Cuevas

Dios es paciente. Claramente dice en 2 Pedro 3:9 que Él “es paciente para con nosotros”, básicamente porque “no quiere que ninguno se pierda”.

Entiendo que, para alguien que es eterno, la cuestión del tiempo y el mismo concepto “tiempo” debe ser algo muy trivial. Por algo también dice Pedro, citando el Salmo: “para con el Señor un día es como mil años, y mil años como un día.” (2 Pedro 3:8)

Pero la paciencia de Dios tiene un límite (¡por fin!). También es algo muy mencionado por Él mismo. Desde Génesis nomás, diciendo: “No contenderá mi espíritu con el hombre para siempre” (Génesis 6:3), dejándote en claro que todo tiene un fin y que Él te banca “hasta ahí”; o en Proverbios, hablándole al famoso perezoso: “¿Hasta cuándo vas a dormir?” (Proverbios 6:9); o cuando le dijo a Israel: “¡Ya estuvieron demasiado tiempo en este monte!” (Deuteronomio 1:6).

Dios tiene paciencia para que lleguemos a su propósito, pero no te va a apañar en tu terquedad y tu lamento. Dios tiene paciencia para que tomes tu lugar, pero no te va a arropar para que duermas en tu amargura, sino que te va a empujar, como el águila al polluelo, para que aprendas a volar.

David estaba escapando de Saúl, después, de los filisteos. Necesitaba esconderse, decide aislarse y se mete en la cueva de Adulam. Se ve que o tenía mucha influencia o era un radiador, porque 400 amargados y endeudados lo siguieron a encerrarse con él.

¡401 encerrados en una cueva! Supongo que habrá abundado el Lysoform más que en el arca de Noé…

Hasta que la paciencia de Dios llegó a su fin y le dice: «Ya es tiempo de que salgas de la fortaleza y vayas a la tierra de Judá». (1 Samuel 22:5)

La cueva seguramente le daba un marco de contención. A pesar de las alimañas, el olor y la humedad, se sentiría seguro ahí. Muchas veces nos hacemos fortalezas en lugares que no son muy cómodos, pero lo suficiente como para aislarnos del conflicto.

El problema es cuando hacés de tu fortaleza, tu cueva, tu hogar.

Y creo que esa es la señal de alarma: cuando ya estás muy relajado y habituado a convivir con serpientes, ratas, murciélagos y alacranes; cuando no te molesta estar rodeado de amargados, endeudados y enlutados… ese es el momento de salir de ahí.

¿Y a dónde vamos?

Ese es otro problema. Acostumbrado a la oscuridad y la amargura, es muy difícil enfrentar la luz y el aire limpio. Pero hay que salir. “Ya es tiempo…”, le dijo el profeta. “Ya es tiempo…”, te dice el Señor…

¿Y a dónde vamos? A la tierra de Judá. El único camino posible para salir del encierro, el dolor, la amargura y la depresión es la tierra de Judá.

¡Ah! No te dije: Judá significa “alabanza”. El único camino es levantar tus manos y alabar a Dios…

¿Qué tal está tu cueva?
¿Ya le pusiste cortinitas?
¿Decoraste con unos lindos cuadros?
¿Pusiste iluminación LED moderna, de esas cálidas en formato vintage?
¿Colgaste el cuadrito: “Cueva, dulce cueva”?

Salí de tu fortaleza. Salí de tu encierro. Salí de tu cueva. Levantá tus manos, empezá a alabar a Dios.

¡Ya es tiempo…!

“¿Por qué te abates, oh alma mía,
Y te turbas dentro de mí?
Espera en Dios;porque aún he de alabarle, Salvación mía y Dios mío.” (Salmo 42:5)

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