“El ruido de tus obras no me deja oír el sonido de tus palabras”. Era un cartel que tenía colocado en una oficina en la que trabajé hace muchos años. Estaba dirigido a alguien en particular, pero aunque no lo hubiera estado, es algo que nos sirve a todos: lo que hacemos habla más fuerte que lo que decimos.
No quiero caer en vanas repeticiones —ya lo he mencionado varias veces—, vivimos en la era de la comunicación, donde la imagen tiene mucho peso. Tanto es ese peso que se pone mayor énfasis en qué mostrar, cómo y por dónde, que en qué producto estamos compartiendo. También he dicho muchas veces que vivimos en tiempos de posverdad, donde la verdad ya no importa tanto como lo que parezca ser verdad. Otra vez vamos a la imagen: qué mostramos y cómo lo mostramos.
¿Hay que cuidar la imagen? ¡Por supuesto! La comida siempre entra por los ojos… salvo que estés muerto de hambre. Y elegimos pareja, primeramente, por lo que vemos. Así que también cuidamos nuestra apariencia. Pero esa imagen debe ser un reflejo del contenido que la respalda.
Lo que hacemos habla más fuerte que lo que decimos; por lo tanto, lo que decimos debe sostener y acompañar lo que hacemos.
El evangelio consiste en compartir una noticia. Es decirle a los demás que hay una alternativa distinta al caos imperante en todas las áreas de la vida. Estamos casi transitando los tiempos que menciona Gálatas al referirse a que Jesús nació cuando todo estaba “patas pa’rriba”, y ese fue el caldo de cultivo apropiado para que Cristo se manifieste. Hoy en día, casi casi transitando el “como en los días de Noé”, la iglesia tiene la función, el propósito de dar esa noticia: “Se puede vivir de otra manera”.
Por lo tanto, la iglesia es un agente de información, transformación y cambio. Somos comunicadores de un mensaje superior. Es tan importante la tarea que se nos encomendó, que pasamos a ser relevantes, porque el mensaje debe ser dado de la forma apropiada y recibido de tal manera.
¿Cómo te van a creer que en Cristo hay nueva vida, si tu vida muestra una vida vieja?
¿Cómo te van a creer que en Él hay esperanza, si vivís desesperanzado y angustiado?
¿Cómo te van a creer que Él vino para que “tengamos vida en abundancia”, si vos vivís como pidiendo permiso y lamentándote de tu propia existencia?
Aunque no lo creas, a Jesús le pasó lo mismo. Lo apuraron para que dijera si Él era o no el Cristo, y en Juan 10:25 dice: “Ya se lo he dicho, y ustedes no creen…” Las acciones hablan más fuerte que las palabras, y en definitiva son las que sostienen la obra y el testimonio. Tanto así que Jesús fue un paso más adelante y les dijo: “… crean a las obras, aunque no me crean a mí, para que sepan y crean que el Padre está en mí, y que yo estoy en el Padre.” (Juan 10:38)
¿Te das cuenta de que dijo “aunque no me crean a mí, crean a lo que yo hago”?
Las acciones hablan más fuerte que las palabras y son las que debemos cuidar… así como cuidar las palabras.
En Mateo 5, Jesús habla de nuestra luz, una luz que alumbra a los demás, y que cuando los demás reciben esa luz —son alumbrados (iluminados)— pueden ver “nuestras buenas obras” (Mateo 5:16).
¿Escuchaste? ¿Leíste? ¡Agarrate esa! ¡Alto escrache!
Tu luz, la que vos tenés, con la que vos alumbrás, la que emana de tus acciones, mostrará a los demás ¡lo que vos hacés!
Así que… cuidá lo que hacés.
El evangelismo silencioso es la gran herramienta que Dios nos dio para esforzarnos menos en estrategias y marketing, y más en solo dejar que se vea lo que somos y lo que hacemos.
El evangelismo silencioso es la manera sencilla y poderosa en que, sin emitir una palabra, la gente empieza a ver a Cristo en nosotros, o por lo menos la consecuencia del Cristo en nosotros. Y eso es un motivador para buscar lo mismo.
El evangelismo silencioso es el potencial que todos tenemos para hacer que nuestras acciones hablen más que nuestras palabras. Para que, como dicen que dijo San Francisco de Asís: “Predica el Evangelio en todo momento; si es necesario, usa palabras.”
Y vienen las preguntas… no pueden faltar las preguntas…
—¿Tus acciones respaldan tus palabras?
—¿Tus palabras respaldan tus acciones?
—¿Qué muestra tu luz? ¿Qué obras tuyas se hacen ver?
Tus acciones hablan más fuerte que tus palabras.
