¡Libres!

En los últimos meses se escucha nombrar mucho, tal vez demasiado, la palabra “libertad”. Está bien, la comunicación política tiene mucho que ver con el uso apropiado de las palabras, entonces algo que debería ser elemental en la vida del ser humano se convierte en un slogan de campaña.

No quiero rebajarme a entrar en cuestiones militantes, pero se escucha nombrar en las últimas semanas (estamos en campaña): “fulanito o libertad”, “menganito o libertad”, “libertad o retroceso”, etc., etc., etc., cuando la libertad es uno de los únicos reales derechos adquiridos del hombre —por lo menos en occidente— desde la Revolución Francesa (1789), cuyo lema fue “¡Liberté, égalité, fraternité!” (Libertad, igualdad, fraternidad).

Volviendo a nuestro país, el concepto de libertad está declarado y respetado en nuestra Constitución Nacional desde 1853, donde los artículos 14 al 17 hablan acerca de ella, y a ningún loco se le ocurriría (bueno, hay algunos locos que sí) violar esos principios de libertad.

Entonces, ¿por qué usar algo concedido y adquirido desde hace casi 200 años como una bandera de campaña? Es como si te dijeran: “Si me votás a mí, a partir de ahora vas a poder elegir qué ropa ponerte cada mañana” (bombos, bombas y vuvuzelas a full). Porque, a pesar de tenerla, no siempre nos dejan usarla. Porque, a pesar de declararla, sigue siendo uno de los mayores anhelos del ser humano.

Fuimos creados por Dios con capacidad de gobierno y con la búsqueda de la libertad personal como pasión. ¿Acaso te gusta que te dirijan, te digan qué hacer o te limiten? ¡Si hasta quienes predican por eliminar las libertades individuales cuidan bien de sus bienes y pertenencias!

La Biblia habla de un proceso, una secuencia de acciones, para alcanzar la ansiada libertad. No, no se trata de un encuentro de sanidad interior ni de una sesión de liberación. No tiene nada que ver con pegar cuatro gritos, danzar hablando en lenguas y, muuuucho menos… con enchastrar todo de aceite. Tiene que ver con decisiones, decisiones que involucran la fe y una acción en consecuencia. ¿Sabías que “la fe sin obras es muerta”, no?

“Entonces Jesús dijo a los judíos que habían creído en él: «Si ustedes permanecen en mi palabra, serán verdaderamente mis discípulos; y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres.»”
(Juan 8:31-32)

Primero, es necesario creer. Bueno, para todo es necesario creer. Y no es difícil, todos recibimos una medida de fe, hay que activarla y usarla. Es necesario creer. Jesús dijo: “…a los judíos que habían creído en él…” Sin fe no hay libertad, sin creer en él no hay libertad.

Segundo, se trata de perseverancia, de permanencia, y no de permanecer en cualquier cosa, sino en la fe y en la palabra. Sí, quieras o no, la Biblia tiene mucho que ver con la libertad. Así como conocer la ley y la Constitución te permite saber que tenés derechos, conocer la Palabra de Dios te trae libertad. Porque siguió diciendo: “Si ustedes permanecen en mi palabra…” Fijate que hay una secuencia de condicionales: tenés que creer y permanecer en su palabra.

Tercero, esto te pone en un lugar en la nómina del cielo, porque dice: “…serán verdaderamente mis discípulos…” No es poca cosa. ¡No es “moco ‘e pavo”! Se trata de convertirte en un discípulo de Jesús. Un seguidor de Cristo que es enseñado directamente por Él. Algunos se jactan de estar en el círculo pequeño de algún funcionario o candidato, lo que hasta los hace actuar con cierto grado de soberbia. ¡Vos podés formar parte de la mesa chica de Dios…!

Cuarto, creyendo en Jesús, permaneciendo en su palabra, lo que hace que seas su discípulo, sigue diciendo que, entonces: “…conocerán la verdad…” ¡Tremendo valor! La verdad, dice Pablo, es el cinturón que te mantiene firme; la verdad, dice Juan, es una característica de Cristo. O sea, también te está diciendo que vas a tener un mayor conocimiento de Él, de Dios mismo, la revelación de su divinidad (ya me estoy poniendo teológico) y cuando hay revelación de Cristo… ya no necesitás nada más.

Quinto. Y esa verdad, la que conocés al ser discípulo, lo que alcanzás al permanecer en su palabra, a lo que accedés por creer en Él… esa verdad… “los hará libres.”

Me extendí demasiado, pero era importante. No necesitás un curso de discipulado básico, ni irte a un encuentro; no necesitás una sesión de “espiritismo evangélico” ni un ritual de aceite de oliva. Necesitás creer, leer, permanecer, obedecer, seguir y conocer cada día más a Jesús y la Palabra de Dios.

“¡Oid, mortales, el grito sagrado: libertad, libertad, libertad!”

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