La exposición social y mediática hace que uno se enfoque, tal vez demasiado, en la atención externa. Vivimos en tiempos de redes y de comunicación instantánea. Soy un “hombre de redes” y me considero un comunicador, y eso hace que cuide la imagen que transmitimos porque, en definitiva, todo lo que hacemos es visto por los demás.
Cuidamos la imagen en las publicaciones en redes, cuidamos las transmisiones de las reuniones (no digo que salgan bien, eh), cuidamos la imagen interna, o sea, lo que ve la gente cuando llega a la iglesia; intentamos generar un ambiente agradable, cómodo, un lugar donde tengas ganas de quedarte. Procuramos brindar un buen recibimiento, dar una buena impresión y, en todo, servir a Dios con excelencia (¡tampoco digo que lo alcancemos, eh!).
Se ve que tan mal no lo hacemos… Digo, porque muchas personas llegan a la iglesia habiendo visto nuestras publicaciones en redes sociales. Ahora, lo más loco de todo esto es que no hay una gran interacción, ni mucho menos una viralización. Nuestros videos alcanzan, en el mejor de los casos, algunos cientos de vistas; nuestras publicaciones, tal vez menos que eso (siempre hay alguna excepción). Cada tanto aparece algún comentario, ya sea en un reel, una prédica o un devocional como este que estás leyendo. Pero si mirás las estadísticas… como mucho un devocional tiene 100 vistas, ¡y rara vez algún like!
Ese es otro tema: vivir pendiente de las reacciones o los “me gusta”. Entiendo y me parece bien que busques tener visualizaciones y que hagas las cosas de manera tal que atraigan seguidores, pero ¿estar colgado del rating? Ya me parece demasiado. Es perder el foco, el norte, la meta, el propósito. Es más, Jesús mismo dijo: “El mundo no puede odiarlos a ustedes; pero a mí me odia…” (Juan 7:7, RVC). No era un hombre que dependiera de la aceptación o no de sus seguidores, aunque sí estaba atento al humor social (Mateo 16:13: “¿Quién dice la gente que yo soy?”).
El mayor problema que trae el depender de la aceptación social es que eso altera nuestro comportamiento. Llega un punto en que estamos ante la decisión de ser lo que somos y hacer lo que hay que hacer, o solo hacer lo que al otro le gusta para seguir siendo aceptado.
Es algo entendible en la adolescencia. Las tribus urbanas no son más que la respuesta a una necesidad de aceptación: se forman grupos con algún punto en común para desarrollar la pertenencia y así sentir que sos parte de algo.
La misma crisis de adolescencia busca ir siendo aceptado en sus grupos sociales: escuela, amigos, incluso familia. Aunque a veces se logra la aceptación externa rompiendo con el vínculo familiar. Sí, como te dije, es un problema alterar nuestro comportamiento para encajar. ¿Viste esas series que van cambiando la trama o van desapareciendo personajes? ¿Viste cuando son canceladas de golpe? ¡Todavía estoy molesto porque nunca apareció la temporada dos de “Flash Forward” (2009)! Todo eso sucede por el rating: la producción gira para lo que a la gente le gusta ver, o se mueren.
Pero ellos dependen de la audiencia porque es una inversión económica. Yo no dependo de una audiencia, porque en todo el que me sostiene es el Señor. Ellos hacen lo que a la gente le gusta, porque en definitiva, la demagogia prende fácil en la gente y tiene buenos resultados. Pero nosotros hacemos lo que el Señor quiere que sea hecho, porque ni demagogia, ni democracia: solamente teocracia (¡es lo que hay!).
No hablemos mejor de demagogia, porque los gobiernos populistas son capaces de cualquier cosa con tal de mantenerse en el poder, aunque eso traiga como consecuencia la destrucción de la matriz económica, el nivel socioeducativo y la infraestructura de un país. Ya lo sabía el antiguo imperio: panem et circenses (pan y circo), para mantener al pueblo entretenido. O un poquito más cerca… “alpargatas sí, libros no”, para mantenerlo dominado y manipulable.
¡No me hagan hablar de política!
Jesús no dependía de la aceptación. Fue capaz de decirles a sus discípulos que se fueran si querían (Juan 6:67). No dependía de acumular seguidores, reenvíos o viralizaciones. Solo dependía de hacer lo que tenía que hacer (Juan 4:34). ¿Sabías que ni siquiera sus hermanos le creían y, por lo tanto, ni lo seguían? Si eso le pasó a él, ¿por qué no debería pasarte a vos? Si eso no le importó a él, ¿por qué debería importarte a vos? Si eso no lo detuvo a él, ¿por qué debería detenerte a vos?
No dependas de la opinión de los demás. Mucho menos de sus críticas o aceptaciones. No te acomodes “con Dios y con el diablo”, sino tené una dirección clara de hacia dónde debés ir y cómo ir. No te estreses por los seguidores ni por los aduladores. Muchos de los que hoy están, no van a estar mañana, y muchos de los que llegarán a tu lado al final, ni siquiera están cerca hoy.
No dependas de tu imagen. Da lo mejor de vos: tu mejor esfuerzo y tu mejor preparación, pero “todo lo que hagas, hacelo para Dios” (Colosenses 3:23).
No cambies tu rumbo a causa de los aplaudidores o de los dedos que señalan: “reconocé al Señor en tus caminos y él los enderezará” (Proverbios 3:5-6).
Dale al Señor tu mejor versión de vos, para que Él haga de vos lo que Él tenía pensado de vos.
“Y es que ni siquiera sus hermanos creían en él…” (Juan 7:5, RVC)
