros se simboliza en la Cena, pero el Cristo en nosotros se concreta en la relación, la intimidad, la búsqueda y la entrega. En cada encuentro con el Señor “somos transformados a su semejanza” (2 Corintios 3:18).
Comete a Cristo.
En palabra, en espíritu, en intimidad, en acercamiento, en búsqueda diaria personal… y tendrás vida y parte con Él.
