Cuenta una vieja fábula que el caballo se presentó ante Dios para pedirle algunos cambios en su forma y habilidades. Quería patas más ágiles, tener una silla incorporada para hacerle la vida más fácil al jinete, llevar consigo algún depósito de agua para no pasar sed en los largos recorridos, junto con eso, mayor resistencia al calor.
Y el Dios de esta fábula se lo concedió, pero el caballo se asustó. Según su pedido, se convirtió en un camello y dejó de ser lo que era. ¿La moraleja? Si el caballo quiere ser camello, ¿quién va a ser caballo?
Así podemos graficar la conducta humana. El alto quiere ser más bajo, el bajo quiere ser alto. El morocho quiere ser rubio, y el rubio… morocho. Los de pelo rizado querrían tenerlo lacio y… ¡a que no sabés! Los de pelo lacio quieren rulos.
Acostumbramos mirar al otro desde nuestra posición, y este cambio de visión altera, no solo la perspectiva, sino también la realidad de la situación. Cuántos casos hemos conocido de personas —famosos normalmente— que se han hecho modificaciones estéticas para parecerse a otro o a sí mismos en su juventud, y el resultado deja tanto que desear que decimos: “Estaba mejor antes”.
Problema de perspectiva. Problema de visión. Problema de identidad y entendimiento de su propósito.
Recuerdo cuando en la escuela nos decían (hace 50 años atrás) que el apéndice y la muela de juicio no servían para nada, solo para ser extraídos. Hoy se sabe que cumplen una función, y por eso están (o estaban) donde están.
Lo mismo cuando vemos las piezas de un motor o de alguna pequeña maquinaria… ¿Se te ocurriría descartar alguna de ellas solo porque pensás que no cumple ninguna función? Cada pieza es vital en el lugar donde está, aunque a la vista algunas puedan parecer más importantes, más útiles o mejores que las demás.
¿Viste alguna vez el backstage de alguna película o serie? ¿Viste el “detrás de cámaras” de algún programa de TV? ¿Notaste la cantidad de gente “invisible” que trabaja para ver el “producto terminado”? ¿Acaso te diste cuenta de que son más los que no se ven que los que sí se ven? Sí, el protagonista es famoso y cobra millones, pero sin un director, un utilero o un camarógrafo, su trabajo no existiría.
Problema de perspectiva. Problema de visión. Problema de identidad…
Ese fue el conflicto que se le presentó a David con su ejército, después de derrotar a los amalecitas. Tuvieron una victoria aplastante y volvieron victoriosos al campamento. Doscientos hombres se habían quedado cuidando sus cosas (como cuando vas al agua en la playa, viste…) y, por lo tanto, no fueron a pelear. Algunos pretendían que estos no tenían derecho al reparto del botín. Entonces David dice:
“¿Quién va a darles la razón en este caso? El mismo derecho tiene el que entra en combate como el que se queda al cuidado del bagaje. Todos merecen recibir lo mismo.” (1 Samuel 30:24)
Soy un defensor del mérito. Creo a ultranza en el derecho que tiene el que más se esfuerza a recibir una mayor porción. Capaz yo hubiera sido uno de los que se quejaron ante David (no, no creo). Creo que el que se esfuerza por alcanzar algo: una posición económica, un nivel laboral, una meta en su vida, tiene más derecho que el que se tira a dormir bajo un árbol esperando que otro le dé.
Proverbios dice:
“El que ama el placer se empobrece; quien ama el vino y los perfumes no se hará rico.” (21:17)
O sea, el esfuerzo va primero, delante del placer, y para alcanzar tus metas tenés que poner el esfuerzo por delante y no al revés.
Pero el esfuerzo no tiene nada que ver con posición, con llamado, con función o con propósito. No creo que los que se quedaron en el campamento se hayan quedado durmiendo. Distinto fueron los 22.000 que despidió Gedeón porque tenían miedo (Jueces 7:3). Esos no eran útiles para la batalla. Pero estos otros, tal vez hasta se estaban comiendo los codos de ansiedad por saber cómo les iba a los demás (te cuento que no había wifi ni señal de radio); tal vez estaban enfermos o con alguna discapacidad. Tal vez solo fueron elegidos, y por eso ahí se tuvieron que quedar.
El punto es: cuando ocupás el lugar que te toca ocupar, estás sirviendo al mismo propósito, con el mismo nivel de responsabilidad y la misma importancia ante el resultado final. Si Dios te dio el ser segundo y querés ocupar un primer lugar, estás fallando a tu propósito; lo mismo si, debiendo ser primero, estás en el segundo.
Ahora, si siendo llamado para ser segundo, ocupás ese lugar… delante de Dios estás a la altura de un primero. (Dios no hace diferencias; Dios pone jerarquías).
Mmm… a más de un político, integrante de una banda musical o panelista de algún programa de TV le serviría entender esto…
Más importante, entonces, que anhelar un determinado lugar, es entender cuál es mi lugar, a qué fui llamado y qué se espera de mí. Es un problema de perspectiva, de visión y de identidad.
¿Qué derechos estás anhelando? ¿Cuáles estás negando?
¿Qué posición querés alcanzar? ¿A quiénes les estás impidiendo llegar?
¿Qué privilegios creés que tenés… o que no tenés? ¿Cuáles pensás que no tienen los demás (o que sí)?
Enfocate en tu llamado.
Esforzate por alcanzar.
Esmerate en tus tareas.
Competí cada día con vos mismo, para ser cada día mejor que el anterior.
No te enfoques en el otro. No desees lo del otro. ¡No envidies lo del otro!
En tu interior hay privilegios de un primer lugar…
Es un problema de perspectiva… de visión… de identidad…
