Hoy no puedo compartirte lo que Dios me habló (recordá que todos los días te muestro lo que Dios me está hablando), porque es muy específico, ministerial y personal. Sinceramente, no creo que te sea de edificación saber cómo hablarle a la gente de distinta cultura o contexto social…
Pero seguramente sí te va a servir saber que no necesariamente las cosas pasan por culpa de algo o de alguien, sino que, a veces, las cosas simplemente pasan.
Es muy común, en nuestra cultura mezclada de italianos, españoles, algo de turcos y árabes, sazonada con la tradición judeocristiana de la culpabilidad y el martirio, creernos culpables de todo o buscar culpables para todo. Pasamos de la negación al victimismo, y viceversa, tan rápido que ni nos tomamos el tiempo de pasar por la estación “responsabilidad”.
Pero, como dije, no siempre hay culpables. Muchas veces, hay causalidades.
A ver… Las cosas no pasan por pasar; para todo hay un activador, un detonante. A veces cosas, a veces situaciones, a veces personas. Si no fuera así, tendríamos que caer en el error anti creacionista que dice que el mundo simplemente apareció.
Las cosas no pasan por nada. A veces son provocadas, otras simplemente recibidas, porque a la vez son desencadenantes de otras más. Si Fleming no se hubiera olvidado la muestra junto a la ventana, no hubiera descubierto la penicilina. Gracias al descuido irresponsable de un hombre muy ocupado, hoy podés tomarte un antibiótico.
Las cosas no pasan por pasar. A veces son maestros itinerantes que traen alguna lección de vida que necesitamos aprender.
¿Para qué buscar culpables? ¿Para qué necesitar razones? ¿Es tan importante entender los “por qué” y los “para qué”?
Jesús se cruzó con un hombre ciego. Los discípulos sacaron enseguida a relucir sus pergaminos de judaísmo aplicado y le preguntaron:
“«Rabí, ¿quién pecó, para que este haya nacido ciego? ¿Él o sus padres?»
Jesús respondió: «No pecó él, ni tampoco sus padres. Más bien, fue para que las obras de Dios se manifiesten en él.»” (Juan 9:2-3)
No te enfoques en las culpas. No busques culpas ni culpables. No te desgastes buscando razones, ni en la discusión evangélica del “¿por qué?” y el “¿para qué?”. Enfocate en una sola cosa, como Pablo que dijo: “una cosa hago”. En ver qué tenés para aprender, qué lección positiva podés sacar, y de qué manera Dios se puede glorificar a través de tu situación.
Quedate con Mateo 5: procurá que tu luz alumbre de tal manera que, cuando la gente observe tu reacción, vea tu proceder y tu actitud, así “glorifiquen al Padre” y tengan un testimonio para una vida transformada.
Las cosas no pasan por pasar. Dios sigue estando en control. No metas mano. Dale la gloria a Él.
