“Dime con quién andas… y te diré quién eres”. Así dice el viejo refrán. ¡Ah no, pará! Ya lo dijo el profeta Amós: “¿Andarán dos juntos, si no estuvieren de acuerdo?” (Amós 3:3); o Proverbios 13:20: “El que con sabios anda, sabio se vuelve; el que con necios se junta, saldrá mal parado”.
¡No tenés idea de cuántas frases populares tienen una base bíblica! Mucho de la sabiduría popular tiene su origen en la Palabra de Dios y se ha transmitido de generación en generación.
Justamente, los padres forman a sus hijos, e incluso a sus nietos, con sus experiencias de vida y lo aprendido en el camino. Por eso es importante —también en la familia— con quién nos juntamos y a quién escuchamos.
Es importante elegir con quién nos relacionamos. Y elegir bien. O sea, no al pasar, sino tomar decisiones conscientes acerca de con quiénes nos juntamos, de quiénes nos rodeamos, a quién le prestamos el oído y nuestra cabeza. Porque, sin saberlo o sabiéndolo, le estamos permitiendo a nuestro entorno depositar sus ideas, filosofías y creencias en nuestra mente… lo que después se convierte en nuestro motor y motivación.
Se dice por ahí “somos lo que comemos”, y eso es correctísimo en cuanto al metabolismo y cómo funciona biológicamente nuestro cuerpo. Pero no somos solamente un cuerpo: somos un “ente” que trasciende tiempos y culturas. Todos vamos a dejar un legado, bueno o malo, pero todos tuvimos un cierto caminar y huellas que quedan de ese viaje.
El que te recuerde no se va a enfocar en tu cuerpo, tu aspecto o tu voz. Es más, con el correr del tiempo vamos olvidando cómo eran aquellos que se fueron, y dependemos de fotos o videos para refrescar su apariencia.
Pero lo que hicieron, lo que enseñaron, lo que nos dejaron… eso es lo trascendente y lo que queda guardado.
Por eso, sí: somos lo que comemos. Pero también somos lo que pensamos, porque lo que pensamos es lo que se traduce en acciones.
Tal vez debería decir “somos lo que hacemos” (¡que lo somos!), pero —como te digo— lo que hacemos es el resultado de lo que pensamos. Así que, si querés cuidar lo que hacés para no tomar decisiones equivocadas, asegurate de tomar las decisiones correctas para formar tu manera de pensar.
(Me parece que me estoy enredando en las palabras).
El punto es este: Proverbios 14:7 dice “Aléjate de la persona insensata, pues no recibirás saber de sus labios”, y volvemos a lo mismo: decisiones.
No se trata de caer en la fácil de culpar al otro, sino —siempre— a uno mismo. Si cometo el error de acercarme, relacionarme, enredarme con gente insensata… ¡no es culpa del insensato!
¿No sabías que “la culpa no es del chancho sino del que le da de comer”?
Hay que tomar decisiones.
Decisiones que te lleven a una mejor condición y calidad de vida.
Decisiones que te ayuden a crecer y progresar.
Decisiones que te hagan sacar lo mejor de vos.
Decisiones que te potencien a subir de nivel espiritual y humano.
Y a veces, esas decisiones implican separarte de lo que te tira para abajo, para atrás.
No siempre nuestras relaciones están dispuestas a acompañarnos en nuestro crecimiento y meta.
Entonces… ¿Qué vas a hacer?
¿Vas a renunciar a lo mejor por lo mediocre?
¿O vas a reconocer que debés dejar atrás lo que no aporta, para avanzar a lo mejor?
Sí, crecer duele.
¿Querés saber cuánto duele estancarse?
Ya lo dijo Jesús: “Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, se queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto”.
¿Sabés cómo hace un globo aerostático para volar?
Un soplo de aire caliente lo levanta, pero tiene que arrojar el lastre para poder avanzar…
