Esta mañana, viniendo para la iglesia, escuché un reportaje en la radio que le hacían a un sacerdote que tiene algún cargo (ni escuché quién era), y le preguntaban sobre los posibles cambios en el catolicismo al asumir el nuevo papa. Terminando la charla sobre esos temas, a modo de chiste, el conductor le pide una bendición para “los pecadores presentes”, y respondiendo “a modo de chiste”, este sacerdote dice: “para tal y tal les va a tocar un tiempito de purgatorio por las notas que hacen”.
Más allá de mi sorpresa por cómo tomaba tan livianamente un tema que para ellos es bastante relevante, me quedé pensando en el símbolo de la justicia: una mujer ciega con una balanza en su mano.
Este método del purgatorio (no bíblico, aclaro) se basa en el equilibrio entre premio y castigo, y buenas y malas obras. Es como el cuentito de Papá Noel: “Te mira desde el cielo a ver si te portás bien, y si te portás mal no te va a traer regalos”. En cierta manera roza el principio de siembra y cosecha, que “todo lo que el hombre siembra, eso cosechará”, pero más allá de la siembra y la cosecha, está enfocado en las obras, nuestras obras.
Cuando Jesús murió en la cruz y previamente dijo “Consumado es”, dejó finalizado el sistema legal de sacrificios y ofrendas por los pecados, demostrando que nadie podía cumplir a rajatabla las exigencias de la santidad de Dios. Esto fue un preámbulo que nos llevaba a Cristo, quien, según dice el autor de Hebreos, “…ofreció por los pecados un solo sacrificio para siempre…” (Hebreos 10:14).
Por eso Pablo es bien categórico al explicarle a los efesios que “Ciertamente la gracia de Dios los ha salvado por medio de la fe” (Efesios 2:8 RVC), y que “No es el resultado de las propias acciones, de modo que nadie puede gloriarse de nada” (Efesios 2:9 DHH). Así que, si la Biblia dice que nuestras propias acciones no determinan la salvación, sino el creer en Jesús, Hijo de Dios, ¿qué tiene que ver el mérito, la balanza de justicia, las pesas, las buenas o malas obras, Papá Noel o el purgatorio?
Confieso que es tentador. Por un lado, es una herramienta de manipulación para que uno “haga” sacrificios, esfuerzos y otras yerbas para quedar bien con Dios. Por otro lado, es más fácil para la mente cumplir con requisitos que simplemente vivir por fe, creer que no merecemos, recibir lo que Dios hizo y seguir su camino.
Es como hacen las religiones africanistas (umbanda): todo gira alrededor de algún fetiche y elementos que debemos proveer y utilizar. Es más fácil creer que un muñeco de trapo con un alfiler en el pecho tiene algún poder sobre alguien, que esperar en fe, caminar sin ver, con la convicción de que, aunque no lo veamos, Dios lo va a hacer (Hebreos 11:1, paráfrasis mía).
A pesar de que haya algún pasaje que, por ignorancia, se preste a confusión, la Biblia deja bien en claro: no podemos hacer nada para convencer a Dios; no merecemos su perdón ni salvación; no somos dignos de recibir nada de su mano; y en todo lo que Dios haga, “soy deudor” (sí, primera persona, para hacerme cargo yo).
David fue un tipo bravo. Su corazón era a la medida de Dios, según dice también el misterioso autor de Hebreos. En la historia es conocido como “el dulce cantor de Israel”; pero también fue algo rebelde, un poquito mentiroso, algo engañador y bastante mujeriego. Conocía su condición, reconocía su propia miseria, y a pesar de que el Espíritu de Dios no estaba en él (Juan 7:39), como sí lo está en vos (Ezequiel 36:27), admitió que lo que iba a recibir de Dios sería solo por su bondad y misericordia:
“Pero tú, mi Señor y Dios, ¡trátame bien por causa de tu nombre! Por tu bondad y misericordia, ¡sálvame!” (Salmos 109:21)
Nada de lo que recibimos lo merecemos, y por lo tanto, nada de lo que hagamos lo puede retener o lo puede quitar. Dice Job que “Dios da y Dios quita” (Job 1:21) y, por lo tanto, solo su gracia (favor de su parte que no merecemos), su bondad (que hace a su esencia), y su misericordia (que cubre nuestra miseria con su sangre para que ni él mismo pueda verla), nos trae bendición y salvación.
¿Qué obras estás haciendo que te abran la puerta del cielo?
¿Qué obras hiciste que te la cierren con un candado?
¿Sos capaz de creer que tus acciones tienen más poder que Dios?
¿Sos capaz de pensar… que sos más justo que Dios?
Nada de lo que hagamos puede comprar el favor de Dios, por eso, siendo deudor, convertite en un adorador en espíritu y verdad, que siga sus pasos y lo sirva de todo corazón.
